La parábola de los viñadores homicidas la pronuncia el Señor inmediatamente después de la parábola de los dos hijos, es decir, en el mismo contexto de la parábola anterior. Está dirigida, por tanto, a los miembros del sanedrín, a los «sumos sacerdotes y ancianos del pueblo» (Mt 21,23), a «los príncipes de los sacerdotes y los fariseos» (Mt 21,45) que se habían acercado a Él cuando enseñaba en el Templo para interrogarle sobre la autoridad con que enseñaba y realizaba sus obras.
La imagen del señor que arrienda su viña la toma el Señor de la costumbre existente en aquellos tiempos. En Galilea muchas tierras de labranza se encontraban en manos de “extranjeros” que iban “de viaje” o vivían incluso fuera de Israel. Existía hacia estos dueños un gran odio por parte de los judíos, lo que permite comprender la actitud agresiva de los viñadores hacia los enviados y finalmente el intento de apoderarse de las tierras asesinando al hijo, heredero de aquellas tierras.



