AQUÍ ESTOY SEÑOR
Por Ángel Gómez Escorial
1.- La fama de Juan el Bautista fue muy grande. Muchos pensaban –lo dicen las Escrituras—que él era el Mesías, Elías u otro cualquier profeta vuelto a la vida. Debería sorprender su humanidad fuerte, su austeridad permanente, su sinceridad hiriente. Es obvio –se ha dicho muchas veces—que cuando Juan aparece, el pueblo judío vive días de espera, de tensión, incluso, por la llegada del Mesías, ese personaje mal definido por los judíos de entonces, que sería quien sacara a todos de sus calamidades. Por un lado se esperaba un gran jefe militar y político que terminase con la dominación romana, pero también se esperaba a un mago, a un taumaturgo, a alguien que todo lo podría hacer para salvar a su pueblo. Y Juan, inequívocamente, anunciaba a Aquel que tenía que venir. No era ambiguo. Despejadas las dudas –ante fariseos y saduceos—de que él no era el Mesías dejó claro que había alguien entre ellos, entre la multitud que bautizaría con fuego y Espíritu.


