LO PRIMERO ES CAMBIAR EL CORAZÓN
1.- Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Jesús conocía bien a la gente de su tiempo y, por extensión, a la gente de todos los tiempos. A los fariseos y escribas del tiempo de Jesús la pureza ritual y el cumplimiento estricto de la tradición les servía fácilmente para tapar la mezquindad de su corazón. Con ritos, rezos, ayunos y sacrificios, tranquilizaban su conciencia, aunque su corazón permaneciera cerrado al perdón, a la misericordia y al amor de Dios y del prójimo. Hoy a muchos cristianos de nuestro tiempo nos pasa lo mismo: podemos seguir siendo egoístas, tacaños, inmisericordes, siempre que, eso sí, nos mantengamos fieles a ritos, normas y cumplimientos que nos impone la tradición religiosa en la que nos han educado. Jesús de Nazaret lo tenía muy claro: es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los buenos y los malos propósitos. El corazón del hombre es, simbólicamente, el centro de donde salen los deseos más nobles: bondad, lucha por la justicia, nobleza de alma, amor generoso; pero también el corazón es, simbólicamente, el centro de donde salen los malos propósitos, fornicaciones, robos, homicidios, codicias, injusticias, fraudes, egoísmo, envidia, orgullo. Si cambiamos el corazón, cambiarán nuestras costumbres. Esta es nuestra gran tarea a lo largo de nuestra vida: cambiar nuestro corazón. Pero muchas veces empezamos por el final: intentamos cambiar nuestras acciones, sin intentar cambiar nuestro corazón. Sólo en la medida en que nuestro corazón vaya cambiando, irán cambiando nuestras acciones.





