Se acercaba ya la celebración anual de la Pascua judía y Jesús, como todos los años (ver Lc 2, 41), junto con sus Apóstoles y discípulos se dirige a Jerusalén para celebrar allí la fiesta.
Mientras se encuentra de camino el Señor recibe un mensaje apremiante de parte de Marta y María, hermanas de Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11, 3). Imploraban al Señor que fuera a Betania lo más pronto posible para curar a su hermano, que se encontraba en peligro de muerte. El Señor, en vez de apresurarse, espera unos días más aduciendo que la enfermedad de su amigo «no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11, 4). Terminada la espera, se dirige finalmente a Betania, donde realiza un milagro que rebasa el límite de todo lo que un profeta habría podido hacer: devolverle la vida a un cadáver que yacía ya cuatro días en el sepulcro, y por tanto se encontraba en un estado avanzado de descomposición (ver Jn 11, 39-40).
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