1.
MENSAJE
DEL PAPA FRANCISCO
“Queridos hermanos y hermanas
En la bula de convocación al Jubileo
Extraordinario de la Misericordia recordé que «hay momentos en los que de un modo
mucho más intenso estamos llamados a la mirada fija en la misericordia para
poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre»
(Misericordiae vultus, 3). En efecto, el amor de Dios tiende alcanzar a todos y
a cada uno, transformando a aquellos que acojan el abrazo del Padre entre otros
brazos que se abren y se estrechan para que quien sea sepa que es amado como
hijo y se sienta «en casa» en la única familia humana. De este modo, la premura
paterna de Dios es solícita para con todos, como lo hace el pastor con su
rebaño, y es particularmente sensible a las necesidades de la oveja herida,
cansada o enferma. Jesucristo nos habló así del Padre, para decirnos que él se
inclina sobre el hombre llagado por la miseria física o moral y, cuanto más se
agravan sus condiciones, tanto más se manifiesta la eficacia de la misericordia
divina.
En nuestra época, los flujos migratorios
están en continuo aumento en todas las áreas del planeta: refugiados y personas
que escapan de su propia patria interpelan a cada uno y a las colectividades,
desafiando el modo tradicional de vivir y, a veces, trastornando el horizonte
cultural y social con el cual se confrontan. Cada vez con mayor frecuencia, las
víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen,
sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el
sueño de un futuro mejor.






