(Ciudad Redonda)
El gozo es un infalible indicio de la presencia de Dios, de igual
manera que la cruz es un infalible indicio del discipulado cristiano.
¡Qué paradoja! Y Jesús tiene la culpa.
Cuando ojeamos los Evangelios vemos que Jesús sobresaltó a sus
contemporáneos de maneras aparentemente opuestas. Por una parte, vieron
en él una capacidad de renunciar a las cosas de este mundo y entregar su
vida en amor y auto-sacrificio de un modo que les parecía casi inhumano
y no algo que a una persona normal y pletórica se le debería esperar
que hiciera. Además, los desafió a hacer lo mismo: ¡Tomad vuestra cruz cada día! Si guardáis vuestra vida, la perderéis; pero si entregáis vuestra vida, la ganaréis.
Por otra parte, quizás más sorprendentemente ya que tendemos a
identificar la religión sincera con el auto-sacrificio, Jesús desafió a
sus contemporáneos a gozar más plenamente de sus vidas, su salud, su
juventud, sus relaciones, sus comidas, su consumo de vino y todos los
placeres normales y profundos de la vida. De hecho, los escandalizó con
su propia capacidad para gozar del placer.