La apertura a Dios es un diálogo lleno de obstáculos tanto exteriores como interiores, y de entre ellos destaca uno: la capacidad extraordinaria que tenemos para complicarnos. Dicho con otras palabras: para abrirse a la acción de Dios, es necesario crecer en sencillez. De otro modo, es muy difícil llegar a abrirse del todo. Siendo torcido, es muy difícil crecer bien.
El problema de ser complicado es que se vive en permanente fragilidad con uno mismo, y eso lleva a dos posibles consecuencias: la desconfianza en los demás, y el abandono ilegítimo en algunas personas en particular.
La desconfianza en el prójimo hace que las relaciones humanas lleguen a ser convulsas, porque nunca se acierta en cómo agradar. El atractivo dle hombre seguro es experimentado como una amenaza. Su conducta pone al descubierto delante de sí mismos su propia inseguridad.
El problema es que, con facilidad, su trato espiritual acaba siempre en lo personal. El éxito o fracaso personal no depende de la propia responsabilidad, sino de la persona en quien depositan sus confidencias espirituales. Si no se crece, es culpa del director espiritual. También lo contrario. De este modo, la relación con el acompañante espiritual fluctúa, y llega a ser en ocasiones algo tormentosa. Depende muy directamente de lo bien o mal que se esté, como si la «relación» fuera más o menos intensa en virtud del aparente éxito de los consejos o de las confidencias.

