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23 septiembre 2022

Reflexión domingo 25 septiembre: EL QUE RÍA EL ÚLTIMO, REIRÁ MEJOR O AL FREÍR SERÁ EL REÍR

EL QUE RÍA EL ÚLTIMO, REIRÁ MEJOR O AL FREÍR SERÁ EL REÍR (dichos populares)

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El relato evangélico y las amenazas del profeta Amós, ambos textos de la misa del presente domingo, son extremadamente duros. El lenguaje que utilizan, por no ser de uso común, mis queridos jóvenes lectores, pueden emborronar las severas advertencias que contienen. Permitidme que, antes de empezar, os dé alguna explicación.

Por la Tierra Santa de aquel tiempo, no vagabundeaban elefantes como para que se pudiera disponer de sus colmillos en abundancia. Por otra parte, difícilmente se podría gozar de lechos cómodos y resistentes, si se hicieran de este apreciado producto. La realidad es que los reyes de Samaría, (la ciudad donde residían recibe el nombre posterior de Sebastye, a 11km de la actual Nablus), estos personajillos se daban buena vida. Sus muebles eran de maderas chapadas de marfil, se han encontrado antigüedades de tal índole por aquellos parajes, y el planteamiento de su existencia era nadar en la abundancia, a costa de injusticias, gozar de la vida, satisfaciendo sus antojos. Haciendo una transposición la narración hablaría de los que los que acumulan juegos digitales, no quiero mencionar marcas, se dan a la bebida cara, conseguida con selectos licores mezclados con preciados jugos. Visten ropa de marca, aunque no por ello resulte más útil, y gastan los más sofisticados perfumes, amén de exhibir relojes de alto precio. No saben desprenderse de su reproductor MP3, donde acumulan centenares de melodías de las que nunca llegarán a disfrutar, ni pueden pasar un minuto en casa sin tener su TV funcionando, aunque no la miren. Individuos así pueden fardar mucho pero están condenados al hastío y al fracaso. No hace falta que lo diga el profeta Amós, aunque resulta muy reconfortante saber que es doctrina revelada.

2.- La historieta, la parábola evangélica correspondiente al presente domingo, no carece de una cáustica ironía. No podemos pretender entenderla aceptando literalmente sus descripciones. Después de la muerte, sumergidos en la existencia eterna, no pueden existir distancias, ni necesidades sensoriales. Del espacio y del tiempo, ya lo sabéis, mis queridos jóvenes lectores, nos libramos al acabar nuestra realidad biológica, pero de alguna manera hay que expresarse y Jesús se adapta a las concepciones de aquel tiempo, que, por otra parte, continúan siendo las de muchas gentes de hoy en día. Si se expresara en nuestro lenguaje, Jesús, seguramente, nos diría que hubo un hombre potentado, ni siquiera el Maestro le da un nombre ficticio, no se lo merece. Este anónimo ricachón, tenía una bodega bien surtida y en su despensa guardaba los más afamados licores y aguardientes, con selectos jamones pata negra, salmón ahumado y el mejor caviar. Sus mansiones estaban adornadas con pinturas de las mejores firmas y el equipo musical lo renovaba cada vez que se comercializaba el más mínimo adelanto técnico que, por descontado, sus oídos eran incapaces de distinguir. Ni pasaba frío en invierno, ni calor en el verano. Sus vehículos eran todos de alta gama. ¡que bien se lo pasaba! Pero, como a cualquier hijo de vecino, le llegó la hora de la muerte.

No lejos del lugar del adinerado del relato, malvivía un pobre hombre, tan pobre, que el Señor que lo describe con simpatía le da nombre concreto, le llama Lázaro, como se llamaba su amigo de Betania. Ni siquiera podía regar una rebanada de pan en aceite, ni podía añadir sal al insípido mejunje que conseguía de algunas gentes. Mis queridos jóvenes lectores del Primer Mundo ¿os habéis dado cuenta de que el aceite de oliva es un lujo que no se pueden permitir millones de hombres y que la sal que nosotros tiramos en las carreteras cuando nieva, una pizca de ella, supone, para chiquillos de zonas desérticas o alejadas de los océanos, una golosina tan deseada como el mejor caramelo o bombón que a vosotros os puedan ofrecer? (acordaos de ello cuando la derramáis displicentemente o cuando os despreocupáis de la gran cantidad de aceite que sin necesidad ponéis en cualquier ensalada y posteriormente irá a parar a la cloaca. Son simples ejemplos de derroches que injustamente cometemos. El cualquier reunión podríais hacer una lista completa de nuestras abundancias y compararlas con las carencias de tantos otros)

3.- Llegará el día del gran encuentro. Sin que existan palacios, ni se sufra hambre, en un presente sobrecogedor, nos sentiremos próximos unos de otros y alejados por la historia personal de cada uno. Alejados si hemos vivido en la abundancia o simplemente sin sufrir necesidad, ignorando imprudentemente, al que sufría. Su dolor, su indigencia, tal vez decimos que son problemas que deben resolver las autoridades o las organizaciones asistenciales propiciadas por las Naciones Unidas. Es nuestra manera de querer huir de responsabilidades cristianas o de simple solidaridad.

Cada vez que en vuestra vida, por las calles o de viaje, os crucéis con un pobre, con alguien que sufre, que tal vez de asco, no dejéis de mirarle y procurad ayudarle hasta que él os sonría. En ese andrajoso, en ese marginado, en ese decaído, deprimido y de mirada perdida, se esconde el fiscal del Juicio Final, del último y definitivo existir. Aquel que determinará nuestro gozo o nuestro alejamiento de la felicidad. No es Dios quien condena, nuestra suerte o desgracia, la determinamos nosotros mismos. Generosidad o egoísmo son, particularidades que escogemos libremente, no lo olvidéis nunca.

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