• Hay muchos momentos en los evangelios en los que encontramos a Jesús orando. Pero pocos en los que se encuentre el contenido de su oración. En el caso de Mateo, aparte del Padrenuestro (Mt 6, 9-13), prácticamente hemos de limitarnos a la pasión y muerte (Mt 26, 36-46; 27, 46).
• Esta oración tiene el esquema clásico de los himnos de bendición judíos: comienza con la alabanza a Dios y expresa el motivo de esta alabanza. Estos dos elementos, los cristianos los mantenemos en la plegaria eucarística, concretamente en el prefacio: es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… porque…
• Hay dos características más de esta oración de Jesús. Una, también de la tradición judía, es el reconocimiento de Dios como “Señor de cielo y tierra” (25). La otra, que no falta en ninguna oración de Jesús, es que invoca a Dios como “Padre” (25). Es, pues, una oración de Hijo. También las oraciones de los cristianos, que rezamos unidos a Él por la acción del Espíritu Santo, son oraciones de hijos e hijas.
• El motivo de la alabanza es que el Reino de Dios y todo lo que a él se refiere es acogido por la “gente sencilla” y rechazado por “sabios y entendidos”. Es “todo esto” (25) lo que Jesús anuncia y manifiesta con su vida, con su acción y su palabra. Si leemos el capítulo 11 entero, tendremos delante “todo esto”, es decir, un resumen del ministerio de Jesús a propósito de la respuesta que él mismo da a los enviados de Juan Bautista: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí! (Mt 11,5-6). También encontraremos el contraste con esta oración: la indignación de Jesús ante los que lo rechazan (Mt 11,16-24).
• Contrariamente a la tendencia que muchos tendríamos, que quizás viviríamos como fracaso que los “sabios y entendidos” no acogieran los que les proponemos, Jesús vive como éxito -y da gracias por ello al Padre- que los que acogen el Reino del cielo sean aquellos de quien nadie esperaría nada.
• Después de la oración explícita (25-26), el texto de Mateo pasa a recoger unas palabras de Jesús en las que revela el misterio de su relación con el Padre (27). En estas pala bras, que manifiestan su conciencia de ser Hijo de Dios, Jesús se sitúa a la vez co mo quien recibe del Padre su amor (=conocimiento) y quien lo comunica a los demás.
• Aquellos a quien “el Hijo quiere revelar” quien es el Padre, si hemos leído todo lo que recoge este capítulo 11 lo vemos, son prioritariamente la “gente sencilla” (25) o, en las palabras de los versículos anteriores (Mt 11,5-6), los ciegos, sordos… Esta prioridad es la del Padre, que así lo ha querido (26). Una prioridad, sin embargo, que no excluye a nadie: por eso Jesús se indigna de que otros no acojan el Reino (Mt 11,16-24).
• Jesús hace una nueva llamada a seguirlo. Llama especialmente a los que están “cansados y agobiados” (28) -los mismos pobres y pequeños que lo acogen- que han de soportar la carga de mandamientos y prescripciones que les es impuesta por los maestros de la Ley (Mt 23,4). La imagen del yugo (29) era usada para hablar de la Ley de Moisés y de sus numerosas prescripciones (Jr 2,20; 5,5; Sir 51,26- 27; Hch 15,10). Aquí, pues, Jesús denuncia las interpretaciones restrictivas que hacen los maestros de la Ley y contrapone su enseñanza liberadora a la enseñanza legalista del judaísmo contemporáneo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario