02 septiembre 2018

Resistencia a los cambios

1. Los letrados y fariseos representan el culto hipócrita que se ciñe a lo externo, a lo de «fuera» (la rúbrica, la norma), perdiendo de vista lo profundo, lo de «dentro» (la plegaria, la justicia). Frente a una religiosidad basada en la observancia legal de ritos y en la interpretación rígida de la doctrina, Jesús enseña una nueva forma de relacionarse con Dios. Dios está en la comunidad de hermanos, en la justicia con los pobres y harapientos. Las legalidades son accesorias. La letra mata, y el espíritu vivifica.
2. La distinción bíblica y cristiana fundamental no es puro/impuro o sagrado/profano, sino justo/injusto. En el templo puede anidar la injusticia, del mismo modo que también habita la justicia en el ámbito profano del mundo. La santificación se opera con un corazón limpio, una conciencia sin dobleces y una conducta intachable, conforme a la voluntad de Dios. Así se cumple la justicia con el pueblo.

3. El culto cristiano es en espíritu y en verdad; se dirige al Padre, por Cristo, en el Espíritu, desde la justicia del reino. Expresa el gran mandamiento de Cristo, no los «preceptos humanos» o las «tradiciones» trasnochadas. Precisamente cuando el culto se convierte en actividad automática, el hombre se vuelve hipócrita, preocupado sólo por las formas externas. También la Iglesia puede caer en la tentación de abandonar el mandamiento de Dios por las tradiciones humanas, o de honrar a Dios con los labios, pero no con el corazón.
REFLEXIÓN CRISTIANA

¿Es nuestra liturgia verdadera, desde el corazón?

¿Que cupo de fariseísmo hay en nuestras vidas?
Casiano Floristán