El texto que se nos propone en este Domingo como Evangelio nos sitúa, todavía, en la sinagoga de Cafarnaúm (cf. Jn 6,59) y en el contexto del discurso sobre el “pan que bajó del cielo para dar vida al mundo”. En este extracto, sin embargo, Jesús va un poco más allá: invita a sus interlocutores a comer su carne y a beber su sangre.
Algunos biblistas piensan que esta parte del discurso es una reflexión de la primitiva comunidad cristiana que reinterpretó la primera parte del discurso, explicándolo a partir de la celebración eucarística posterior; otros piensan que Juan reelaboró una serie de materiales que estarían, inicialmente, incluidos en el relato de la última cena y que fueron trasladados aquí por conveniencias teológicas (en su versión de la última cena, Juan prefirió dar relevancia al lavatorio de los pies; con todo, no quiso omitir el discurso eucarístico de Jesús, un dato tan importante para la tradición cristiana. Siendo así, lo trasladó a otro lugar; y el lugar más indicado para situarlo le pareció, precisamente, el de la continuación del discurso sobre el “pan bajado del cielo para dar vida al mundo”).
En cualquier caso, esta parte del discurso (cf. Jn 6,51-58) no debe haber sido pronunciado en la sinagoga de Cafarnaúm. Sólo tiene sentido tras la institución de la Eucaristía, en la última cena.
El discurso sobre el “pan de vida” (cf. Jn 6,22-58) quedó por tanto, en el esquema de Juan, con el siguiente cuadro lógico: los hombres buscan el pan material; Jesús les trae el “pan del cielo que da vida al mundo”; y el pan eucarístico realiza, de forma plena, la misión de Jesús en el sentido de dar la vida al hombre.
Después de presentarse como “el pan vivo que bajó del cielo” para dar a los hombres la vida definitiva (v. 51a), Jesús identifica ese “pan” con su “carne” (v. 51b).
La palabra “carne” (en griego: “sarx”) designa la realidad física del hombre, en su condición débil, transitoria y caduca. Ahora bien, fue precisamente en la “carne” de Jesús, esto es, en su cuerpo físico, donde se manifestó, en gestos concretos, su donación y su amor hasta el extremo. En la realidad física de Jesús, Dios se hace presente y visible en medio de los hombres, muestra su voluntad de comunicación con los hombres y les manifiesta su amor. Es esta “carne” (esto es, su vida física, el “lugar” donde Dios se manifiesta a los hombres y les muestra su amor) la que Jesús va a dar a “comer” para que el mundo tenga vida.
Los judíos no entienden las palabras de Jesús (v. 51). Cuando Jesús se presentó como “pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo”, ellos entendieron que Jesús pretendía ser una especie de “maestro de sabiduría” que traía a los hombres palabras de Dios (también eso tenían dificultad para aceptar, pero, por lo menos, entendían a dónde les quería llevar). Pero ahora Jesús habla de “comer” su carne. ¿Qué significan estas palabras suyas?
Son palabras difíciles de entender, si no nos ponemos en la perspectiva eucarística; y, por eso, los judíos no las entendieron. Para la comunidad de Juan, sin embargo, las palabras de Jesús son claras, pues las entienden teniendo en cuenta la celebración y el significado de la eucaristía.
En la secuencia, Jesús reitera su afirmación, en esta ocasión con más argumentos: él no sólo va a dar de “comer” de su carne, sino también de beber de su sangre; y quienes crean en él, recibirán la vida definitiva (vv. 53-54).
La referencia a la “sangre” nos sitúa en el contexto de la pasión y de la muerte. Decir que Jesús es “carne”, significa que él se hizo uno de nosotros, asumió nuestra condición de debilidad, aceptó pasar, incluso, por la experiencia de muerte. Decir que el pan que él nos dará es su “carne para la vida del mundo” significa que Jesús hace de su vida un don, una “entrega” por amor a los hombres; y que el momento culminante de esa vida hecha “don” y “entrega”, es la muerte en cruz. En la cruz, se manifestó, a través de la “carne” de Jesús, esto es, a través de su realidad física, su amor, su donación, su entrega. Ahora bien, esa realidad que se manifestó en la cruz, realidad de amor, de donación, de entrega, es la que los discípulos están invitados a “comer” y a “beber”. “Comer” y “beber” significa, en este contexto, “adherirse”, “acoger”, “interiorizar”, “asimilar”.
La cuestión es, por tanto, esta: Jesús no está hablando de su “carne” física y de su “sangre” física… Está pidiendo, simplemente, que sus discípulos acojan y asimilen esa vida de amor, de donación, de entrega, que él manifestó en su persona (esto es, en sus gestos, en su amor, en su donación a los hombres) y que tuvo su expresión más radical en la cruz, cuando Jesús, por amor, ofreció totalmente su vida, hasta la última gota de sangre. Quien “acoge” y “asimila” esta vida acepta vivir de la misma forma, en amor y en donación total de la vida, hasta la muerte, y tendrá la vida plena y definitiva
La Eucaristía actualiza esta realidad en la comunidad cristiana y en la vida de los creyentes. Ese mismo Jesús que amó hasta las últimas consecuencias, que pone su vida al servicio de los hombres, que se entrega en la cruz, se ofrece como alimento a los suyos. El discípulo que “come” y “bebe” su “carne” y su “sangre” asimila esta propuesta y se compromete a vivir y a dar la vida como él (v. 55).
Uno de los efectos de “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús, es quedar en unión íntima, en comunión de vida con Jesús. El discípulo que interioriza la propuesta de Jesús, se identifica con él y se convierte en uno como él (v. 56). El cristiano es, antes de nada, alguien que recibe la vida de Jesús y vive en unión con él.
Otro efecto de “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús, es comprometerse con el mismo proyecto de Jesús. Jesucristo fue enviado por el Padre al mundo para dar la vida al mundo y su plan consiste en hacer realidad ese proyecto: el cristiano asume ese mismo proyecto y dedica toda su existencia a hacerlo realidad en medio de los hombres (v. 57)
Es por este camino como se llega a esa vida plena y definitiva que Jesús vino a proponer a los hombres. Del “comer la carne” y del “beber la sangre” de Jesús, nacerá una nueva humanidad de gente libre, que vence a la muerte y que vive para siempre (v. 58).
El discurso que Juan pone en boca de Jesús, no se dirige a los judíos (pues los judíos no eran capaces de entender las palabras de Jesús), sino que se dirige a los discípulos. Su objetivo es explicar el programa de Jesús, pedir a los discípulos que asimilen ese programa y lo testimonien en medio de los hombres.
La Eucaristía cristiana (“comer la carne” y “beber la sangre”) es, así, una forma privilegiada de “actualizar” en la vida de los creyentes la vida y el amor de Jesús, de estar en comunión con Jesús, de “actualizar” el proyecto de Jesús y de hacerlo realidad en el mundo.
En las semanas anteriores, la liturgia nos decía, repetidamente, que Jesús era el “pan bajado del cielo para dar vida al mundo”. El Evangelio de este Domingo une esta afirmación con la Eucaristía. Una de las formas privilegiadas que Jesús tiene para seguir presente, en el tiempo, y de “dar vida” al mundo, es a través del “pan” que distribuye en la mesa de la Eucaristía.
La Eucaristía que las comunidades cristianas celebran cada Domingo (y cada día), no es un rito tradicional al que “asistimos” por obligación, para calmar la conciencia o para cumplir las reglas de lo “religiosamente correcto”, sino que es un encuentro con ese Cristo que se hace “don” y que viene a nuestro encuentro para ofrecernos la vida plena y definitiva.
¿Cómo “siento” yo la Eucaristía? ¿Qué importancia tiene en mi vida y en mi existencia cristiana?
Participar en el encuentro eucarístico, “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús es encontrarse, hoy, con ese Cristo que viene al encuentro de los hombres y que se hace presenten en su “carne” (en su persona física) como una vida hecha amor, hecha solidaria, hecha entrega, hasta la donación total de sí mismo en la cruz (“sangre”).
Participar en el encuentro eucarístico, “comer la carne” y “beber la sangre” de Jesús, es acoger, asimilar e interiorizar esa propuesta de vida, aceptar que es un camino para la felicidad, para la realización plena del hombre, para la vida definitiva.
Sentarse a la mesa de la Eucaristía es, también, identificarse con Jesús, vivir en unión con él. En la Eucaristía, el alimento servido es el mismo Cristo. Por eso, es la propia vida de Cristo la que pasa a circular por las venas de los creyentes. Quien acoge esa vida que Jesús ofrece se convierte, por tanto, en uno como él. Comer cada Domingo (o cada día) a la mesa con Jesús de ese alimento que él mismo nos da y que es su persona, lleva a los creyentes a una comunión total de vida con él y a formar parte de su familia.
Conviene que nos hagamos conscientes de esa realidad: celebrar la Eucaristía es profundizar los lazos familiares que nos unen a Jesús, identificarnos con él, dejar que su vida circule por nosotros. El creyente, identificado con Cristo, se hace una persona nueva, a imagen de Cristo.
En la concepción judía, compartir el mismo alimento alrededor de la mesa genera entre los convidados familiaridad y comunión. Así, los creyentes que comparten la Eucaristía pasan a ser hermanos: por todos circula la misma vida, la vida de Cristo, vida de amor total. De esa forma, la participación en la Eucaristía tiene como resultado el reforzamiento de la comunión entre los hermanos.
Una comunidad que celebra la Eucaristía y que vive, después, en la división, en la envidia, en el conflicto, en el orgullo, en la autosuficiencia, en la indiferencia para con los dolores y las necesidades de los hermanos, es una comunidad que no es coherente con aquello que celebra; y, en ese caso, la celebración eucarística es una incoherencia y una mentira.
Finalmente, el “comer la carne” y el “beber la sangre” de Jesús, implica un compromiso con ese mismo proyecto que Jesús buscó realizar a lo largo de su vida, en todos sus gestos, en todas sus palabras. Como Jesús, el creyente que celebra la Eucaristía tiene que llevar al mundo y a los hombres esa vida que ahí descubre.
Tiene que luchar, como Jesús, contra la injusticia, el egoísmo, la opresión, el pecado;
tiene que esforzarse, como Jesús, por eliminar todo lo que afea el mundo y causa sufrimiento y muerte;tiene que construir, como Jesús, un mundo de libertad, de amor y de paz;
tiene que ser testigo, como Jesús, de que la vida verdadera es aquella que se hace amor, servicio, donación hasta las últimas consecuencias.
Si la Eucaristía fuera, de hecho, una experiencia profunda y sentida de adhesión a Cristo y a su proyecto, de ella surgiría el imperativo para una entrega semejante a la de Cristo en favor de los hermanos y de la construcción de un mundo nuevo.
tiene que esforzarse, como Jesús, por eliminar todo lo que afea el mundo y causa sufrimiento y muerte;tiene que construir, como Jesús, un mundo de libertad, de amor y de paz;
tiene que ser testigo, como Jesús, de que la vida verdadera es aquella que se hace amor, servicio, donación hasta las últimas consecuencias.
Si la Eucaristía fuera, de hecho, una experiencia profunda y sentida de adhesión a Cristo y a su proyecto, de ella surgiría el imperativo para una entrega semejante a la de Cristo en favor de los hermanos y de la construcción de un mundo nuevo.
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