14 agosto 2018

Homilía – Domingo XX de Tiempo Ordinario

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LA EUCARISTÍA, VERDADERA COMIDA
El gesto eucarístico está tan deteriorado, que nos cuesta mucho descubrir que la Eucaristía es un Sacramento cuyo signo fundamental es la comida en común. La mesa de la comida se ha convertido en altar, la reunión tiene más característica de acto desarrollado en un teatro que de banquete celebrado en un restaurante. El gesto de comer ha sido reducido al mínimo: consiste en tragar la forma. Y los elementos de la comida son insignificantes, cuesta reconocer que la hostia es un trozo de pan. Por desgracia, la bebida ha desaparecido, excepto para el ministro. Con toda esta escandalosa pobreza de medios celebramos el banquete de la Eucaristía. Sin embargo ella es una comida. Digámoslo sin descanso, aunque no sea sino para tener conciencia de ello.

1.- El signo de la Eucaristía: una comida.
Pero es que el signo de la comida, para el hombre, es importantísimo. Evoca la amistad, la fraternidad, la familiaridad, la intimidad. En la comida se comparte y se departe. Sobre una mesa corre con mucha más facilidad la comunicación, el amor, se disipan las tensiones. ¿Cuántas personas no nos hemos reconciliado con una comida? Cuando una persona le ofrece a otra su mesa y no se entablan relaciones abiertas, hemos de pensar que algo funciona mal sicológicamente. La traición más grave es la que se comete en la mesa.

La comida, además, recupera las fuerzas de la vida; da energía, poder. Por eso, el comer llena al hombre de optimismo y alegría; no en vano, el comer produce un placer y un gozo enormes.
Este gesto humano de la comida, acompañado de la acción de gracias, y con un contenido explícitamente cristiano, ha sido instituido por Cristo como el sacramento de la Eucaristía.

2.- La Eucaristía es una comida.
El realismo de San Juan es alarmante. Se habla de pan, de comer, y de beber. Pero se trata aquí de una comida original. El pan es el Cuerpo de Cristo, la Carne de Jesús. El vino es su propia Sangre. Este pan no es un pan cualquiera, sino que «ha bajado del cielo» (Jn 6, 51). Esto nos indica que Juan está habiéndonos de algo muy profundo: se trata de la Palabra de Dios que es Jesús (Jn 1, 14). Jesús, la Palabra, que marca el camino de nuestros pies, es el verdadero alimento del hombre: nos descubre cuáles son las fuentes de nuestra propia vida. Jesús es, en el mundo, la encarnación de esta Palabra. Comer a Jesús, es decir, interiorizarle hasta hacerlo vida de nuestra vida, es vivir de la Palabra de Dios.
Es un pan «vivo» (v. 51). Es comida que nos da la vida verdadera. La Palabra de Dios, en Cristo, se nos manifiesta como Palabra ofrecida para que el mundo alcance la vida. «El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo» (v. 51). Se nos ofrece la misma Palabra encarnada, entregada hasta la muerte, lo cual nos manifiesta el amor incondicional con que se nos entrega. Esta Palabra de Dios es el alimento definitivo de la vida: «el que coma de este pan vivirá para siempre» (v. 51). Cuando el hombre vive según el plan de Dios manifestado en Cristo, se edifica de tal manera, que vence a la muerte, porque ya está viviendo la vida definitiva. «El que beba mi Sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día» (v. 54).
3.- Esta comida eucarística es una comunión con Dios y con Cristo.
El alimento tiene la característica de entrar dentro del hombre y hacerse con él, por la asimilación, una sola cosa. Cuando nosotros comemos con los demás decimos que estamos en comunión con ellos. Aunque esta comunión sea muy rica, nunca llega a la identificación que adquiere el alimento con nosotros mismos. Cuando celebramos la Eucaristía no sólo comemos con Cristo, sino que El mismo es alimento. Con ello se nos sugiere el indescriptible misterio de nuestra comunión con El. Jesús entra dentro de nosotros, para ser nuestra vida, a fin de que asimilemos interiormente el principio de la salvación. «El que come mi Carne y bebe mi Sangre, habita en mí y yo en él» (v. 56). De esta manera, se nos posibilita el poder vivir la Palabra de Dios, no como una ley o un yugo externo que nos esclaviza, sino como un espíritu, un principio vital, una realidad que anida en nuestro propio corazón. Esta comunión con Cristo en la Eucaristía, nos adentra en la vida misma de Dios, sin que seamos capaces ni de explicárnoslo: «el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí» (v. 51).
Los hondos misterios de la vida no podemos explicarlos. Hay que vivirlos. Para ello Cristo, la Sabiduría, la Palabra, ha preparado para nosotros un banquete y ya ha aderezado su mesa… «Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado» (Sab 9, 1-6). Dejémonos vivir por el misterio de la Palabra de Dios, para que lleguemos a vivir como hombres de verdad. Vivamos en silencio la vida que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos ofrecen en esta comida eucarística.

Jesús Burgaleta

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