14 agosto 2018

dOMINGO 19 AGOSTO: 2ª lectura Domingo XX de Tiempo Ordinario

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La segunda lectura de este Domingo nos presenta, una vez más, un texto de esa carta que Pablo envió desde la prisión (¿de Roma?) a diversas comunidades cristianas de la zona occidental de Asia Menor (entre las cuales se encontraba la comunidad cristiana de Éfeso).
Nuestro texto pertenece a la segunda parte de la carta (cf. Ef 4,1-6,20). En esa “exhortación a los bautizados”, Pablo retoma alguno de los temas tradicionales del catecismo primitivo e invita a los cristianos a dejar la antigua forma de vivir para asumir la nueva, revistiéndose de Cristo (cf. Ef 4,17-31), imitando a Dios (cf. Ef 4,32-5,2), pasando de las tinieblas a la luz (cf. Ef 5,3-20). Como escenario de fondo de la reflexión paulina está siempre la necesidad de los cristianos de dejar la vida del hombre viejo, para asumir la vida del Hombre Nuevo. Este es el sentido en el que deben ser entendidas esas normas prácticas de conducta que Pablo presenta a sus cristianos en el texto que se nos propone.

Estamos al inicio de la década de los 60. Pasó ya el entusiasmo inicial que llevó a muchos creyentes (a los de Éfeso también) a una adhesión entusiasta a Jesús y a su propuesta de vida. Ahora, la monotonía, la instalación, la comodidad son las realidades que están presentes en muchas comunidades y en la vida de muchos cristianos. Todavía preso, Pablo continúa preocupándose por la vida de los cristianos y de las comunidades que acompañó; por eso, va a exhortar a los creyentes a una vida de coherencia con los compromisos un día asumidos ante Cristo y ante los hermanos de la comunidad.
Nuestro texto está antecedido por el fragmento de un antiguo himno cristiano que invita a los creyentes a despertar del sueño en el que yacen y a redescubrir la luz de Cristo (cf. Ef 5,149).
¿Qué significa, en la perspectiva de Pablo, despertar de nuevo a la luz, o vivir como “hijos de la luz”?
Los cristianos, definitivamente comprometidos con Cristo desde el día de su Bautismo, no pueden estúpidamente (como “insensatos”, v. 15), volver a los valores del hombre viejo. Es verdad que los tiempos no son favorables y no ayudan a que se viva con coherencia la propia fe y los valores de Jesús; pero es precisamente en esos ambientes más difíciles y adversos en los que se hace necesario dar testimonio de los proyectos de Dios y cumplir la voluntad del Señor (v. 16-17).
“No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu” (v. 18), aconseja Pablo. El “vino” representa aquí, probablemente, a todos esos valores materiales que seducen a los hombres, que los llevan al libertinaje y que los hacen olvidar sus compromisos; el Espíritu, significa la vida de Dios, esa vida que los creyentes recibieron en el día de su Bautismo, que debe llenar sus corazones y que debe transformarse en gestos de amor y de donación a Dios y a los hermanos.
Nuestro texto termina con una invitación a la oración, a la alabanza, a la acción de gracias al Señor. Los creyentes no pueden olvidar su ligación con el Señor y su diálogo con él, pues es ese diálogo el que los mantendrá atentos y vigilantes, comprometidos con el proyecto de Dios.
Cuando la oración se hace en comunidad, se convierte en compartir mutuo y en un caminar común en el descubrimiento de los plantes de Dios para los hombres y para el mundo (v. 19-20).
La tentación de la comodidad, de la instalación, del “dejar correr”, del vivir el seguimiento de Cristo de forma “tibia” y poco comprometida, del dejarnos envolver por comportamientos y valores poco conforme con nuestro compromiso con Cristo, es una tentación real y que todos nosotros conocemos bien. Como dice Pablo, es una estupidez haber descubierto la vida verdadera y dejar que el hombre viejo de egoísmo y de pecado nos domine de nuevo.
El texto de la carta a los Efesios que se nos propone, es una invitación a no dormirnos, a repensar continuamente nuestras opciones y nuestros compromisos, a no dejarnos llevar por el camino de la facilidad y de la comodidad, a que vivamos con empeño y entusiasmo el seguimiento de Cristo, a empeñarnos en el testimonio de los valores en los que creemos. La opción que hicimos en el día de nuestro Bautismo tiene que ser confirmada y revitalizada por una infinidad de nuevas opciones, todos los días de nuestra vida.
Pablo recomienda a sus cristianos que no se embriaguen “con vino, que lleva al libertinaje”. Decíamos antes que embriagarse con “vino” representa, en estas circunstancias, el dejarse seducir por esos valores materiales que apartan a los hombres de los valores eternos, de los valores del Reino.
Personalmente, ¿cuáles son los valores a los que yo doy más importancia? ¿Algunos de esos valores constituyen un obstáculo para que yo viva, de forma verdaderamente comprometida, los valores de Jesús y del Evangelio?
Vivir como “hijos de la luz” implica también, en la perspectiva de Pablo, la oración, la alabanza, la acción de gracias. Un creyente que tiene a Dios como la coordenada fundamental de su existencia y que se siente llamado a formar parte de la familia de Dios, es un creyente que vive en diálogo continuo con Dios. Y en ese diálogo percibe los planes y los proyectos de Dios para sí y para el mundo y encuentra la fuerza para recorrer el camino de la fidelidad y del compromiso.
¿Consigo encontrar tiempo y disponibilidad para hablar con Dios, para escuchar las propuestas que él me presenta?
¿Soy consciente de los dones de Dios y le respondo con mi alabanza y mi acción de gracias?

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