14 agosto 2018

Domingo 19 agosto: 1ª lectura Domingo XX de Tiempo Ordinario

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El “Libro de los Proverbios” presenta varias colecciones de dichos, de sentencias, de máximas, de proverbios (“mashal”) donde se cristaliza el resultado de reflexión y de experiencia (“sabiduría”) de varias generaciones de “sabios” antiguos (israelitas y algunos no israelitas).
El objetivo de esos proverbios es definir una especie de “orden” del mundo y de la sociedad que, una vez aprendida y aceptada por el individuo, le lleva a una integración plena en el medio en el que está inserto. De esa forma, el individuo podrá vivir sin traumas ni sobresaltos que destruyan su armonía interior y lo incapaciten para ofrecer su contribución a la comunidad. Quedará, así, como clave para vivir en armonía consigo mismo y con los otros, y seguridad para una vida feliz, tranquila y próspera.

El libro se presenta como compuesto por Salomón (cf. Prov. 1,1), el rey “sabio”, conocido por sus dotes de gobierno, por sus dones literarios, por numerosas sentencias sabias (cf. 1 Re 3,16-28; 5,7; 10,1-9.23) y que se convirtió en una especie de “patrón” de la tradición sapiencial. En realidad, no podemos aceptar, de forma acrítica, esa versión: la lectura atenta del libro revela que estamos ante unas colecciones de proveniencia diversa, compuestas en épocas diversas. Algunos de los materiales presentados en el libro pueden ser del siglo X antes de Cristo (época de Salomón; sin embargo, esto no implica que procedan del mismo Salomón); otros, además, son todavía más recientes.
Nuestro texto, forma parte de una sección que podríamos llamar, genéricamente, “intrusiones y advertencias” (cf. Prov. 1,8-9,16). Se trata de un conjunto de exhortaciones y de instrucciones de un padre/educador, invitando al hijo a adquirir la “sabiduría”. Dentro de esta sección es donde aparece la antítesis entre la “señora sabiduría” y la “señora locura” (cf. Prov. 9,1-6.13-18), uno de los textos emblemáticos del “Libro de los Proverbios”. La primera lectura de este Domingo es, precisamente, la primera parte de la antítesis (la presentación de la “señora sabiduría”).
Según los especialistas, esta sección es la parte más reciente del “Libro de los Proverbios” y no puede ser anterior al siglo IV o III antes de Cristo. Probablemente fue escrita como introducción al “Libro de los Proverbios” cuando todas las otras secciones ya estaban organizadas.
Lo que está en juego, en esta reflexión de los “sabios” de Israel, es la cuestión de las opciones de vida. Los hombres pueden elegir entre la “señora sabiduría” y la “señora locura” (que es presentada, también, en la secuencia, cf. Prov 9,13-18); y esa opción va a dictar, naturalmente, el éxito, la realización, la felicidad, la vida, o el fracaso, la desgracia, la muerte.
El texto que se nos propone, es una especie de programa de la “señora Sabiduría”; su finalidad es llevar a los destinatarios del mensaje a que realicen la opción correcta, la opción que les asegure la vida y la felicidad. A través de una parábola, el “sabio” autor de este texto presenta a la “señora sabiduría” y le invitación que ella dirige a todos los que quieren descubrirla.
La “señora sabiduría” es presentada como una dama fina, de la alta sociedad, que construye una “casa” (v. 1). Esa “casa” tiene, naturalmente, “siete columnas”, pues el número siete es, en el universo cultural judío, el número de la plenitud, de la perfección. La “casa” de “la señora sabiduría” es, por tanto, una “casa” donde se puede encontrar la perfección, la plenitud.
En su “casa”, la “señora sabiduría” organiza un “banquete”. Prepara comida y vino en abundancia y pone la mesa (v. 2); después, envía a sus siervas para que lleven a toda la ciudad la invitación para participar en la fiesta (v. 3). Probablemente, esta “casa” a la que la “señora sabiduría” invita, es la escuela regida por los “sabios” de Israel y donde se enseñaba la “sabiduría”.
La “comida” y el “vino” deben referirse al “alimento sapiencial” allí servido (quiere decir, a esas reglas prácticas enseñadas por los “sabios” en las escuelas sapienciales, y destinadas a “armar” a los alumnos para enfrentarse a los problemas diarios, de forma que puedan tener éxito en sus empresas y que sean felices).
¿Quiénes son los destinatarios de la invitación echa por la “señora sabiduría”? Son los “sencillos” (en la traducción que se nos propone, se habla de los “inexpertos”) y los “insensatos” (v. 4-6). Estos últimos, sin embargo, deben previamente de estar dispuestos a dejar la insensatez y a seguir el “camino de la prudencia”.
Los “sencillos” equivalen a los “pobres” de la literatura bíblica: son los pequeños, los humildes, aquellos que no viven instalados en esquemas de orgullo y de autosuficiencia y que siempre tienen el corazón abierto a Dios y a sus propuestas. Los “insensatos” que quieren seguir el camino de la prudencia, son aquellos que no se conforman con su fragilidad y debilidad y están dispuestos a hacer un esfuerzo en el sentido de replantear su vida. Unos y otros tienen el corazón abierto a la invitación de la “sabiduría” y están dispuestos a acoger sus dones.
De lo que aquí se habla es, por tanto, de la cuestión de las opciones de vida. Optar por la “señora sabiduría” significa acoger la vida, la felicidad, la realización; optar por la “señora locura”, significa escoger la muerte, la infelicidad, el fracaso. El problema de las elecciones correctas es el problema que más nos angustia e inquieta, a lo largo de nuestro caminar por la vida.
La Palabra de Dios que se nos propone contiene una invitación incuestionable a participar en el banquete de la “señora sabiduría”, alimentándonos con sus dones, a abrir el corazón a sus propuestas. Ese es el camino de la verdadera realización y de verdadera felicidad.
La “sabiduría” enseñada en Israel (así como en los países circundantes), es un conjunto de normas prácticas, deducidas de la experiencia y de la reflexión, destinadas a formar hombres íntegros, justos, leales, prudentes, capaces de saber cómo actuar en cada circunstancia y de cumplir su misión, sin violar el orden cósmico y social.
¿Se trata, solamente, de una “sabiduría” profana, de un humanismo, de un conjunto de reglas para orientar el comportamiento y las relaciones sociales, sin ninguna referencia al mundo transcendente? ¿Qué lugar es el que ocupa Dios en esta reflexión?
¿Dios es necesario para el hombre que quiere ser “sabio”? El “sabio” israelita es, también, un creyente, con todo lo que ello implica. A lo largo del Libro de los Proverbios, los “sabios” de Israel afirman repetidamente que el verdadero fundamento de la “sabiduría” es el “temor de Dios” ” (cf. Prov 10,27; 14,26; 15,16.33; 16,6; 19,23; 22,4; 23,17; 24,21; 31,30), como si considerasen que Dios no puede ser excluido de la vida del hombre que quiera tener éxito y ser feliz.
El término “temor” no acentúa (como en las lenguas modernas) la dimensión de “miedo”; sino que indica una actitud del creyente ante Dios caracterizada por la reverencia, por el respeto, por la obediencia, por la confianza. Pero, de acuerdo con los “sabios” del “Libro de los Proverbios”, esa actitud religiosa frente a Dios es condición indispensable para la adquisición de una “sabiduría” genuina, de un verdadero conocimiento. No hay, pues, “sabiduría” auténtica sin una apertura decidida a la transcendencia.
Todos nosotros queremos, naturalmente, aceptar la invitación de la “señora sabiduría”, saborear los alimentos que ella nos ofrece y equiparnos con los instrumentos necesarios para triunfar en la vida, para alcanzar la realización y la felicidad; sin embargo, con frecuencia buscamos nuestra realización plena y nuestra felicidad contra Dios o, por lo menos, al margen de Dios y de sus valores.
Para nosotros, creyentes, el encuentro con la “señora sabiduría” pasa por la escucha de Dios y de sus planes, por la entrega confiada en sus manos, por la obediencia radical a su propuesta de vida. No podemos llegar a nuestra realización plena ignorando a Dios y a sus propuestas.
Es por eso por lo que sólo los “sencillos” y los “ inexpertos que quieren dejar la insensatez y seguir el camino de la prudencia” son admitidos a la mesa de la “señora sabiduría”.
Los “sencillos” son aquellos que no tienen el corazón demasiado lleno de sí mismos, que no se cierran en el orgullo y en la autosuficiencia, que reconocen su pequeñez e infinitud y que se entregan con humildad y confianza en las manos de Dios; los “inexpertos que buscan el camino de la prudencia”, son aquellos que están dispuestos a cambiar, que no se conforman con la vida del hombre viejo y quieren ir más allá. Unos y otros son el paradigma de una determinada actitud: la actitud de apertura a los dones de Dios, de disponibilidad para acoger la vida de Dios. Son aquellos que reconocen que necesitan de Dios y de sus dones pues, por sí solos, son incapaces de encontrar el camino para la realización, para la felicidad, para la vida plena.

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