21 agosto 2018

Domingo 26 agosto: 2ª Lectura Ef 5, 21-32

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Continuamos leyendo la parte moral y parenética de la Carta a los Efesios (cf. Ef 4,1-6,20). En esa parte, Pablo recuerda a los creyentes la opción que hicieron el día de su Bautismo y que les obliga a vivir como hombres nuevos, a imagen de Jesús.
La vida de ese hombre nuevo que dejó las tinieblas y escogió la luz, debe traducirse en actitudes concretas. Por eso, Pablo enumera una serie de normas de conducta, a través de las cuales se debe manifestar la opción que el creyente asumió en el día de su Bautismo.

En la sección de Ef 5,21-6,9 (a la que el texto que hoy se nos propone pertenece), Pablo presenta las normas que deben regir las relaciones familiares. De forma especial, Pablo se refiere a los deberes de los esposos, seguramente porque ve en su unión una figura de la unión de Cristo con su Iglesia. Se trata de uno de los temas más importantes de la teología desarrollada en la carta a los Efesios.
Nuestro texto comienza con un principio general que debe regular las relaciones entre los diversos miembros de la familia cristiana: “sed sumisos unos a otros con respeto cristiano” (Ef 5,21). El “ser sumiso” expresa, aquí, la condición de aquel que está permanentemente en una actitud de servicio sencillo y humilde, sin dejar que su relación con el hermano sea dominada por el orgullo o marcada por actitudes de prepotencia. La expresión “en el temor de Cristo” recuerda a los creyentes que el Cristo del amor, del servicio, del compartir es el ejemplo y el modelo que ellos deben tener siempre ante los ojos.
Después, Pablo, se dirige a los distintos miembros de la familia y les propone normas concretas de conducta. El texto que nos es propuesto, con todo, solamente señala la parte que se refiere a la relación de los esposos uno con otro (en la continuación, Pablo hablará, también, de la conducta de los hijos para con los padres, de los padres para con los hijos, de los señores para con los esclavos y de los esclavos para con los señores, (cf. Ef 6,1-9).
A las mujeres, Pablo les pide sumisión a los maridos, porque “el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia” (v. 23). Esta afirmación, que, a la luz de nuestra sensibilidad y de nuestros esquemas mentales modernos parece discriminatoria, debe ser entendida en el contexto socio-cultural de la época, donde el hombre aparece como la referencia suprema de la organización del núcleo familiar. De cualquier forma, la “sumisión” de la que Pablo habla debe ser siempre entendida en el sentido del amor y del servicio y no en el sentido de la esclavitud.
A los maridos, Pablo les recomienda que amen a sus esposas, “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (v. 25). No se trata de un amor cualquiera, sino de un amor igual al de Cristo por su comunidad, esto es, de un amor generoso y total, que es capaz de ir hasta la donación de la propia vida.
Para Pablo, por tanto, el amor de los maridos por las esposas debe ser un amor completamente libre de cualquier signo de egoísmo y de prepotencia; y debe ser un amor lleno de solicitud, que se manifiesta en actitudes de generosidad, de bondad y de servicio, que se hace don total a la persona a la que se ama.
En este contexto, Pablo desarrolla su teología de la relación entre Cristo y la Iglesia, para después sacar de ahí las debidas consecuencias para la unión de los esposos cristianos. Cristo santificó a la Iglesia, “purificándola con el baño del agua y la palabra” (v. 26). Hay aquí, ciertamente, una alusión al bautismo cristiano (inspirado, probablemente, en las ceremonias preparatorias del matrimonio, que contemplaban el “baño” de la novia antes de presentarse ante el novio), por el cual Cristo edifica a su comunidad y la purifica del pecado.
El bautismo es el momento en el que Cristo ofrece la vida plena a su Iglesia y en el que la Iglesia se compromete con Cristo en una comunidad de amor. A partir de este momento, Cristo y la Iglesia forman un sólo cuerpo. Como Cristo y la Iglesia forman un sólo cuerpo, del mismo modo marido y mujer, comprometidos en una comunidad de amor, forman un sólo cuerpo: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (v. 31).La expresión “una sola carne” aquí utilizada por Pablo no alude sólo a la unión carnal de los esposos, sino a toda su vida conyugal, vivida en el empeño cotidiano por la vivencia del amor, de la fidelidad y del compartir toda la existencia.
Este paralelismo establecido por Pablo entre la unión de Cristo y de la Iglesia y el amor que une a los esposos, da un significado especial al matrimonio cristiano: la vocación de los esposos es anunciar y testimoniar, con su amor y su unión, el amor de Cristo por su Iglesia. Dicho de otra forma: la unión de los esposos cristianos debe ser, a los ojos del mundo, un signo y un reflejo del “misterio” de amor que une a Cristo con la Iglesia.
El compromiso con Jesús y con la propuesta de vida nueva que él vino a presentar, llena toda la vida del hombre y tiene consecuencias en todos los niveles de la existencia, incluido el nivel de las relaciones familiares. Para los seguidores de Jesús, el espacio de la relación familiar tiene que ser, también, el lugar donde se manifiestan los valores de Jesús, los valores del Reino. Con su compartir el amor, con su unión, con su comunión de vida, el hogar cristiano está llamado a ser signo y reflejo de la unión de Cristo con su Iglesia.
“Los propios cónyuges hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio y vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo” (Gaudium et Spes, 52).
Para Pablo, el amor que une al esposo y a la esposa, debe ser un amor como el de Cristo por su Iglesia. De ese amor deben, por tanto, estar ausentes cualquier signo de egoísmo, de prepotencia, de explotación, de injusticia. Debe ser un amor que se hace donación total al otro, que es paciente, que no es arrogante ni orgulloso, que comprende los errores y las faltas del otro, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1Cor 13,4-7).
Para Pablo, el amor que une a la esposa y al marido, debe ser un amor que se hace servicio sencillo y humilde. No se trata de exigir sumisión de uno al otro, sino que se trata de pedir que los creyentes manifiesten total disponibilidad para servir y para dar la vida, sin esperar nada a cambio. Se trata de seguir el ejemplo de Cristo que no vino para afirmar su superioridad y para ser servido, sino para servir y dar la vida.
El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones, sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo, hacen de su existencia un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.
Pablo utiliza, en este texto, a propósito de las mujeres, una palabra que no debemos absolutizar: “sumisión”. Esta palabra debe ser entendida en el contexto socio-cultural de la época, en el que el marido era considerado la referencia fundamental en el orden familiar. Es claro que, hoy en día, Pablo no habría utilizado este término para hablar de la relación de la esposa con el marido. La afirmación de Pablo no puede servir para fundamentar ningún tipo de discriminación contra las mujeres. Además, Pablo dirá, en otras circunstancias, que “no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre o mujer, porque todos sois uno sólo en Cristo Jesús” (Gal 3,28).

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