25 julio 2018

Nuestro Padre del cielo

“… Uno es vuestro Padre, el que estáen los cielos” (Mt 23, 9).
Señor
Tantas veces nos habías hablado ya del Padre en tu vida.
En tus conversaciones, en tus palabras, con todo el mundo hablabas así del Padre:
—El Padre y yo somos una misma cosa.
—Lo que pidierais al Padre en mi nombre, El os lo concederá.
De mil maneras nos dijiste que el Padre nos quiere.
Señor
Tú nos has hablado mucho de este Padre, del cual venías y al cual volvías.
Posiblemente porque querías que nosotros entendiéramos y viviéramos nuestra religión, fundándola en la teología del Padre celestial, del Padre del cielo, de Dios Padre.
Señor
Tú no te presentaste en el mundo como el gran solitario, como el gran profeta que viene y se va.
Te presentaste a este mundo como el enviado, como el Hijo del Padre, como el enviado del Padre.
Y por esto tu relación con el Padre no es únicamente tuya, sino que quieres que sea también nuestra.
Sin esta relación no se puede entender nuestra religión; sería otra cosa. 

Señor
Lo maravilloso de ti es habernos precisamente enseñado la relación que tú tenías con el Padre, como fundamento de la relación que nosotros hemos de tener con este mismo Padre.
Del Padre viene todo, al Padre hemos de volver todos.
Señor
La teología del Padre es una teología poco conocida entre nosotros y si la conociésemos mejor podría ser el mejor ejemplo de la paternidad sobre la tierra.
Nos enseñaría la función de pastorear, apadrinar y patrocinar, que es propia de todo aquél que tiene a otros a su cargo, o tiene la misión de enseñar a los que son más pequeños, o de ayudar a los que tienen menos que él. 
Señor
Tú nos enseñas que el Padre lo tiene todo y el Padre nos lo da todo.
Porque el Padre quiso que nosotros tuviésemos la compañía de su Hijo y porque el Padre lo quiso, tú cumpliste esta voluntad de vivir entre nosotros. Y por esto te hemos visto, te hemos oído y te hemos tocado mientras estabas en la tierra. 
Señor
Al enseñarnos la teología del Padre, nos has dicho que todos éramos hijos de este mismo Padre, hijos de Dios y, por tanto, hermanos sobre la tierra.
Que tenemos lazos de familia con Dios, lazos de familia con los demás hombres del mundo, aun sin conocerlos.
Somos, con mayor razón, hermanos de las personas más próximas a nosotros, de las personas que vemos por la calle y de las personas que habitamos bajo el mismo techo.
Señor
Tu enseñanza va todavía más lejos.
Tu familia del cielo, nuestra familia, no se acaba con un Padre igual a su Hijo, ni con un Hijo igual a su Padre.
Hay un tercer familiar igualmente importante en la familia de Dios, al que tú llamas “el Espíritu”, el “Espíritu de la verdad”, “el Espíritu Santo”. 
Señor
Efectivamente, antes de marcharte, nos dijiste: —Yo me voy, pero no os dejaré huérfanos; detrás de mí viene otro que será vuestro consolador, vuestro maestro.
Y de El nos dices que tú, el Padre y el Espíritu Santo sois una misma cosa, una misma realidad, la realidad de Dios.
Señor
Al revelarnos y darnos a conocer tu familia trinitaria, querías incorporar a todos los hombres a ella.
Que supiéramos que todos somos descendientes de un Dios en tres personas, de un Dios que es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo. 
Señor
Tú quieres que esta verdad entre también en nuestra vida personal, familiar y profesional. Tú quieres que no estemos solos, que Dios vivo esté con nosotros y esté en medio de nosotros. 
Señor
Tú nos enseñas que Dios no divide a la familia de la tierra en blancos y negros, en pequeños y grandes, en poderosos y en no poderosos.
Si somos diferentes en muchas cosas, sin embargo, somos iguales en lo más importante: tenemos el mismo Dios, el mismo cielo, la misma vida.
Y esto es lo más importante.
Señor
A nosotros sólo nos queda darte las gracias por esta noticia y responder con la misma moneda. Nos toca creer y vivir de nuestra creencia, con el pensamiento y más todavía con el corazón. Para desde aquí comprometernos a obrar en consecuencia.
Porque sólo una vida humana, de compromiso sincero y mutuo en creer, amar y actuar como miembros de la familia de Dios puede ser una respuesta justa que agrade a Dios. 
Señor
Tú nos has revelado la realidad de la vida de Dios en sí misma.
Nos has dicho que el Padre, conociéndose, nos ha dado su palabra, su pensamiento, ese pensamiento que nosotros hemos podido ver en forma humana, en tu persona.
Porque el pensamiento de Dios, la palabra de Dios, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, eres tú, Jesucristo.
Y nos has dicho que el amor del Padre al Hijo es amor total y es amor personal que se hace persona.
Y este amor del Padre y del Hijo es la persona del Espíritu Santo.
Señor
Este es tu gran secreto, tu gran misterio, revelado por tu boca a todo el mundo.
Que Dios, cuando piensa y ama dentro de El, envía, comunica su ser en realidades personales y personificadas.
Que Dios puede ser todo esto, dentro de la más perfecta unidad de naturaleza. 
Señor
Tú nos has revelado cómo eres y cómo es tu vida, para que te imitemos.
Quieres todo esto de nosotros, que nuestra vida sea un ir pensando, conociendo, un ir amando a todos cada vez más personalmente, cada vez más profundamente.
Quieres que tu ejemplo nos ayude a ser más familia, que tu modo de ser sea imitado en toda familia humana.
Quieres que todas las familias de la tierra tengan más unión desde el pensamiento y desde el corazón.
Y quieres que nos unamos la familia de la tierra con la familia del cielo, en una gran y única familia: la familia de Dios.
Miguel Beltrán