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13 mayo 2017

La misa del V Domingo de Pascua

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EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA
DOMINGO V DE PASCUA – A
14 de mayo de 2017
Hebreos 6,1-7; 1 Pedro 2,4-9 y Juan 14,1-12
OBSERVACIONES PREVIAS
  • El que entra por la puerta y los otros: el pastor, frente a los ladrones, aprovechados… Y de todo hay en la vida. Nosotros mismos, a veces entramos por la puerta, pero, en ocasiones, saltamos las paredes o nos colamos por las ventanas…
  • ¡El Buen Pastor!… y nuestros pastores. Hemos tenido una buena oportunidad para dar gracias a Dios por nuestro obispo, por nuestros sacerdotes… y para pedir por ellos para que sean… ¡eso que quisiéramos! Estamos convencidos de que la comunidad hace a sus pastores.
  • “Yo soy la puerta” No se trata de entrar por el aro… sino de pasar con Jesús por la puerta para que hagamos viable su paso por “la historia” que nos abrió una nueva esperanza.
  • Todo esto me ha hecho recordar un dicho de Miguel de Cervantes que no tiene desperdicio: “Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo en que están más secas las esperanzas”.
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PARA REFLEXIONAR
El evangelio de este domingo gira en torno a una promesa, una revelación y una exhortación (Jn 14,1- 12).
La promesa de la última Cena
“Me voy a prepararos sitio”. En el momento de acercarse a su muerte, Jesús no abandona a los que lo han seguido durante su vida. La fe nos lleva a creer que el Señor intercede, constantemente, ante el Padre por nosotros.
“Volveré y os llevaré conmigo”. A lo largo de la vida, los cristianos repetimos con frecuencia el “ven, Señor Jesús” que ha orientado durante siglos el camino de nuestros hermanos. Es reconocer que la fe alimenta nuestra esperanza.
“Para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. Jesús había sido anunciado como el “Emmanuel”, el Dios con nosotros. A la hora de la despedida no olvida esa misión. Estar con él es nuestra meta. La esperanza revela el amor del que nos quiere a su lado.
La revelación del Señor como camino, verdad y vida
El apóstol Tomás confiesa no saber adónde va su Maestro y por tanto ignora el camino. La respuesta de Jesús es bien explícita: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
El 20 de abril del 2008, el papa Benedicto XVI celebraba la eucaristía de este quinto domingo de Pascua en el Yankee Stadium de Nueva York. Al principio de su homilía, se hacía eco de las palabras con las que Jesús responde a Tomás: “Cristo es el camino que conduce al Padre, la verdad que da significado a la existencia humana, y la fuente de esa vida que es alegría para todos los que creen en él”.
Esta revelación positiva de Jesús y de su misión incluye una serie de connotaciones que nos ayudan a vivir atentos en este mundo. Si no lo seguimos, andaremos perdidos, fuera de camino; si no escuchamos su voz, nuestra vida será un engaño; si no lo aceptamos de corazón, nuestra existencia será mortecina.
Una exhortación: llamados a la paz y a la fe
Y el Evangelio insiste: “No perdáis la calma”. Estas palabras eran las más adecuadas en aquel momento en el que Jesús se despedía y necesarias para los creyentes de todos los siglos: Las calumnias y las acusaciones, la persecución y el martirio han acechado siempre a los cristianos. Pero nada podrá apartarnos del amor de Dios.
“Creed en Dios y creed también en mí”: Dios no es enemigo de la causa humana. Creemos en Dios porque sabemos que él cree en nosotros, se fía de nosotros, confía en nosotros, a pesar de nuestra debilidad. Esta es la clave de la vida cristiana. Hay hombres y mujeres que no creen en Dios; nosotros creemos en Jesús, nuestro Maestro y Señor.
PARA COMPROMETERSE
  • Su camino es “nuestro camino”: adonde tú vayas, yo iré. Se trata de hacer de nuestra vida un calco, una fotocopia de la vida de nuestro Señor. Por ello, nos apuntamos a la lucha, al esfuerzo de cada día para alcanzar la resurrección, la vida.
  • Y si él camina con nosotros en el camino de la vida, si su verdad nos hace libres y si su vida es nuestra vida…, “no tengáis miedo, no perdáis la calma”: su paz alimenta nuestra esperanza.
  • Vivir como creyente es hacer realidad la promesa, la revelación y la exhortación que se nos ha comunicado en el evangelio: donde yo estoy, estaréis también vosotros; yo soy el camino, la verdad y la vida; no perdáis la calma: creed en Dios…
PARA REZAR
A punto de comenzar la novena de María Auxiliadora,
dirigimos la oración de este domingo a nuestra Madre, María Auxiliadora.
Han pasado muchos años, María Auxiliadora,
y estamos aquí, ante tu altar, para darte gracias,
como hicieron tantos amigos tuyos:
han cambiado los tiempos, pero no nuestros corazones; se han marchitado nuestras rosas, pero no tus rosales.
Aún seguimos escuchando: “Esta es mi casa, de aquí saldrá mi gloria”. También tú, Madre, has puesto tu casa entre nosotros,
compañera cercana en el camino de la vida,
cántaro rebosante donde apagar nuestra sed,
ángel de cada día que conviertes nuestra soledad en compañía…
Tú sigues aquí, en tu casa,
lugar de encuentro con el Dios de la historia,
recinto sagrado que acoge a tus hijos
y los envía a la comprometedora tarea de ser personas.
Aquí, en tu casa, se han familiarizado tus hijos
con el agua y el pan, con el aceite y el perdón,
con el vino de la alegría y la bendición de la esperanza.
Aquí, en tu casa, Dios se ha hecho, ¡cuántas veces!, sacramento de vida.
Por todo ello, Madre, gracias.
Gracias por estos años de presencia diaria,
por tus puertas abiertas, por tu corazón de Auxiliadora, porque te podemos seguir llamando Madre,
a pesar de tantos días de infidelidades y desencuentros.
Un año más estamos a tus pies, para darte gracias.
Gracias, Madre, por tu presencia amiga
en esta Iglesia de María Auxiliadora:
Han cambiado los tiempos, pero no nuestros corazones;
se han marchitado nuestras rosas, pero no tus rosales.
Madre, tú, hoy y siempre, nos recuerdas a tu Hijo resucitado, que es para nosotros “camino, verdad y vida”,
por los siglos de los siglos.
Isidro Lozano, sdb