25 mayo 2017

La Ascensión: Homilías


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1.- ¡SU SUERTE, LA NUESTRA!

Por Javier Leoz

Cuarenta días atrás celebrábamos aquel día santo en el que –Cristo- saltó de la muerte a la vida y, con El, todos nosotros. Fueron horas de vigor en nuestra fe, de ganas por seguir adelante, de renovación en nuestra existencia bautismal y… de optar por Aquel que, subiendo del sepulcro, nos enviaba a dar razón y testimonio de su presencia.

1.- Hoy, con esta solemnidad de la Ascensión, caemos en la cuenta de que –al fin y al cabo- lo que esperaba a Jesús al final de su paso por la tierra era el abrazo con el Padre. De alguna manera se cierra el contacto visual y físico entre el Señor y los discípulos y comienza la etapa del Espíritu Santo, la llamada a la madurez eclesial y la invitación a no perder la esperanza: el Espíritu marchará junto a nosotros recordándonos lo qué tenemos que hacer, dónde y cómo.


Es duro ver partir a un buen amigo. Y, en la Ascensión del Señor, a buen seguro que los ojos de los apóstoles se humedecieron ante tal prodigio con sabor agridulce: el Señor, nuestro amigo y Señor, se nos va. ¿Qué vamos hacer? ¿Quién nos dará el pan multiplicado? ¿Quién nos saciará en la hora del hambre? ¿Quién calmará nuestras tormentas? ¿Quién pondrá paz cuando, por las ideas, nos distanciemos del evangelio?

Ante estas interpelaciones, aquellos entusiastas del apostolado, se responderían a sí mismos: el Señor se va pero, pronto, marcharemos también con El nosotros. Su suerte, la del cielo, será la nuestra; y por la puerta que El deje abierta, entraremos nosotros.

2.- Los sentidos, de aquellos discípulos, se quedaron contemplando aquel suceso pero, pronto, se dieron cuenta de que los pies los tenían en la tierra. Que estaban obligados a llevar al mundo lo que, Jesús, en tres años escasos les había transmitido: el amor de Dios.

En ese cometido, también nos encontramos nosotros. Con toda la Iglesia seguimos proclamando el Reino de Cristo (el que podemos construir ya en nuestro entorno) pero que culminará y se visualizará en todo su esplendor al final de los tiempos. No podemos detenernos en este empeño. Aunque nos parezca mentira, hay sed de Dios, ganas por conocerlo y amarlo. Mirando al cielo (exclusivamente) no se nos da garantía de seguir anunciando todo el legado que Jesús nos dejó mientras estuvo con nosotros. Fiándonos solamente de nuestras fuerzas, de las seducciones del mundo tampoco es que sea un seguro de vida para conseguir una humanidad sin odio ni rencor, sin injusticias ni maldades. Como siempre, en el término medio, oración/acción, encontraremos la clave para servir a Dios (como el merece) y para no olvidar las contrariedades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo (obligados estamos desde el mandamiento del amor).

3.- Dejemos marchar al Señor al cielo. Crezcamos ahora con aquello que Él nos confió como vitamina eterna (la eucaristía); como presencia y seguridad (su Palabra); como aliento en nuestro caminar (su Espíritu Santo).

Un bebé, cuando ha de caminar por sí mismo, llora, tiene miedo, vértigo…va buscando los brazos de sus padres o los de aquellos que le rodean. Luego, al tiempo, comprende que el mundo es otra cosa cuando lo descubre por propia experiencia. Que también por nuestros propios senderos, podamos avanzar sin olvidar que –Jesús primero- los recorrió antes que nosotros.

¡Vete, Señor, al cielo! ¡Deja huella para que un día tus amigos podamos también encontrarlo!

4.- ¡QUÉ TAREA NOS DEJAS, SEÑOR!

¿Por qué  desapareces tan inesperadamente

sabiendo que  nos dejas huérfanos, Señor?

¿Quién  pronunciará las palabras certeras

cuando, a  nuestro lado, venza la confusión o la mentira?

¿Quién  proporcionará el pan multiplicado

cuando el  hombre, además de tu presencia,

nos exija el  sustento de cada día?

¿Quién  calmará los dolores de los enfermos?

¿Quién  resucitará a los que, de improviso,

han muerto y  estaban llamados a la vida?



¡QUÉ TAREA NOS DEJAS, SEÑOR!

Te vas al  cielo y, mirando a nuestro alrededor,

sentimos que  nos va a faltar tu mano,

que tus  huellas se difuminarán

como el agua  del mar elimina las de la arena



¡QUÉ TAREA NOS DEJAS, SEÑOR!

Proclamar tu  mensaje

cuando , los  oídos de los más cercanos,

están  dispuestos para todo…menos para Ti

Llevar tu  Palabra

cuando, los  que saben leer entre líneas,

prefieren  voces sin compromiso ni verdad

reclaman  señales con sabor a tierra

y no  pregones con promesas de eternidad



¡QUÉ TAREA NOS DEJAS, SEÑOR!

Vivir, según  Tú viviste

Amar, como  Tú amaste

Orar, como  Tú rezaste

Perdonar,  como Tú perdonaste

Sentir a  Dios Padre

como Tú,  Señor, sólo lo hiciste



¡QUÉ TAREA NOS DEJAS, SEÑOR!

Te vas al  cielo, al encuentro con el Padre

sabiendo  que, aún con muchas debilidades,

intentaremos  sostener tu obra aquí iniciada

¡Vete,  Señor! ¡Pero no nos abandones!

Vete, Señor,  y ojala pronto vuelvas

a culminar  Reino que no acaba aquí en esta tierra.

Amén

2.- SER SUS MENSAJEROS DE PAZ

Por Antonio García-Moreno

1.- EVANGELIO DEL ESPÍRITU SANTO.- San Lucas recuerda su primer libro, el evangelio en el que recogió los pasos principales de la vida y obra de Jesucristo. Ahora intenta escribir otro libro que refiera la vida inicial de la Iglesia, continuadora por voluntad divina de la tarea salvífica de Cristo. Con razón se ha llamado a este libro el quinto evangelio. En efecto, en los Hechos de los Apóstoles se vuelve a tratar de la Buena Nueva, a narrar los "magnalia Dei", las grandezas de Dios en favor de los hombres.

También se ha llamado a este libro de san Lucas el evangelio del Espíritu Santo. Con ello se pone de manifiesto la importancia del Paráclito en la obra salvadora, su impulso divino y su presencia misteriosa. Así, con mucha frecuencia, se nos refiere en el libro de los Hechos la presencia operante del Espíritu en la Iglesia. En efecto, ya desde el principio, y por siempre, la acción divina del Consolador vivifica a la Iglesia y la sostiene indefectiblemente.

En los últimos días, antes de su ascensión a los cielos, Jesús adoctrina a sus discípulos, pocos todavía, a causa quizá de la persecución y el rechazo de las autoridades judías. Esas enseñanzas versaban, una vez más, sobre el Reino de los cielos, el gran tema que abarca toda la doctrina de Cristo y sintetiza cuanto el Señor había dicho en orden a la salvación. Por algo llegó a enseñar: Buscad el Reino de los cielos y todo lo demás se os dará por añadidura... Pronto ese Reino, iniciado ya con la llegada de Jesucristo, comenzaría a consolidarse por medio de la Iglesia, siendo ella misma ese Reino en marcha. Se iniciaba así la salvación, que aún hoy sigue su curso.

Los Apóstoles, sin embargo, no habían entendido de qué se trataba realmente. Por eso preguntan por la restauración de Israel, soñando todavía con un triunfo temporal y político. Jesús comprende que no le entiendan y les exhorta a que sepan esperar. Cuando llegue el Espíritu Santo, cuando descienda sobre sus frentes la luz de lo alto, entonces comprenderán que su Reino no es de este mundo, que es algo mucho más grande y trascendente, un Reino de paz y amor, un Reino sin fronteras de espacio ni de tiempo, que al final acabará destruyendo a la misma muerte y alcanzará un triunfo formidable y sin término.

2.- ID POR TODO EL MUNDO.- Monte de Galilea, silencio y majestad de la cumbre, grandeza del cielo y de la tierra, contemplados desde la altura. Allí tuvo lugar el último episodio que Mateo nos refiere en su evangelio, como broche adecuado que cerraba una etapa, la más importante, en la historia de nuestra salvación. En esos momentos algunos se postraron ante Jesús resucitado, otros en cambio todavía dudaban. Es incomprensible, pero así era. Lo mismo que es incomprensible que nosotros dudemos del Señor, cuando tantas pruebas hemos recibido de su poder e inmenso amor.

Los dolores y sufrimientos de la Pasión habían sido superados, los horrores de la cruz estaban ya lejos. Aquellos terribles momentos sólo quedaban como memoria gloriosa de un tremendo combate, en el que Jesús había conseguido la más brillante victoria contra el más terrible enemigo. Todo aquello servía ahora para estímulo y ánimo en los momentos difíciles que también ellos, y los que vendríamos después, tendrían que superar. Por mucho que el enemigo se acercara, aunque pareciese que el triunfo era suyo, no había que tener miedo. La última batalla será ganada, de todas, por Jesucristo, y en él y con él, por todos los que le han seguido.

Pero Jesucristo es comprensivo y se explica que aún no se den cuenta de lo que estaba pasando. Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, les dice. Son palabras que recuerdan los relatos de Daniel sobre el Hijo del Hombre. Jesús es ese misterioso personaje que se acerca al trono del anciano de muchos días, para recibir todo el poder y la gloria. Él tiene, por tanto, toda la autoridad del universo orbe. En virtud de esos poderes, él les envía mediante un imperativo categórico a predicar el evangelio por todo el mundo y bautizar a los hombres que creyeran en su palabra, el mandato de hacerlos discípulos de Cristo e hijos de Dios, el de enseñarles la doctrina que nos da la paz, que nos redime y nos salva.

Ellos debieron sentirse incapaces de tamaña empresa, lo mismo que tantos otros cuando fueran llamados por Dios a una empresa divina. Jesucristo lee sus pensamientos de temor y de reserva, y les anima. Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Y así ha sido, así es y así será. Dios está presente y nos empuja de nuevo para que seamos sus apóstoles, sus mensajeros de paz y alegría en medio de este mundo, siempre metido en guerras y siempre tan triste.

3.- LA PRESENCIA FÍSICA Y LA PRESENCIA ESPIRITUAL DE CRISTO

Por Gabriel González del Estal

1.- Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis, ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para irse al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse. Como sabemos, la Ascensión de Jesús al cielo es el momento último de su estancia en la tierra, de su presencia física entre los hombres. Fue muy importante, importantísima, la estancia de Jesús entre nosotros, la vida de Jesús en la tierra, como Verbo encarnado del Padre. Sin esta estancia física de Jesús en la tierra el cristianismo no hubiera sido posible. Jesús es el camino, la verdad y la vida, para que los hombres sepamos cómo llegar a nuestro Padre Dios, mientras vivimos en este mundo, y esto es posible porque vivió físicamente, en forma plenamente humana, entre nosotros. No tendríamos los Evangelios, ni el Nuevo Testamento, si Dios no se hubiera encarnado en Cristo. La presencia física de Cristo entre nosotros es por eso, como vengo diciendo, esencial en nuestra religión cristiana. Esto es algo que sabemos todos los cristianos y que nadie puede poner en duda. Pero al celebrar esta fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo celebramos también el momento en el que Jesús nos dice que ahora comienza nuestro tiempo de vivir el cristianismo sin la presencia física de Jesús entre nosotros. A partir de ahora ya no podemos caminar religiosamente, plantados en la tierra y mirando al cielo. ¿Es que Jesús nos ha dejado huérfanos? No, a partir de ahora los cristianos tendremos que caminar religiosamente dirigidos por la presencia espiritual de Cristo entre nosotros, dirigidos por el Espíritu de Cristo. No olvidemos que después de la fiesta de la Ascensión viene inmediatamente la fiesta de Pentecostés. La Iglesia cristiana no puede celebrar estas dos fiestas como algo separado; a la presencia física de Cristo en la tierra viene, inmediatamente y sin interrupción alguna de tiempo, la presencia espiritual de Cristo en nosotros y entre nosotros. Celebremos, pues, con gozo y agradecidamente, la fiesta de la Ascensión y comencemos a vivir ya desde ahora mismo, con el mismo gozo y agradecimiento, la fiesta de Pentecostés.

2.- Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo, en todos. Son palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios. Se refieren, por supuesto, a la voluntad del Padre que puso todo a los pies de su Hijo, y, a través del Hijo, lo puso todo a disposición de la Iglesia de Cristo. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y Cristo es la cabeza de este cuerpo místico. Se refiere, evidentemente, a la Iglesia cristiana como comunidad espiritual, como comunidad de fe en Cristo. Es el Espíritu de Cristo el que debe regir la Iglesia de Cristo. No es el Papa, ni lo obispos, ni los sacerdotes, ni los fieles, los que deben regir la Iglesia. El Papa, los obispos, los sacerdotes, los fieles, deben actuar siempre movidos por el Espíritu de Cristo. La Iglesia no es democrática en el sentido político, no es la comunidad cristiana la que elige a su cabeza, a Cristo. Cristo es la única cabeza de la Iglesia; el Papa, los obispos, los sacerdotes, los fieles, son miembros vivos de la única cabeza espiritual de la Iglesia de Cristo. Naturalmente, como institución humana e histórica, la Iglesia de Cristo está dirigida y gobernada por una cabeza visible que es el Papa, en comunión con los obispos, sacerdotes y fieles. Seamos todos y cada uno de nosotros piedras vivas de este edificio, de este templo espiritual que es la Iglesia cristiana, cuya cabeza única es y debe ser siempre el Espíritu de Cristo. Que Dios, nuestro Padre, nos dé a todos “espíritu de sabiduría y revelación para conocer esto”.

3.- Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolos a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Con estas palabras termina el evangelio según san Mateo. Cristo, físicamente ya no está entre nosotros; a partir de ahora debemos ser nosotros, la Iglesia de Cristo, los que debemos anunciar y proclamar el evangelio de Cristo, dirigidos siempre por su Espíritu. La Iglesia de Cristo, nosotros los cristianos, somos la presencia viva de Cristo en el mundo, los encargados de predicar el evangelio de Cristo. Repetimos una vez más: Seamos ahora nosotros, los cristianos, fieles continuadores de Cristo, de la presencia física de Cristo, aquí en la tierra. Tenemos la promesa de Cristo de que él no nos abandonará nunca, mientras nosotros seamos fieles a su Espíritu. Con la Ascensión terminó el tiempo de Cristo, de su presencia física de Cristo entre nosotros. Ahora es el tiempo de la Iglesia de Cristo, somos la presencia física de nuestra cabeza espiritual que es Cristo. El Espíritu de Cristo nos inundará, como veremos el domingo próximo, en la fiesta de Pentecostés.

4.- SOMOS TESTIGOS DE SU PRESENCIA ENTRE NOSOTROS

Por José María Martín OSA

1.- Jesús se despide, pero sigue presenta en medio de la comunidad. No nos deja solos. Promete y hace realidad la llegada del Espíritu Santo a su Iglesia. Ahora nos pasa a nosotros el testigo, como acurre en las carreras de relevos. Pero El sigue presente también a través de su Palabra. Un portavoz de Jesucristo es el evangelista Lucas, que se comunica con su comunidad, representada aquí por Teófilo, a través de todo el relato de Hechos de los Apóstoles. También hoy Lucas se comunica con nosotros a través de este relato. Nosotros somos los Teófilos a los cuales Lucas habla hoy, y través de Lucas, el mismo Espíritu Santo se comunica con nosotros. ¿Somos hoy una Iglesia que realmente escucha el anuncio que Dios nos transmite. ¿Somos como Iglesia ese Teófilo a quien Lucas se dirige? El día de su ascensión Jesús vivió un desencuentro de sus discípulos. A pesar de haber abierto sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, ellos siguen pensando que Jesús va a restaurar ahora el Reino de Israel. ¿Existe también hoy un desencuentro entre Jesús resucitado y su Iglesia? ¿Entiende la Iglesia el proyecto del Reino tal como lo predicó Jesús o sigue soñando en proyectos humanos de poder religioso?

2.- El misterio de nuestra salvación nos desborda. Pablo en la Carta a los Efesios nos dice que necesitamos “espíritu de sabiduría” y la sabiduría del Espíritu, para llegar a comprender “la extraordinaria grandeza” de los dones que Dios nos concede por medio de Jesucristo. Lo que nosotros esperamos, “la riqueza de gloria que nos da en herencia”, podemos imaginarlo viendo el despliegue de poder y gloria realizado en Jesucristo. Veamos cómo Dios, “el Padre de la gloria”, resucitó a su Hijo, lo sentó a su derecha y lo puso por encima de todo. La Iglesia, nosotros, somos su complemento y plenitud.

3.- "Yo estoy con vosotros... hasta el fin del mundo". Todos los años nos sucede lo mismo al celebrar la solemne ascensión de Jesús a los cielos. Inevitablemente nos vienen a la memoria los sentidos versos de Fr. Luis de León: "Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro...". No podemos recordar el acontecimiento de fe sin que nos traicione el corazón con sus sentimientos ante la despedida. Sin embargo, tales sentimientos, por más que naturales, están muy lejos del evangelio, que es la buena noticia de la presencia de Jesús que nos promete seguir con nosotros hasta el fin. Vivir la certeza de que Él "está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo". Que la Encarnación es un gesto de Dios irreversible. Está, pero de otro modo. Y los apóstoles necesitaron semanas para comprender y hacerse a la idea. Es el sentido de lo sorprendente de cada "aparición". Reconocerle en tantas mediaciones: Iglesia, comunidad concreta, sacramentos, Eucaristía, los más abandonados, el perdón, etc. Encontrar al Señor en todo y de tantas maneras……

4.- No debemos quedarnos "ahí plantados mirando al cielo". Necesitamos volver a la ciudad, al trabajo..., pero siendo sus testigos aquí y allá, en medios eclesiales y fuera de ellos. Que "la memoria de Jesús" no sea nostalgia ni simple recuerdo, sentimiento intimista inoperante, intrascendente, sino impulso de seguirle hacia los hombres, hacia el Reino, hacia el Padre. El domingo pasado Jesús nos decía que el que le ama cumple sus mandamientos. Su mandato es sólo uno: "Amaos unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos". Es decir, se nos conocerá por nuestras obras. Si no hacemos las obras que Dios espera de nosotros, entonces es que no le conocemos ni le amamos. San Agustín decía que la necesidad de obrar seguirá en la tierra, pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo: "aquí la esperanza, allí la realidad". Con frecuencia se ha acusado a los cristianos de desentenderse de los asuntos de este mundo, mirando sólo hacia el cielo. No podemos vivir una fe desencarnada de la vida. La Iglesia somos todos los bautizados, luego todos debemos implicarnos en la defensa de cosas tan importantes como la defensa de la vida, de la dignidad del ser humano, de la justicia y de la paz.

5.- UN FINAL Y UN PRINCIPIO

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El VII Domingo de Pascua acoge, desde hace ya mucho tiempo, a la Solemnidad de la Ascensión. Es obvio que en algunos lugares esta gran fiesta litúrgica sigue situada en el jueves de la VI Semana. Pero parece oportuna su posición en la Asamblea Dominical pues, sin duda, engrandece al domingo, pero también el domingo --el día del Señor-- universaliza la celebración.

2.- Contamos en los textos de hoy con un principio y un final. Se leen los primeros versículos del Libro de los Hechos de los Apóstoles y los últimos del Evangelio de Mateo. En los Hechos se va a narrar de manera muy plástica la subida de Jesús a los Cielos y en el texto de Mateo se lee la despedida de Jesús que, sin duda, es impresionante: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Es el mandato de Jesús a sus discípulos y el ofrecimiento de sí mismo, de su cercanía, hasta el final de los tiempos. Interesa ahora referirse, por un momento, a la Segunda Lectura, al texto paulino de la Carta a los Efesios donde se explica la herencia de Cristo recibida por la Iglesia. Dice San Pablo: "Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos". Es, pues, la confirmación del mandato de Jesucristo

3.- En el texto del Libro de los Hechos aparece un detalle de mucho interés que expone cual era la posición de los discípulos el mismo día en el que Jesús se marcha, va a ascender al cielo: esperaban todavía la construcción del reino temporal de Israel. Parecía que la maravilla de la Resurrección, que ni siquiera la cercanía del Cuerpo Glorioso del Señor, les inspiraba para entender la verdadera naturaleza del Reino que Jesús predicaba. Y es que faltaba el Espíritu Santo. Será en Pentecostés --que celebramos el próximo domingo-- cuando la Iglesia inicie su camino activo y coherente con lo que va a ser después. Tras la venida del Espíritu ya no esperan reino alguno porque el Reino de Dios estaba ya en ellos. Y así se lo anuncia también: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo".

4.- Para nosotros, hoy, esa cercanía del Espíritu dos debe servir como colofón de todo el venturoso tiempo de Pascua. La Resurrección nos ha ofrecido el testimonio de la divinidad del Señor Jesús. Pero, al igual que ocurrió con los Apóstoles, nos falta todavía algo para entender mejor al Salvador. Sabemos que ha resucitado y "que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama", como dice San Pablo. Pero este Dios Padre, además, "desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro". Es muy necesario, leer y meditar, todo esto para sentirnos más cerca de Jesús y de su Iglesia.

4.- Las Ascensión no es un puro simbolismo. Se trata del final de una etapa y es la que Jesús quiso pasar en la tierra para construir la Redención y poner en marcha el camino hacia al Reino. Bajó primero y volvió, luego, al Padre. Y de acuerdo con su promesa sigue entre nosotros. Su presencia en el Pan y en Vino, en la Eucaristía, es un acto de amor supremo. Y nadie que reciba con sinceridad el Sacramento del Altar puede dejar de sentir una fuerza especial que ayude a seguir junto a Jesús y a consolidar el perdón de los pecados.

5.- Hoy debemos reflexionar sobre cómo ha sido nuestro camino en la Pascua, de cómo hemos reconocido en el mundo, en la vida, en la naturaleza, el cuerpo de Jesús Resucitado. Y de cómo, asimismo, nosotros hemos subido un peldaño más en la escala de la vida espiritual. Pero, nos faltaran motivos y fuerzas. Y esas nos las va a dar el Espíritu de Dios, pero conviene que analicemos nuestro propio sentir y talante al respecto, para que nos aproveche más y mejor esa llegada del Espíritu. Probablemente, seguimos pensando en el reino temporal, en las preocupaciones de la vida cotidiana: el trabajo, en el dinero, en el éxito, en nuestros rencores y miedos. Pues si es así, no importa porque definiremos la esencia de dicho reino temporal. Una vez conocido, será más fácil de arreglar. Y será el Espíritu quien nos haga ver lo verdaderamente importante. Esperemos, pues. Con alegría y emoción. Solo nos queda una semana de espera.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

APARECER, DESAPARECER, ENCONTRARSE

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Recuerdo habéroslo dicho en otras ocasiones, mis queridos jóvenes lectores: la Ascensión no es más que la última aparición de Nuestro Señor Jesucristo a sus apóstoles. Era preciso que fuera así, para que no se quedaran encantados en Jerusalén, sin hacer nada que fuera consecuente con lo que habían aprendido del Maestro. Era preciso que algo cambiara y, para que así ocurriera, vino el Espíritu Santo. Pero no me voy a detener en este último asunto, que será tema de otro día.

2.- ¿En qué consistió el hecho en sí? es justo que os lo preguntéis y de antemano yo os advierto que seguramente, más que respuestas, os voy a sugerir cuestiones, que yo mismo no llego a entender. Me salgo tal vez del tema, pero no sé otra manera de continuar escribiéndoos. Acudo a lejanos recuerdos. Era muy joven cuando explotó la primera bomba atómica. No guardo constancia de que el común de la gente se preguntara si era lícito el proceder de quien la había fabricado y lanzado sobre Hiroshima y Nagasaki. Los medios añadieron a la noticia las consecuencias que se iban a derivar de los nuevos descubrimientos. Un maestro nos decía: a partir de ahora, se ha acabado la pobreza. Los científicos cogerán plomo, romperán sus átomos y conseguirán así, fácilmente, oro o lo que quieran. Debo advertir que hasta entonces el vulgo tenía presente la definición heredada de la cultura griega, que afirmaba que un átomo era la partícula más pequeña que se podía conseguir de cualquier materia. Átomo, significaba indivisible. Las cosas no eran como imaginaba la cultura clásica. Una nueva visión de la realidad empezaba. Evidentemente que lo que os explico no correspondía al saber de los expertos, que Einstein ya era mayorcito y sus teorías, entre los entendidos, daban mucho que hablar.

3.- Ahora pasa algo semejante. La física cuántica, la relatividad, el estudio del universo mediante radio-telescopios, etc. derriban muchos conocimientos, o más bien convencimientos, que teníamos. ¿Puede un ser, que existe fuera del enrejado espacio-tiempo, aparecerse a una persona, que ella sí que está aprisionada en ello? Evidentemente, no. Es inconcebible e irrealizable. Se cuestionan, pues, en nuestra conciencia religiosa, nuevas dudas.

4.- En los textos sagrados se nos habla de que Jesús se apareció a sus discípulos en diversas ocasiones. De que ya anteriormente, en la Montaña Santa, a Moisés y Elías, Pedro, Santiago y Juan, los vieron conversando con el Señor, la Transfiguración llamamos. Y no dudamos, al menos yo, que sea verdad. Tres vulgares judíos, el Hijo de Dios hecho hombre, y dos individuos famosos que habían fallecido hacía siglos, estaban reunidos dialogando. Algo tan inaceptable como disolver aceite en agua.

5.- Os he advertido, mis queridos jóvenes lectores, que no dudo que el acontecimiento sucedió. Ahora bien, creo que no está expresado correctamente, sino explicado de acuerdo con nociones simples de aquel tiempo y en el lenguaje, que se usaba por aquel entonces. ¿Qué fue, pues, lo que aconteció?. Vuelvo a decir, por si alguno estaba preparando la hoguera para quemarme por hereje, que creo en ello. Ahora bien, sería más correcto decir que hubo encuentros sensibles, reales, no ficticios, pero tampoco físicos. Auténticos, pero no encuadrados de la manera que ocurre nuestro devenir cotidiano Prodigiosos sí, pero no verificables en laboratorio.

6.- ¿Por qué os explico estas divagaciones mías? ¿No sería mejor que os diera una explicación de acuerdo con tantas pinturas que uno recuerda haber visto? Sería para mí también sencillo, acudir a mis muchas fotografías y recordar el lugar que tantas veces he visitado, a unos ¾ de hora de las murallas de Jerusalén y a 8 minutos del núcleo de Beit-Fagé, a menos de media hora de Betania. Explicaros el recinto, muros en perímetro octogonal, carente de techo, de la época de los Cruzados, para recordar que los Apóstoles el día de la Ascensión, se quedaron boquiabiertos mirando al cielo. Sí, podría hacerlo, pero lo que imaginarais, chocaría con lo que la ciencia actual afirma.

7.- Siempre digo que es preciso que un día se encuentren un metafísico científico, un metafísico filósofo y un místico (dejaría entrar por respeto a la historia eclesiástica, con derecho a voz, pero sin voto, a un escolástico). Y dejarlos dialogar libremente, para que, acabada la asamblea, nos hablaran, nos contaran, algo de sus especulaciones y nos adoctrinaran del lenguaje que deberíamos emplear. Que correspondiera a las verdades reveladas, pero que mereciera también el respeto de los ilustrados.

8.- Encuentro sensible, sí. De acuerdo con ello continúo. Si hubieran continuado los encuentros, los creyentes se hubieran apelmazado cuando ocurrieran estos encuentros. Hubieran discutido si estaba o estuvo uno u otro, o si no lo había visto. Discusiones perversas. Se hubieran formado también, grupos de afortunados y organizado viajes al alcance de los ricos. A Nuestro Señor Jesucristo, hubiéramos pretendido empequeñecerlo. Reducirlo a nuestras medidas habituales. Se acabaron, pues, los encuentros sensibles.

9.- Vuelvo al relato evangélico. Bajarían la pendiente hablando, alrededor de la Madre de su Señor, dialogando, pidiéndole consejo, soñando proyectos y, en llegando a la ciudad, continuar encerrados en casa de Juan-Marcos, o en el Cenáculo, como era su costumbre. Así ocurrió. La comunidad estaba viviendo una fase de crisálida. Una encerrona. Viva sí, pero inmóvil. Y Jesús les había dicho que fueran por todo el mundo…

10.- ¡Pobres de nosotros si todo hubiera acabado en el Monte de los Olivos! Sabemos hoy, que el Señor se encuentra con nosotros realmente, sin que lo sea sensiblemente. Y nunca debemos olvidar el último mensaje. Y proponernos ser fieles a él. ¡Pero no seáis nunca, mis queridos jóvenes lectores, crisálidas espirituales! La Ascensión se complementa necesariamente con Pentecostés.