25 mayo 2017

Despedida en el monte


Has salido del Padre y vas al Padre.
¿Por qué decirte adiós?
Tú acabas volviendo siempre.
Te arrebata una nube
y nos mandas recado
de que ya estás a la puerta.
Te perdemos de vista
y no nos quitas los ojos de encima.

– No. Yo no dejo la tierra.
No. Yo no olvido a los hombres.
Aquí yo he dejado la guerra.
Arriba están vuestros nombres.
Y estamos en esta guerra tuya,
reclutados de las cinco partes del mundo
y enviados a las cinco partes del mundo.

Sabíamos que ninguna otra ausencia
iba a dejar un vacío mayor entre no
se atrevería a hacemos un encargo
más utópico que el tuyo.
Y, sin embargo, nadie como tú
nos prohibió tanto las lágrimas,
para que no nos vendiéramos
a las traiciones del corazón.
Desapareciste entre claros imperativos:
id, bautizad, enseñad, haced discípulos a las gentes.
Hasta nos prohibiste seguir mirando al cielo
para que la tierra no se nos fuera de las manos.
«Aquí vino y se fue.
Vino … nos marcó una tarea
y se fue. (. .. )
llenó nuestra caja de caudales
con millones de siglos y de siglos,
nos dejó unas herramientas
y se fue».