30 abril 2017

Hoy, domingo III de Pascua

Resultado de imagen de camino de emaús
Los domingos anteriores hemos reflexionado sobre el hecho de la resurrección de Jesús y sobre algunas de las consecuencias inmediatas deducibles de ella. Según esto hemos visto:
(1).-Una invitación a creer EL HECHO de la Resurrección.
(2).- Una exhortación a que nosotros vivamos como resucitados.
(3).- Una llamada a la prudente pero valiente defensa del cristianismo ante los ataques de los diversos perseguidores.
Esta mañana, el acontecimiento de los discípulos de Emaús nos da pie a ocuparnos del MODO de las apariciones de Jesús.
Resulta sorprendente que María Magdalena, la “incondicional” de Jesús le confundiera con el hortelano. (Jn. 20, 15)

Que en el lago de Tiberíades en el que tantas veces habían estado, pescado y comido con Él, al principio no le reconocieran (Jn. 21, 4)
Que algunos dudaran en el monte sobre Galilea en el que Jesús, tras la resurrección, les había citado (Mt. 28,16)
¿Cómo es que no le reconocen a la primera?
No tiene nada de particular si entendemos que la presencia de Jesús resucitado, no obstante ser el mismo, no lo era de la misma manera.
Se trataba de un cuerpo resucitado y por consiguiente fuera de las leyes normales de la física. Es otro tipo de presencia.
Buena prueba de ello es, por ejemplo, su entrada en el Cenáculo ante los Apóstoles con las puertas cerradas.
Que se trata de una presencia real pero espiritual es evidente por la perplejidad que despierta en todos aquellos a los que se les aparece, como nos señalan los textos.
De la misma manera que confiesan su primer desconcierto no dudan en afirmar, después de algún signo muy concreto, que se han encontrado con el mismo Jesús que ellos habían conocido y con el que habían convivido. Al término del encuentro no les cabe la menor duda. Han estado con Jesús, presencia real, pero en otra onda, presencia espiritual.
Hoy hemos escuchado uno de esos episodios: el de los discípulos que se “tropiezan” con Él, camino de Emaús.
Van caminando con Él toda una jornada sin sospecharlo. Solo cuando al cenar parte el pan caen en la cuenta de que aquel “forastero despistado”que no sabía lo que había pasado en Jerusalén, era el mismo Jesús.
Al igual que en esta ocasión en otras, a partir de ciertos “signos” los apóstoles y las mujeres le reconocen sin ninguna género de dudas.
María Magdalena no duda ni un instante, tras oír pronunciar su nombre por Jesús, de que aquel es SU Jesús. Está absolutamente cierta y por eso corre para decírselo a los demás.
Los apóstoles en el lago terminan “no preguntándole porque todos han caído en la cuenta de que es Jesús”.
Su absoluta convicción de la Resurrección de Jesús solo puede ser debida a que efectivamente tuvieron una fuerte percepción de Él.
Jesús se esforzó en darse a conocer mediante signos que solo él conocía por haberlos protagonizado con ellos. Por ejemplo esto de partir el pan. Ellos recordaron inmediatamente el mismo gesto hecho por Jesús en el Cenáculo aquella trágica noche del primer Jueves Santo. En la aparición a las mujeres les dice que los apóstoles vayan a Galilea. Indudablemente esto significaba mucho para ellos. Allí, en Galilea, era donde había comenzado todo. (Mt. 28,7)
A la Magdalena le llamo de tal manera ¡María! que ella reconoció al instante aquella voz que tantas veces había escuchado con admiración.
A Tomás le da a entender claramente que conoce sus dudas. Le dice que haga exactamente lo que él había puesto como causa de una posible creencia: Mete tus dedos, toca mi costado…Ante tanta contundencia Santo Tomás solo sabe decir: Señor mío y Dios mío. (Jn. 20,28)
Es de notar que en los encuentros con Jesús ya resucitado, es en los que aparecen importantísimos encargos hechos por Jesús a los Apóstoles y que estos toman al pie de la letra y los incorporan a su diario quehacer como Apóstoles.
Les encarga la predicación: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” [San Marcos (16, 15)]
Les confiere el poder de perdonar pecados. “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.” [San Juan (20, 23)]
Le encarga a Pedro que se haga cargo de la Iglesia tras su Ascensión. “Pedro apacienta mis corderos y mis ovejas” [San Juan (21, 15 y ss)]
Les promete su asistencia a través de los tiempos: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” [San Mateo (28, 20)]
Hay otro dato importante en orden a creerles. Ellos son conscientes, y lo manifiestan con toda claridad, que algo “raro” les está ocurriendo tras la muerte de Jesús.
En el sepulcro, dice San Juan (20,9) que “hasta entonces, no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”
San Lucas (24, 45) reconoce que tras la presencia de Jesús en el cenáculo se abrieron sus inteligencias para comprender las Escrituras.
Los discípulos de Emaús confiesan su estado anímico durante el camino “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc, 24,32)
Todos, no obstante su inicial desconfianza por la resurrección, terminan convencidos de que Jesús SÍ ha resucitado y dedican toda su vida, hasta terminar dándola en medio de tremendos tormentos, por afirmarlo y defenderlo.
Dice San Juan que: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. (20, 30- 31)
Recibamos las enseñanzas del Evangelio para que creyendo tengamos vida en su nombre. AMÉN.
Pedro Sáez