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30 abril 2017

Domingo III de Pascua

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1. Situación
La experiencia de la Resurrección no es algo que se impone, sino un proceso, en que lo oculto y oscuro va desvelándose. Cuando Dios no responde a nuestras expectativas, cuando el sufrimiento o el fracaso oscurece el sentido de la vida, nos solemos preguntar: ¿Dónde está Dios?»
 
2. Contemplación
En buena parte, el Nuevo Testamento ha sido escrito como respuesta a esa pregunta. Si Jesús no hubiese resucitado, nada habría sido escrito, pues el Viernes Santo todo se hundió bajo la muerte y el fracaso. Los discípulos, decepcionados, volvieron a Galilea, a sus antiguas tareas. Pero la Resurrección no fue la respuesta automática a todas las cuestiones. Hubo que repensar todo, comenzando por releer la fe de Israel, el Antiguo Testamento.

Evidentemente, el discurso de Pedro, el día de Pentecostés (primera lectura), tal como nos lo cuentan los Hechos, es una elaboración tardía de la comunidad cristiana, que, a la luz de la Resurrección, relee el plan salvador de Dios y los textos proféticos, a la vez que busca en el Antiguo Testamento la iluminación de su relectura.
La aparición del Resucitado camino de Emaús (Evangelio de hoy) sintetiza admirablemente cómo la Iglesia experimenta la presencia de Jesús en su caminar por la historia:
– La torpeza del corazón humano para entender el modo de obrar de Dios.
– El escándalo que supone proclamar al Crucificado como Mesías Libertador.
– Cómo Jesús está presente en la Palabra escuchada en comunidad.
– Cómo actúa por su Espíritu Santo, que nos abre el corazón.
– Especialmente, en la Eucaristía, al renovar su Cena.
– Lo cual es inseparable del gesto del compartir, es decir, de su presencia en el forastero y necesitado.
 
3. Reflexión
Siendo la Eucaristía el signo más claro, para la Iglesia, de la presencia del Resucitado, también ella implica un proceso de fe, en que lo oculto y oscuro va desvelándose. Así son todos los sacramentos.
En el corazón humano hay una tendencia fuerte a objetivar la presencia de Dios y disponer así de su poder. A ello se prestan especialmente los ritos del culto. Por ejemplo, cuando se usa la práctica de los primeros viernes de mes para asegurarse la salvación, o la fe se centra de tal modo en el sagrario de nuestras iglesias y capillas que pierde el sentido de la presencia de Jesús en la comunidad o en las personas necesitadas que pasan a nuestro lado.
Ciertamente, hace falta mucha fe para creer que ese pan y ese vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. La misma fe que hace falta para percibir en la Iglesia la mediación salvadora que Dios ha dejado en la historia, o para percibir en ese vecino borracho o en ese drogadicto que intenta sacarte unas perras la presencia viva de Jesús. Amar a los pobres en general no es lo mismo que amar a ese pobre concreto que molesta.
La fe necesita hacer un camino y madurar. Para ello hay que aprender a conocer el estilo de Dios, cómo ha roto todos nuestros esquemas sobre Su sabiduría y Su poder. A la luz de la Biblia, especialmente de la vida y obras, muerte y resurrección de Jesús, vamos haciéndonos al ser y actuar de Dios. Cuando un día descubramos la sabiduría y el poder de su Amor, entonces aprenderemos a reconocerlo en la Eucaristía, en el forastero, en la Iglesia.
Nos seguirá extrañando que esté presente precisamente ahí; pero nos extrañará infinitamente más su incalculable Amor. Estaremos tan agradecidos, que será la Eucaristía, cabalmente, nuestro consuelo: ¡poder devolverle tanto amor con el amor de Jesús, ya que el nuestro es tan miserable!
 
4. Praxis
Reconocer a Jesús en la Palabra y en la Eucaristía.
Reconocer a Jesús en ese vecino a quien tratamos como extraño.
Compartir más lo que somos y tenemos.
Javier Garrido