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24 febrero 2017

Pongamos el dinero al servicio social y moral de las personas

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1.- Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. En la sociedad capitalista en la que nosotros vivimos, el dinero es realmente un Dios al que las personas, las empresas y los Estados desean conquistar. Política y socialmente, el valor de los proyectos y acciones que se proponen se mide, principalmente, en términos económicos. Los cristianos no podemos caer en esta idolatría del dinero. Para nosotros, porque así lo hizo y lo predicó Jesús, el dinero debe ser siempre un medio al servicio moral y social de las personas, no al revés. Necesitamos el dinero, claro, para poder vivir con dignidad. Lo necesitan los niños y los jóvenes para adquirir un desarrollo personal integral, lo necesitan los padres, para sacar adelante a la familia, y los necesitan los abuelos para poder vivir los años de vejez sin agobios y estrecheces.
Pero el hecho de que necesitemos dinero para vivir, no quiere decir que tengamos que vivir esclavos del dinero. El dinero debe ser siempre sólo un medio para vivir, no un señor al que servir. Los valores humanos y cristianos son siempre lo primero que debemos buscar y valorar los cristianos. Es preferible vivir con estrecheces económicas, que con estrecheces morales. La corrupción, la droga, la excesiva pobreza de muchos y la excesiva riqueza de unos pocos, así como muchos vicios humanos son casi siempre consecuencia de un desmedido amor al dinero. Casi todo, decimos, se puede arreglar con dinero, menos la muerte. Pero la dignidad moral, como el cariño verdadero, no se compra ni se vende con dinero. La pobreza evangélica nos exige a los cristianos vivir con sobriedad y dar con generosidad. Los cristianos tenemos que vivir, también en temas de dinero, preocupándonos de nosotros mismos y también de los demás. Todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos; vivamos como tales. También en temas de dinero.
2.- Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado” – ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Este bello texto del “libro de la consolación”, del profeta Isaías, nos puede servir también a nosotros en los momentos de desánimo. A veces la vida se nos pone tan complicada que puede parecernos que Dios nos ha abandonado. Es precisamente en esos momentos cuando más debemos intensificar nuestra fe en un Dios Padre y Madre que nos quiere y nos acompaña. Dios nos quiere alegres y felices. Nosotros, por nuestra parte, no debemos perder nunca la esperanza y debemos luchar cada día para no caer en la tentación del desánimo y del desaliento. Jesús, en el momento de mayor desánimo, en el Huerto de los Olivos, pidió a su Padre que se hiciera su voluntad y terminó en la cruz perdonando a los que crucificaban. Dios le resucitó y vive junto a su Padre por toda la eternidad. Los discípulos de Jesús debemos imitar a nuestro Maestro. Debemos confiar y descansar en Dios, como nos pide el salmo 61, porque sólo en Dios está nuestra esperanza.
3.- Que la gente vea en vosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios… No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. No sólo los sacerdotes, sino todos los cristianos, debemos considerarnos servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Debemos hacerlo con fidelidad, con humildad y con amor. No debemos rechazar, ni condenar de antemano a nadie, porque Cristo murió por todos; dejemos que sea Dios mismo el que nos juzgue a todos. Repartamos la gracia y el amor de Dios a todas las personas, sin distinción sexo, clase social y etnia a la que pertenecen. Lo nuestro es hacer el bien y repartir la gracia de Dios; el juicio final se lo dejamos a Dios, que nos juzgará a todos en el momento final y lo hará, como nos ha dicho el profeta Isaías, como una madre que no puede olvidarse nunca del hijo de sus entrañas.
Gabriel González del Estal