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05 febrero 2017

La misión en un mundo no creyente

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1. Decía un proverbio romano que «nada hay más útil que la sal y el sol». La sal, que da sabor y ayuda a conservar, es símbolo de alianza, gusto y permanencia. Está en función de los alimentos a los que da sabor o conserva; está al servicio de los otros, de la tierra, del mundo entero. También se usaba la sal en los pactos y alianzas. La luz (el sol), que ilumina y calienta, es símbolo de buenas obras y del esplendor de la gloria de Dios. Está en función de la revelación divina, de la manifestación de un mundo renovado.
2. Según el Vaticano II, «el pueblo mesiánico, aunque no incluya actualmente a todos los hombres y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, un germen segurísimo de unidad, esperanza y salvación para todo el género humano. Cristo, que lo instituyó para que fuera comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra» (LG 9).
 
3. Los cristianos y la Iglesia son la sal y la luz cuando hacen presente en el mundo al Dios del reino y el reino de Dios. Se da un testimonio gustoso (sal) y luminoso (luz) del Señor y de su señorío cuando se practica la justicia, se hace el bien, se ayuda a reconciliar, se erradica el mal y se defiende la dignidad de los pobres y de los pueblos marginados. De este modo se evangeliza, al mismo tiempo que se acrecienta la Iglesia y se acelera la venida del reino.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Somos «sal de la tierra»? 
¿Actuamos como «luz del mundo»?
Casiano Floristán