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05 febrero 2017

Ser para el mundo


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El evangelio de hoy nos hace leer un pasaje que forma parte del bloque de las bienaventuranzas que continúa el tema del comportamiento del discípulo.
 
Que brille tu luz
«Sal de la tierra», «luz del mundo» (5, 13.14): tierra y mundo designan la totalidad de los seres humanos y de la creación. El mensaje del gran sermón iniciado con las bienaventuranzas tiene un alcance universal y cósmico. «Vosotros», los discípulos, estáis convocados para transmitirlo a todos: llamada personal, fuerte y exigente.
La sal es pequeña y modesta, pero eficaz. No sólo da sabor a la comida, sino que en la experiencia de los pescadores la sal es utilizada para conservar fresco el pescado y contribuye a la alimentación de las personas. Al menos si mantiene su esencia, su sabor. A los discípulos en su pequeñez y debilidad, como dice Pablo de él mismo (cf. 1 Cor 2, 3), les toca comunicar algo irreemplazable, el amor del Señor a través de medios pobres y sencillos. Si fallaran en esa misión, perderían su razón de ser.

Jesús es la luz verdadera, luz para los postrados en tinieblas (cf. Mt 4, 16), luz que romperá «como la aurora» (cf. Is 58, 8). Luz porque revela al Señor, en su palabra y en sus gestos.
Los discípulos son testigos de la luz en la medida en que a través de ellos se ve algo de la bondad del Padre revelado en su Hijo. Y, por supuesto, esta luz tiene que ser visible, accesible a todos, no ocultada por velos y temores humanos (cf. Mt 5, 15). La gracia de ser discípulo no es para consumo privado, debe comunicarse. Debe brillar a pesar de la debilidad de sus transmisores. La verdad no debería jamás ser ocultada. Los destinatarios necesitan esa verdad y esa luz, con urgencia y sin limitaciones.
 
No cerrarse a la propia carne
¿Cómo se manifestará la luz? a través de «obras buenas» nos dice Mateo (5, 16). Isaías las describe en términos cercanos a los de Jesús (en Mt 25), en obras precisas hacia prójimos muy concretos: partir el pan, dar techo, vestir al desnudo. Comportándonos así no estaremos, como dice el profeta bellamente, cerrados «a nuestra propia carne» (cf. Is 58, 7). Con ello romperemos la oscuridad y «brillará tu luz en las tinieblas» (Is 58, 10).
Esas obras «buenas» son parte sustancial de la misión: son revelación del mensaje de otro. No remiten a quienes la llevan a cabo como si buscaran algún brillo personal. Remiten al Padre de toda bondad, a él va todo reconocimiento y gloria (Mt 5, 16). La referencia al Padre es constante en el sermón de la montaña: las obras, nuestras obras, hacen vislumbrar algo de su bondad y cariño por la humanidad.
Gustavo Gutiérrez