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11 febrero 2017

“ÉSTE ES MI MANDAMIENTO”


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Los teólogos y moralistas del tiempo de Jesús (sacerdotes y escribas), así como los laicos piadosos (fariseos), habían hecho de la ley un absoluto, un compendio de toda la sabiduría humana y divina, una revelación definitiva de Dios y una guía completa y segura de conducta, dotada de capacidad salvadora para el hombre, aunque sólo se observara de forma mecánica y externa. Frente a ellos, Jesús absolutiza a la persona y relativiza las leyes: “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre” (Mc 2,27). Es evidente que no siempre los cristianos tenemos en cuenta esta consigna y que hemos caído a veces en la absolutización de normas y leyes a expensas del bien de la persona. Ésta es una tentación insidiosa contra la cual hay que estar siempre prevenidos para que las leyes sean caminos de libertad y no camisa de fuerza o propicien comportamientos contra el mismo Evangelio. En este sentido decía Pablo VI: “La Iglesia ha de renunciar a viejas tradiciones para ser fiel a la Tradición”.
Por lo demás, los guías espirituales hacen numerosas trampas contra la Ley. La codifican e introducen preceptos adicionales que van contra la misma Ley de Dios, como en el caso de la ley del corbán: “Decís: si uno declara a su padre y a su madre: ‘Los bienes con que podría ayudarte los ofrezco en donativo al templo’, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, invalidando el mandamiento de Dios con esa tradición que habéis transmitido, y de éstas hacéis muchas” (Mc 7,11-13). También aquí se olvidan de lo que ha de constituir la orientación básica en la vida: el servicio al prójimo. Por eso Jesús simplifica al máximo la ley: “Toda la ley se resume en dos mandamientos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,37-40). Y reclama toda la atención y todo el esfuerzo en un mandamiento esencial: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34).
Frente a una línea del “cumplimiento” legalista de ofrendas y promesas, Jesús rebate y proclama con tono profético: “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5,23-24). La ofrenda más grata al Padre-Madre común es que sus hijos se reconcilien, viene a decir Jesús. Señala que lo trascendental en la leyes es el amor al prójimo, que exige reconciliación y respeto. ¿Es esto lo que hacemos sus discípulos o incurrimos a veces en el mismo culto farisaico? ¿No hay numerosos “cristianos” que en su relación con Dios olvidan que tienen hermanos? Jesús no sólo invita a vivir los valores de la Ley, sino que lleva sus exigencias hasta la plenitud. Las prescripciones morales judías admiten el perdón al ofensor, pero tarifado en su número según el grado de proximidad del que ha ofendido. A esto responde la pregunta de Pedro: “¿Cuántas veces he de perdonar?”. Jesús señala que hay que perdonar al estilo del Padre celestial: siempre. Y de forma semejante se pronuncia frente a las minucias legales de escribas y fariseos que “cuelan un mosquito y se tragan un camello”, “que pagan el diezmo de la hierbabuena, del anís y del comino y descuidan lo más grave de la ley: la honradez, la compasión y la sinceridad” (Mt 23,23-24).