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01 febrero 2017

Domingo 5 febrero: Homilías


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1.- LA VOCACIÓN CRISTIANA NOS EXIGE VIVIR PARA LOS DEMÁS

Por Gabriel González del Estal

1.- Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo. El valor de la sal y de la luz lo medimos siempre por el valor que tienen cuando lo relacionamos con otras cosas. La sal es buena o mala según el bien o el mal que hace a los alimentos; la luz es buena o mala según el bien o el mal que nos proporciona. Sin sal, el alimento está soso, sin sabor; sin luz, la oscuridad nos impide hacer muchas cosas. Si Cristo nos dice que somos sal de la tierra y luz del mundo es porque sabe que, si lo seguimos a él, ayudaremos a las personas a ser más valiosas para ellas mismas y para los demás. Vivir para los demás es ayudar a los demás a pensar mejor, a hablar mejor, a actuar más de acuerdo con la vida de Jesús. No podemos entender nuestra vocación cristiana sólo pensando en nosotros mismos, sin salir de nosotros mismos. El cristiano tiene vocación de comunidad, vocación de fraternidad, vocación de comunión con todas las personas del mundo. Así lo hizo, así vivió Cristo, por los demás y para los demás. Por los demás, por nosotros, dijo lo que dijo e hizo o que hizo.
Fijándose siempre en los miembros más débiles de la comunidad, porque estos son los que más protección y ayuda necesitan. Por defender a los débiles, le criticaron y le hicieron la vida imposible los más fuertes, por defender a los pecadores le criticaron y persiguieron los que se consideraban santos, por defender a los más pobres e impotentes le persiguieron los más ricos y poderosos. También nosotros debemos saber que tendremos que sufrir en este mundo si, imitando a Jesús, defendemos y protegemos a los más débiles y menos poderosos de la sociedad en la que vivimos. Después de todo, eso es lo que nos dicen las Bienaventuranzas, tal como comentamos el domingo pasado. Por otra parte, vivir para los demás no es olvidarse de uno mismo, sino todo lo contrario, enriquecer nuestro yo personal. Tanto más somos, cuanto más nos damos a los demás. Al final de nuestra vida nos juzgarán en el amor.

2.- Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al desnudo, no te cierres a tu propia carne. El profeta Isaías, el “tercer Isaías”, se dirige a un pueblo que acaba de volver del exilio de Babilonia. Había vuelto con muchas heridas psicológicas y sociales y se preguntaba por qué Dios les había tenido tan abandonados. El Señor les responde por boca del profeta: cuando vosotros atendáis a los más pobres y débiles yo estaré en medio de vosotros y seré para vosotros como una luz que os guíe en medio de las tinieblas y la oscuridad. El Señor, nuestro Dios, es un Dios compasivo y misericordioso, y quiere que también nosotros, sus hijos, seamos compasivos y misericordiosos. Tenemos que querer salvarnos como comunidad, no pensando únicamente en nosotros mismos. Nuestra Iglesia es una Iglesia misionera, que debe tener siempre las puertas y los brazos abiertos para acoger a los que no pueden defenderse por sí mismos. Cristo, como hemos dicho, no vivió para sí, sino que pensó, actuó y vivió siempre pensando en acoger y salvar a los más débiles, pecadores y empobrecidos. Uno que se llama cristiano y vive sólo para sí, sin pensar en los demás, no es discípulo de Cristo, no es cristiano. En este bello texto del profetar Isaías esta idea está muy clara.

3.- Me presenté a vosotros débil y temeroso… para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. San Pablo reconocía siempre su debilidad y pensaba que toda su fortaleza estaba en Cristo, en un Cristo humillado, crucificado y resucitado. Cuanto más débil se veía a sí mismo, más se agarraba al Cristo que había triunfado de la muerte. Su fortaleza era la fortaleza de Cristo, porque él ya no vivía para sí mismo, sino que era Cristo quien vivía en él. Su humildad cristiana no era debilidad temerosa, sino confianza atrevida; era débil por sí mismo, pero era fuerte en el Dios que le confortaba. Así quería san Pablo que fueran los cristianos de Corinto: que su fe no se apoyara en el poder y en la sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu, en el poder de Dios. Mirar la vida desde Cristo, implica dar valor a las personas más sufrientes, pobres y marginadas.

2.- EL CRISTIANO ES HIJO DE LA LUZ

Por Antonio García-Moreno

1.- DERECHO DE PROPIEDAD.- Voces del Antiguo Testamento, voces que sonaron hace más de dos mil años, voces que vienen de Dios aunque salgan por boca de hombres, voces que repiten con insistencia y sin cansancio, aunque sea siempre lo mismo: hay que partir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.

Dar y darse. Para eso tenemos todo cuanto de Dios, de una manera o de otra, hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Es cierto que la Ley divina no va contra el derecho de propiedad, pero también es cierto que toda riqueza que se cierra en sí misma no es cristiana. En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer como hermanos a todos los hombres. Ni el Bautismo, ni la Penitencia, ni la misma Eucaristía nos servirán para algo, mientras que no abramos de par en par el corazón a nuestro prójimo. No sólo no nos sirve para nuestro bien, sino que al recibir con malas disposiciones esos sacramentos, nos sirven para nuestro mal. Porque el que come el Cuerpo de Cristo indignamente, se traga su propia condenación.

Y no debemos olvidar que el amar está sobre todo en el dar. Y dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Colocarse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar... Desterrar la maledicencia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo... No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

2.- LUZ DEL MUNDO.- La palabra de Jesús es sencilla. Sus comparaciones brotan de la vida ordinaria, de la vida doméstica podríamos decir. Por otra parte, sus metáforas tienen muchas veces sus raíces en el Antiguo Testamento. Cristo toma en sus manos la antorcha de los viejos profetas y la levanta hasta iluminar a todos los hombres, usa sus palabras recias y vibrantes para renovar e incendiar a la tierra entera. El fuego y la luz constituyen, precisamente, la imagen principal del pasaje evangélico que contemplamos. Vosotros sois la luz del mundo, dice el Maestro a sus discípulos y a la muchedumbre que le rodea, también a nosotros. Una luz encendida que se pone sobre el candelero, una vida cuajada de buenas obras que sea un ejemplo que arrastre y empuje a los hombres hacia el bien, hacia Dios.

Luz de luz, dice san Juan en el prólogo de su evangelio, refiriéndose al Verbo, a la Palabra, al Hijo de Dios. Luz verdadera que ilumina a todo hombre. El mismo Jesús proclamará ante todos los judíos: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, añade, no andará en tinieblas, sino que habrá pasado de la muerte a la vida... Las tinieblas como símbolo de la muerte, la luz como expresión gozosa de la vida. Por eso al Infierno se le llama el abismo de las tinieblas, mientras que el Cielo es la mansión de la luz, la región iluminada no por el sol sino por el mismo Dios, luz esplendente que sólo los bienaventurados pueden llegar a contemplar, extasiados y felices para siempre.

Es una luz que se transmite a cuantos han llegado a la vida eterna y de la que también participan los justos en la tierra, aunque de forma diversa. Así Santa María, la criatura más perfecta que salió de las manos de Dios, es contemplada por el vidente de Patmos, como la mujer revestida con el sol, coronada de estrellas, emergiendo fulgurante en el azul profundo del ancho cielo, con la luna bajo sus pies. Los demás bienaventurados lucirán, dice la Escritura, como antorchas en el cielo... Aquí, en la tierra, esa luz divina irradia también en quienes creen y aman a Cristo. Por eso san Pablo recuerda a los cristianos que son luminarias que lucen en medio de esta oscura tierra. Focos luminosos que iluminan lo bueno de este mundo malo. Desde el Bautismo, cuando se nos entregó un cirio encendido, el cristiano es un hijo de la luz, un hombre iluminado que ha de encender y caldear cuanto le rodea, perpetuando así la presencia del que es Luz de todas las gentes, Jesucristo nuestro Señor.

3.- ILUMINAR AL MUNDO CON NUESTRA VIDA

Por José María Martín OSA

1.- El tercer Isaías se encuentra con varias dificultades grandes a la vuelta del destierro: la crisis de esperanza, el culto de los ídolos, una división exacerbada y el desprecio de los extranjeros establecidos en Israel. Señala que toda reconstrucción debe tener en cuenta la dimensión social: no puede haber fe en el Dios de Israel sin la justicia del país. Principio claro y aplicable a nuestros días…. La promesa de Dios es clara: la verdadera restauración vendrá cuando el creyente colabore en la restauración de su hermano. Es preciso meterse en el corazón del mundo para, por ese camino, encontrar al Señor. Dios desata un nuevo proceso de misericordia. Es posible cumplir la alianza cuando haces que la vida del que vive en tu ciudad pueda ser justa y humana. Es un mensaje para tiempos de fuertes crisis, las de entonces como las de ahora. Pero hay algo importante: la sal sólo sirve si está fuera del salero…. Isaías nos dice cómo debemos salir del "salero". Se habla mucho hoy del silencio y ausencia de Dios, pero el profeta nos indica con claridad dónde se puede detectar la presencia de Dios y escuchar su respuesta. Al abrirse y ayudar al hermano necesitado, al partir el pan con el hambriento se descubre a Dios. También nos señala expresamente los caminos negativos: el cerrarse a la propia carne, toda opresión, el gesto amenazador y la maledicencia. Aquí tenemos contrastados el camino de la luz y el de las tinieblas. Qué es lo que hay que hacer y qué es lo que hay que evitar.

2.- Un testimonio real: Dos Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta entraron en la choza de un anciano que vivía solo. Al limpiar la casita encontraron una lámpara de cobre muy bonita, pero llena de polvo. Cuando la limpiaron pudieron comprobar que era preciosa. Una de las Hermanas preguntó al anciano: "¿Por qué no enciende la lámpara?". "¿Para qué, respondió, si nadie viene a verme?". Las Hermanas se comprometieron a visitarle todas las semanas y siempre se encontraban la lámpara encendida. Un buen día vieron a su llegada que la lámpara estaba apagada. Se lo dijeron y el anciano, feliz y lleno de paz, contestó: "Hermanas, ya no necesito encender más lámparas, porque en mi corazón ustedes han encendido una llama más viva".

3.- ¿Qué hacemos con la luz que el amor de Dios nos regala? Cuando Jesús nos dice en este evangelio que "alumbre así vuestra luz a los hombres" está hablando de la lámpara de nuestro corazón, que se manifiesta en las buenas obras. La luz es para el otro. Con ella se ve, se puede caminar, ocultarla no tiene sentido. ¿Qué hacemos con la luz que el amor de Dios pone en nuestro corazón? Si la guardamos para nosotros termina apagándose, es como meterla debajo de la cama. La historia de arriba puede parecer muy simple, la típica historia con final feliz; sin embargo es real como la vida misma. Cada gesto de amor de una madre, cada detalle que demuestran los voluntarios que se han trasladado al sudeste asiático, cada gesto abnegado de los jóvenes que visitan a los ancianos en las residencias, encienden el corazón de las personas y hacen que ellas sean capaces de encender a los demás. Recuerdo la imagen de Forrest Gump cuando el protagonista de la película se acerca al teniente Dan postrado en su silla de ruedas. En un principio éste le rechaza, pero después el teniente nota que por lo menos hay alguien que se preocupa por él de verdad. Y acaba recobrando la alegría de vivir. Al final de la película aparece con unas piernas ortopédicas que le permiten andar. Se ha convertido en una nueva persona. Forrest ha sido su lámpara.....

4.- “Que vean nuestras buenas obras". La sal sirve para conservar y para dar sabor. Para ello debe dejar el salero y disolverse en los alimentos. Así debe ser el cristiano: conservar la fe que ha recibido para transmitirla a los demás, deshacerse en favor del otro, darse por entero saliendo de sí mismo. Así podrá alegrar y dar sabor a este mundo triste y soso. Debemos preguntarnos si como cristianos transmitimos optimismo y vida o más bien tristeza y malhumor, como si ser seguidor de Cristo estuviera reñido con amor a la vida. Así los que nos contemplen dirán que no merece la pena ser cristiano, sobre todo se observan nuestra forma de celebrar la Eucaristía. ¿Acaso se nota que estamos celebrando una fiesta? También debemos preguntarnos si con nuestra forma de vivir somos transformadores de la sociedad en que vivimos. El principal problema de la humanidad es la pobreza: la miseria material de masas de indigentes y la pobreza espiritual de tantas personas miserables que no saben compartir su riqueza material. Sólo nuestro testimonio será creíble si somos consecuentes en nuestra manera de actuar para que los alejados "vean nuestras buenas obras". ¿Por qué nuestra sociedad valora la labor realizada por Cáritas y, en cambio, es crítica con ciertas formas de presentarse la Iglesia en nuestro mundo? Obremos, dice San Agustín, en su comentario a este evangelio, "de tal manera que busquemos la gloria de Dios en quienes nos vean y nos imiten, y caigamos en la cuenta de que si él no nos hubiera hecho así, nada seríamos". Porque está claro que el mejor testimonio es nuestra propia vida.

4.- ¿CON QUÉ SALAR Y CON QUIÉN ILUMINAR?

Por Javier Leoz

Aquel que a sí mismo se ha definido como “luz de mundo” nos pide en este domingo ser eso: ¡Luz para los demás! ¿Cómo llega la luz hasta nuestra casa? Preguntaba un niño a su padre. Hijo; porque nuestra casa está unida por unos cables a una gran central eléctrica. Sin su fuerza no sería posible la luz en nuestro hogar.

1.- Los cristianos sólo podremos ser luminarias si estamos unidos, con todas las consecuencias, a esa gran fuente de energía espiritual, de gracia y de verdad que es Jesús.

Es inconcebible pensar que una acequia tenga caudal propio si no está adherida a un río, a una presa o a un manantial. Es difícil, muy difícil, llevar adelante nuestra tarea, el deseo de Jesús, de ser luz en medio de la oscuridad o sal en medio de tanta insipidez que abunda en nuestro mundo si no permanecemos en comunión plena con El.

Sólo Cristo es capaz de alumbrar, con luz verdadera, las sombras que se ciernen sobre la humanidad. Sólo Cristo, a través de pequeñas lámparas que son/somos los laicos comprometidos por su reino, es capaz de ofrecer sabor de eternidad y de felicidad a tantos hombres y mujeres que, en el horizonte de sus vidas, no ven sino fracaso, hastío o cansancio. ¿Seremos valientes para abrir el salero de nuestra vida cristiana allá donde se están cocinando los destinos de nuestra sociedad? ¿Por qué –frecuentemente- preferimos pasar desapercibidos sin dar color cristiano a tantas situaciones que reclaman nuestra opinión o presencia activa como seguidores de Cristo?

2.- “Salar e iluminar” son dos responsabilidades de la vida cristiana. Cuando nos desvirtuamos y pierde vitalidad nuestra fe; cuando la escondemos o disimulamos en los sótanos de nuestra vida privada… algo grave está ocurriendo. ¿A quién tenemos que llevar? ¿Con quién tenemos qué iluminar? Ni más ni menos que a Cristo y con Cristo. Ya sabemos que, la acción, no es lo más importante de nuestra condición cristiana pero, también es verdad, que muchas veces por falsos respetos o por excesiva tolerancia… tenemos vergüenza y hasta cierto temor a presentarnos como lo que somos (como católicos) y de ofertar a nuestro mundo, a nuestro pueblo o ciudades un estilo de vida basado en el evangelio de Jesucristo. ¿Por qué? NI más ni menos porque, a veces, resulta más gratificante diluirse en el “todo vale” o adentrarse en los túneles de una vida cómoda y sin más límites que la propia conciencia.

Ser sal y luz, con palabras inspiradas por el Espíritu Santo y con buenas obras como testimonio de nuestra comunión con Cristo ha de ser nuestra apuesta personal y nuestro convencimiento de que, con el Señor, el mundo puede ir mejor….con más sabor y con más luz para el futuro del hombre.

3.- HAZME, SEÑOR, SER SAL Y LUZ

Que, lejos  de falsificar mi vida,

la mantenga  soldada a tu gracia,

alimentada  por tu Palabra

y sostenida  con tu mano salvadora.

Que siendo, Tú,  el salero de mi existencia

cuentes  conmigo, Señor,

para sazonar  oportunamente tantas situaciones

que reclaman  ilusión y fuerza,

alegría y  optimismo, dignidad y verdad,

Que siendo,  Tú, la fuente de la luz

cuentes  conmigo, Señor,

para  alumbrar miserias y soledades,

tristezas y  angustias, aflicciones y pruebas

luchas y tribulaciones

en las que  combaten tantos hombres



HAZME, SEÑOR, SER SAL Y LUZ

Que dé  gusto, no a lo que el mundo quiere,

y sí a una  nueva forma de vivir y de sentir

Que ofrezca,  la luz de tu presencia,

a los que  viven como si no existieras

a los que,  creyendo en Ti,

caminan como  si el Evangelio no conocieran

Que sepa ser  conservante como la sal:

que guarde,  para mí y para los demás,

tu gracia y  poder, mi fe y mi fidelidad

mi oración y  mi confianza en Ti.

5.- EL EFECTO DE LA LUZ

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Las tinieblas debieron asustar mucho a los hombres de la antigüedad. No es difícil pensar que la noche estaba llena de peligros reales e irreales. Con la luz, por el contrario, volvía la paz y era fácil extasiarse ante la contemplación de la naturaleza. La Biblia nos enseña que las apariciones de los ángeles, de los enviados de Dios, estaban rodeadas de una luz muy especial y que sus rostros y vestidos aparecían luminiscentes. La escena de la Transfiguración también nos aporta ese efecto lumínico de indudable importancia. Hay científicos que afirman que la luz será el próximo vehículo de comunicación en el espacio sustituyendo, por un lado, a la transmisión de ondas hertzianas propias de la radiofrecuencia y, por otro, al empuje de los motores de chorro. La luz como vehículo de comunicación y de tracción es algo, intelectualmente muy atractivo, aunque no tenga --por ahora-- confirmación científica.

2.- Nuestro Señor Jesús se ofrece también como luz del mundo y lo es. Tras cerrar los ojos Jesús, allá en el Gólgota, fueron sus seguidores los encargados de hacer de luz y de guía en la tierra. Los discípulos deben ser guía luminosa para el género humano. Es una responsabilidad enorme convertirse en faro y guía de los hermanos. Incluso es un proyecto de tal magnitud que sin la ayuda de Dios será imposible acometer. Y así los elegidos para guiar a los otros serán como los satélites que reflejan la luz de Sol. Y es evidente que una luna llena no tiene comparación con la potencia lumínica del Astro Rey pero su ayuda es muy placentera y su belleza también. Aunque siempre hay que tener en cuenta que la luz no es propia.

3.- "Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo". La luz iluminará nuestras buenas obras y ellas servirán para entender que es Dios quien nos ayuda a acometerlas, hasta el punto que podemos ser, indignamente, reflejo del mismo Dios. El foco divino proyectado hacia nosotros no solo servirá como guía, sino que dará claridad a nuestras mentes, pero, a su vez, mostrará nuestro propio quehacer. Tenemos que acometer obras buenas para que la luz de Dios las ilumine. ¿Podría esa misma luz iluminar nuestras malas obras? La otra comparación habla de ser la sal del mundo.

5.- En la antigüedad la sal era un bien escaso, incluso en zonas y países cercanos al mar. Por tanto, tenía un gran valor. La sal ayuda a condimentar los alimentos, a darles agradable sabor. "Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente". Si la sal pierde su virtud será pisoteada. Es también una llamada de atención a la calidad de nuestras obras. El Señor Jesús no deja sitio a las dudas. Hemos de trabajar mucho para merecer su luz y mostrársela a los hermanos.

6.- La primera lectura pertenece al profeta Isaías y completa perfectamente el mensaje total de las lecturas de este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Hay que dar pan al hambriento para que luz del Señor llegue a nosotros. Nuestras obras van a ser fundamentales para Dios nos otorgue su luz. San Pablo, a su vez, en la Carta a los Corintios, aporta algo que es más fundamental: nuestra capacidad para presentar la predicación de la Palabra de Dios solo es posible con la ayuda del Espíritu. No podemos atribuir a mérito propio los resultados del trabajo en el apostolado. Esa es una excelente receta, pues a alguno le pueden confundir sus "buenas dotes" como lector o predicador, su facilidad de palabra o su erudición bíblica. Lo único importante para ese trabajo con el prójimo es la ayuda del Espíritu Santo.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

SAL Y FAROL

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La verdad de los textos bíblicos, su mensaje de salvación, según el sentir de la Iglesia, no es la transcripción de un dictado literal, a la manera de los papeles de un taquígrafo, es la transcripción de un mensaje de Dios a un autor escogido, que llamamos hagiógrafo. De aquí que cuando en la proclamación de la Palabra en la liturgia, afirmemos al iniciarla: de San Pablo a los corintios, por ejemplo y al acabarla digamos: Palabra de Dios. Las dos afirmaciones son auténticas. Creemos que Dios quiere darnos a conocer una doctrina e, interiormente, mueve el parecer del elegido que dócilmente accede a trasmitírnoslo. Ahora bien, lo hace condicionada por su tiempo, su estilo, el entender de sus primeros receptores, etc. De manera que si uno desea saber lo que Dios nos quiere enseñar, será preciso que estudie el sentido del lenguaje usado y las características de la sociedad que lo recibe.

2.- Lo que he planteado, mis queridos jóvenes lectores, viene a cuento de la primera parte del evangelio de la misa de hoy, es decir, de la referencia que hace Jesús a la sal. Permitidme que divague un poco sobre diversas cuestiones referentes a esta sustancia, que no quiero que creáis que lo hago por pedantería. El Maestro se refiere a la sal. Curiosamente, es la única piedra que existe en la naturaleza, que sea comestible. No lejos de donde vivo, en Cardona, concretamente, hay una montaña de sal. En realidad se compone de tres clases de sal, que cristalizaron ordenadamente, cada una a su manera. La que nos importa hoy es blanca y llamamos sal gema, o cloruro de sodio. (Las otras dos son cloruros de potasio o de magnesio y su coloración es rosada o roja, tirando a marrón. Cada una forma un estrato).

3.- Los mineros las veden separadas, ya que su utilidad es diferente). La sal común es la de consumo humano. Se utiliza para dar buen sabor a los alimentos. Si a ciertos manjares, por exquisitos que nos parezcan, les falta sal, decimos que están sosos, que no apetecen, que los dejamos. Se trata de un aderezo presente en la mayoría de los manjares. Tiene además otra utilidad, es un buen conservante. Todos sabemos que ciertas carnes se envuelven en sal para que se conserve el alimento y no se pudra. Arenques o anchoas, se someten a este procedimiento y se pueden guardar mucho tiempo y trasportarlas lejos.

(Os advierto que no he querido mencionar el jamón o los embutidos porque son productos porcinos que un semita aborrece, y el Maestro lo era. También quiero que recordéis que procedimientos como la conserva enlatada o la liofilización eran técnicas totalmente desconocidas, por poner algún ejemplo).

4.- En tiempos de Jesús, en el Mar Muerto, cristalizaban en sus orillas, o en diminutos embalses, las diferentes sales de sus aguas, ocupando capas separadas, que los expertos sabían diferenciar. Para su transporte, acudían a apelmazar nuestro aderezo, en bloques de arcilla. La sal, muchos de vosotros lo sabréis, es hidrófila, es decir tiende a absorber el agua en la que se disuelve y posteriormente se escurre, manchándolo todo y perdiéndose por el suelo. Pues bien, muy cerca de donde estaba hablando el Maestro, existía Mágdala, una población dedicada a la salación del pescado para su conservación y transporte. Tenía lo que llamaríamos una industria de exportación que se extendía hasta la misma ciudad de Roma, que no es moco de pavo. Allí llegaban los pescados que los marineros del Lago no consumían en casa, los sometían a limpiado y los salazón. Los peces eran de allí mismo, la sal venía de lejos, debía asegurarse su conservación para la economía de la ciudad. Un mal transporte o almacenamiento frustraban el proceso.

5.- Si la sal deja de serlo, ¿cómo salaremos el pescado? Podría haber dicho Jesús, y a María, aquella de entre las mujeres que le acompañaban, natural de la villa, lo entendería mejor que los demás del grupo.

(No es materia del evangelio de hoy, pero quiero advertiros que, si bien lo que os he explicado es verdad, también lo es un aspecto interesante. En algunos lugares como en el que resido, la sal, como ya os he dicho abunda y se llega a echar por la carretera cuando nieva, para que no se hiele y se patine. Los mismos ayuntamientos la proporcionan gratuitamente. Pero en otros lugares, centro de África por ejemplo, resulta difícil y cara su adquisición, ya que ni hay yacimientos, ni mares próximos donde obtenerla)

6.- Abusar de la sal en las comidas perjudica la salud. La sal, en este aspecto, es un vicio de los países ricos. Ahora bien, resulta tan importante e insustituible en algunos casos, que antiguamente, una parte de la paga que recibía un siervo la recibía en sal. De este hecho se deriva la palabra salario. La sal en nuestro idioma puede tener otro sentido, de una chiquilla simpática, se dice también que es una niña salada. ¿De qué le sirve a la chica serlo, si está sola? ¿De qué le sirve, si es holgazana? ¿De qué le sirve, si no sabe hacer nada? Poco a poco la irán abandonando y se quedará sola con su inútil simpatía. Si en un almacén donde guardaban la sal, la humedad ambiente la había arrebatado ¿de qué le servirá al propietario, conservar la briqueta arcillosa apelmazante? Con seguridad lo tiraría.

7.- La segunda parte se refiere a la luz individual, a la luz que desprendía una lámpara de aceite. Candil se llamaba el que ha llegado hasta nosotros y era metálico, lucerna recibe este nombre las de aquel tiempo hechas de cerámica, que cabían en el cuenco de la mano. Al elevarlas, unas y otros, iluminaban en su entorno. ¿de que serviría tener una encendida, si la ocultásemos debajo de la cama? Seguramente el Maestros os diría a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, si os hablara fonéticamente hoy: tenéis una linterna en el bolsillo o un farol de ledes. Si no lo usáis, las pilas o las baterías, se alterarán y cuando queráis encenderla, no podréis conseguirlo porque se habrán sulfatado o agotado.

8.- El texto evangélico de hoy es exigente. No se trata de tener Fe y que nadie lo sepa, que a nadie se la comuniquéis. Si la guardáis en lo más profundo de vuestro espíritu, la olvidaréis, la perderéis. Un terreno que no se cultiva se pierde invadido por las zarzas. El Maestro lo dice claramente al final del texto de hoy: alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el Cielo