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29 enero 2017

Domingo IV de Tiempo Ordinario

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El domingo pasado reflexionábamos sobre la “gran conversión”: aquella que, superada la etapa del pecado, nos transforma de tal modo que nos permite ser testigos de Jesús; hombres nuevos según Cristo, creadores de un mundo nuevo impregnado de Evangelio, oliendo a Evangelio como le gusta decir al Papa Francisco. 
Eso implica sustituir nuestra lógica por la “lógica de Dios”; cambiar nuestros planes por los de Dios; olvidarnos de nuestras estrategias para sustituirlas por las de Dios, tan alejadas de las nuestras de ahora y de siempre, por desgracia. 
Hemos de empezar reconociendo que la “Lógica de Dios” nos resulta desconcertante. 
La aparición y actuación de Jesús en el mundo es de lo más sorprendente. Nace como un Niño indefenso, en una familia sin recursos culturales ni económicos.
Vive sin tener donde reclinar la cabeza, como les dijo a los primeros Apóstoles. Por cierto, gente cuya única habilidad era pescar. 

Modestamente vestido patea toda Palestina sin una buena oficina, ni poderosos medios de comunicación.
Y por si era poco predica un mensaje absolutamente desconocido y contra todos los valores consagrados en el mundo judío y romano-pagano.
Humanamente hablando “el conjunto” es algo totalmente desproporcionado para la intentona de querer revolucionar el mundo. 
El Papa refiriéndose a esto dice: La lógica divina altera los límites de nuestra lógica humana. (Discurso a la Curia 2016)
Jesús en sus enseñanzas y actuaciones sustituye la lógica mundana, la lógica del poder, la lógica del mandar, la lógica farisea y la lógica determinista por la lógica de la sencillez, del servicio, del pensar en los demás. 
La gran propuesta que nos hace Dios por medio de la revelación es que nosotros nos convirtamos a su lógica, -la divina- y actuemos en nuestra vida ordinaria conforme a sus dictados. 
Necesitamos contemplar el mundo y “sus cosas” desde otra perspectiva distinta de la actual. Todos estamos escandalizados de cómo marcha el mundo, pero son pocos los que se deciden a cambiar las cosas; a poner remedio remplazando la mentalidad que el Papa denomino en la E.G (209) “Exitista” y “privatista” por la de la solidaridad entre todos, evitando, como también dice el Papa (l.c. 53) que los excluidos no solo sean explotados sino también “desechos”, sobrantes en la sociedad. Una mentalidad que permita crear un equilibrio y un orden social más humano (l.c.57) Es imprescindible cambiar la lógica utilitarista por la de Dios con su propia valoración de las cosas, las relaciones entre nosotros y con la naturaleza. 
Es preciso de todo punto que cambiemos nuestra mentalidad para poder vivir los auténticos valores que de verdad pueden transformar el mundo en algo completamente diferente. Valores como el poder, el tener, el aparentar, el ansia de dominar, la obsesión de triunfar a cualquier precio, la falta de escrúpulos, la traición, la mentira, etc. etc. no han servido más que para meter a la humanidad en un sendero de destrucción, sufrimiento y muerte. Hoy la civilización occidental parece abocada a una especie de naufragio universal. Hay que funcionar con otros criterios valorativos; con los opuestos si es que de verdad queremos alumbrar un mundo nuevo donde, de verdad, todo sea diferente. 
Jesús nos ofrece esos nuevos valores con los que ir alumbrando ese mundo nuevo. 
El Papa en el sermón de la jornada mundial por la paz nos recuerda que Jesús mismo nos ofrece un «manual» de esta estrategia de construcción de otro mundo, en el así llamado Discurso de la Montaña. Las ocho bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-10) trazan el perfil de la persona que podemos definir bienaventurada, buena y auténtica. 
Bienaventurados los mansos —dice Jesús—, los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los que aman, defienden y luchan por la verdad, los puros de corazón, los que tienen hambre y sed de justicia. Les llama y les tiene por bienaventurados porque viven los grandes valores de y para la humanidad. 
Funcionar con la lógica de las bienaventuranzas es lo que provocará la aparición del “hombre nuevo según Cristo” – en acertada expresión de San Pablo- (Ef. 4, 17-24) capaz de alumbrar un mundo nuevo. 
No pensemos que esa transformación está encomendada o es asunto exclusivo de los líderes políticos y religiosos; de los responsables de las instituciones internacionales, de los dirigentes de las empresas y de los medios de comunicación de todo el mundo. NO. Ellos juegan un papel importante, importantísimo ciertamente, pero somos todos los que nos consideremos hombres y mujeres de buena voluntad, hombres y mujeres comprometidos con Jesús, los que estamos llamados a transformar nuestros pequeños mundos circundantes.
Que sea la gran tarea de los gobernantes no nos dispensa a nosotros de trabajar con ese mismo ahínco en los pequeños círculos de nuestra convivencia diaria. A todos nos convoca el desafío a construir la familia, la comunidad o la empresa de la que seamos responsables, el círculo de amigos, nuestros pequeños mundos, con el estilo de la paz, de la misericordia, de la aceptación del otro en su individualidad, evitando siempre descartar a las personas, dañar el ambiente y querer vencer a cualquier precio; en una palabra: todos estamos convocados por Jesús a vivir nuestro “mundito” con el espíritu de las bienaventuranzas.
Salgámonos de nuestra lógica. Aceptemos la de Dios y estaremos dando los pasos adecuados para alumbrar otro mundo más cristiano y en consecuencia más humano. AMÉN.
Pedro Sáez