29 enero 2017

IV Domingo de Tiempo Ordinario

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1. Situación
Para implicarte en el Reino hacen falta dos cosas:
— Primera: convertirte a la lógica de Dios, a cómo mira El el mundo y a cómo quiere cambiarlo.
— Segundo: vivir un proceso de transformación del corazón, para sentir y obrar al modo de Dios, con su Espíritu.
La celebración de este domingo comienza pidiendo con lucidez y mucha confianza el Espíritu Santo, pues sólo El nos hace vivir el programa-base de Jesús para sus discípulos, para mí: las Bienaventuranzas.
2. Contemplación
Las Bienaventuranzas se han prestado a manipular el Evangelio. Para unos han servido para hacer del Reino el consuelo de una felicidad ultraterrena, olvidando que el Reino comienza ya, aquí y ahora, rompiendo el Sistema que nos hemos montado los hombres para asegurarnos la existencia, sea la riqueza, sea el orden religioso-moral, sea el poder… Para otros han servido para reducirlo a programa político, una especie de manifiesto, para que los oprimidos adquieran lo que se les robó, imponiendo un nuevo sistema, el del proletariado o el de la ideología social del momento.

La mejor manera de entender las Bienaventuranzas es la siguiente: Verlas en su conjunto, para comprender qué tipo de hombre describen y darse cuenta de que describen las actitudes y la acción de Jesús, al Mesías Jesús en persona.
Cómo Jesús fue un pobre en el espíritu (leer Mt 11,25-30), y un sufrido, un no-violento, un hombre de corazón limpio, un perseguido. Pero cómo no fue un pasivo inhibido, ni un beato encerrado en sus prácticas religiosas, ni un cumplidor fiel de normas, ni un asceta de la autoperfección, ni un místico dedicado a su mundo interior. Fue humilde en su corazón y comprometido en la acción; tuvo hambre y sed por realizar el proyecto de Dios en la tierra, pero, por encima de todo, se abandonó confiado en la voluntad de Dios; trabajó por la paz y la solidaridad entre los hombres y tuvo que aprender a dar sentido al fracaso y al odio de sus enemigos…
El profeta Sofonías y el salmo responsorial nos ayudan a personalizar la bienaventuranza primera, la principal, pues las demás dependen de la actitud del corazón.
3. Reflexión
La tentación fácil es escudarse diciendo que las Bienaventuranzas las vivió y sólo las puede vivir Jesús. Como si fuesen un conjunto de virtudes a adquirir, un ideal moral de santidad. Lo cual demuestra lo lejos que estamos del espíritu del Reino.
El Reino lo puede vivir cualquier persona que, como Jesús, deje de apoyarse en sí misma o en lo que tiene y ponga su confianza en Dios-Padre. A eso se refiere cabalmente la primera bienaventuranza: no al desprendimiento interior de las riquezas, sino al tener un corazón de pobre y dejar a Dios que reine en su vida. Evidentemente, ahí va todo: la liberación sicológica de apoyos afectivos, la liberación material de la seguridad económica, la liberación social del prestigio, la liberación moral del alcanzar la autoperfección y también la liberación religiosa del tener que ser aprobado por Dios.
4. Praxis
Comprometerse por el Reino significa, primordialmente, convertirse personalmente al Reino. No se posee el Reino como una ideología o una causa. Uno va entrando en el espíritu del Reino y va cambiando sus actitudes y sus opciones de vida.
a) Personalmente, vigilar el corazón, especialmente la tendencia a ser suficientes, a hacer y deshacer planes sin contar con Dios, a querer superarnos siempre.
Te propongo una tarea: Descubre en tu persona, en tu pasado o en tu presente, aquello que te hace experimentarte como pobre y limitado. Pues bien, da un paso más, y descubre que eso que te empobrece es lo que más te enriquece respecto al Reino.
Pero no confundas esta dinámica con un reforzamiento sicológico de la falta de autoestima; no utilices la fe para no enfrentarte con posibles problemas sicológicos.
b) Socialmente, el mejor camino para entrar en la dinámica de las Bienaventuranzas es la praxis del servicio, es decir, actuar desde abajo:
– No imponer, sino respetar.
– Confiar en el otro y promover sus potencialidades, evitando actitudes paternalistas.
– Preferir trabajar sin protagonismos y, cuando uno ha de ser líder, procurar siempre que los demás crezcan.
– Aprender a perder y a fracasar, como sabiduría esencial de toda verdadera eficacia.
Javier Garrido