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08 diciembre 2016

III Domingo de Adviento: Homilías


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1.- ÉL VIENE A NOSOTROS CADA DÍA

Por José María Martín OSA

1.- Tres profetas. Hacen falta profetas en nuestro mundo, decimos con frecuencia. Hoy nos encontramos con dos, mejor dicho con tres, si incluimos a Pablo de Tarso. Los tres anuncian la salvación, los tres animan a tener esperanza, los tres denuncian la injusticia, los tres son perseguidos por decir la verdad y a los tres les mueve el amor de Dios. Isaías, el primer profeta de hoy, anuncia a los desterrados en Babilonia que llegará un día en que volverán a su tierra y "se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará". Juan el Bautista es el segundo profeta que nos presenta la Palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Manda una embajada para hablar con Jesús y éste le confirma como profeta y más que profeta, el mayor de los nacidos de mujer.

La misión de Juan fue preparar el camino del Señor, ser el precursor del Salvador. Pablo habla de la otra venida del señor al final de los tiempos, la parusía que creía ya cercana. Insta a tener paciencia como el labrador que espera el fruto de su cosecha, o los profetas que soportaron con paciencia todos los sufrimientos. Una lección para nosotros, que tanto nos quejamos por pequeñas cosas, y un motivo de esperanza.


2.- Jesús viene a nosotros cada día. Entre la primera y última venida de Jesucristo hay otra venida que se produce todos los días en nuestra vida. Él está ahí y viene a tu puerta para que le abras. Es como aquel sastre, Juan era su nombre, que pedía a Dios que viniese a visitarlo, hasta que un día Dios le dijo que iría a verle. El buen hombre se levantó muy temprano para recibir la visita del Señor. Durante la mañana sólo se acercó a él un pobre niño hambriento y tiritando de frío, al que nuestro hombre regaló uno de sus mejores trajes y le proporcionó un buen caldo caliente. A mediodía apareció un borracho que no tenía donde caerse y Juan le metió en su casa, le recostó en su cama y le puso una manta encima para que no se congelase. Ya al atardecer vio cómo se pelaban dos mujeres en la calle y él salió de la sastrería y puso paz en medio de ellas. Juan se acostó defraudado, creyendo que Dios no había cumplido su promesa. Cuando ya el sueño le vencía escuchó la voz de Dios y Juan le echó en cara que le hubiera tenido todo el día esperando su venida, pero Dios le respondió que sí había ido a visitarlo, Él estaba en aquél niño muerto de hambre, en el borracho y en los dos mujeres que se peleaban. Juan le había ayudado y por eso estaba orgulloso de Él, pues supo recibirle como debe ser: con amor generoso y gratuito. Jesús viene a nuestra vida cada día. ¿Sabremos descubrirle?

3.- Los discípulos de Juan descubrieron a Jesús por sus obras: "los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio". San Agustín comenta que es como si Jesús dijese "Ya me veis, reconocedme. Ved los hechos, reconoced al hacedor". Jesús es el auténtico profeta esperado desde todos los tiempos. El anuncia un mundo nuevo basado en el amor. Él es quien hace realidad este anuncio aquí y ahora, Él es el que da la vida por nosotros. Todos los que sufren encuentran alivio, consuelo y curación ante la presencia de Jesús. Si te encuentras mal, si tus fuerzas flaquean, si la enfermedad o el cansancio pueden contigo, acude a Él. Sus palabras son sus obras, míralo y tu vida cambiará. Por eso hoy estamos alegres, en este domingo "gaudete", alegre, porque la salvación, el tesoro que todos buscamos ha llegado a nosotros: Jesús de Nazaret.

2.- LAS OBRAS DE CRISTO SON LA MEJOR PRUEBA DE SU MESIANIDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan. No olvidemos que Juan estaba en la cárcel y oía hablar de Jesús en un sentido que a él le podía resultar extraño. ¿Es posible que el Jesús del que ahora oía hablar no fuera el mismo Jesús al que él había anunciado desde el desierto? Los discípulos de Juan también podían tener sus dudas al respecto. Por eso, para salir de dudas, mandó a algunos de sus discípulos que fueran directamente a donde estaba Jesús y le preguntaran claramente: ¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? La respuesta de Jesús es clara y tajante, pero Jesús para demostrar que él es el que tenía que venir y al que Juan había anunciado desde el desierto no usa argumentos teológicos, sino que les dice a los discípulos de Juan que le digan a su maestro, al Precursor, lo que están viendo y oyendo: “los ciegos ven y los inválidos andan”. Juan conocía muy bien las Escrituras y sabía de memoria lo que el profeta Isaías había escrito sobre la llegada del reino de Dios y sobre el poder del Mesías. Efectivamente, las obras de Jesús hablaban claramente y sin lugar a dudas sobre su mesianidad. ¿Qué nos puede decir esto a nosotros, hoy, en este mundo en el que nosotros vivimos? Que son nuestras obras, antes que nuestras palabras, las que tienen que demostrar nuestra condición de cristianos auténticos. El mundo, nuestro mundo, han dicho varios Papas, necesita hoy más de testigos, que de maestros. Santa Teresa de Calcuta demostró su cristianismo, su condición de discípula de Jesús, más con sus obras que con sus palabras. Vivamos nosotros como auténticos cristianos y el mundo, nuestro mundo, creerá en nosotros. Los misioneros hoy día, cuando van a un país pobre y lejano a predicar el evangelio de Jesús, lo primero que hacen es intentar ayudar a las pobres gentes y a los enfermos a salir de su miseria material, cultural y espiritual, a curar sus enfermedades, y a luchar contra la injusticia social en la que viven. Sin renunciar nunca, claro está, a predicar con amor y con pasión el evangelio de Jesús. Así, creo yo, debemos actuar nosotros hoy día en nuestro mundo. Cada uno según sus posibilidades.

2.- ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?... Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. Juan el Bautista, el Precursor, es como el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Vivió según la Ley de Moisés y conoció y anunció a Cristo, pero no fue su discípulo, ni conoció el evangelio de Jesús. De todos modos, es una figura típica del Adviento, porque vino a preparar el camino del Señor y el Adviento es eso: un camino de preparación para nuestra Navidad. Son muchas las virtudes de Juan el Bautista que nosotros podemos admirar y debemos tratar de imitar: su sobriedad en el comer y en el vestir, su valentía y sinceridad para denunciar la injusticia de los poderosos, su conocimiento y fidelidad a la palabra de Dios, su amor a Dios, como primer valor de nuestra vida. Vivamos nosotros estas virtudes de Juan Bautista en nuestro mundo, según el modelo de vida que predicó Jesús en su evangelio. Jesús, como sabemos, inició con su palabra y con su vida el reino de Dios en este mundo. Nosotros debemos comportarnos como discípulos y seguidores de Jesús, tratando de ser continuadores de este reino que Jesús inició aquí en la tierra.

3.- Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. La paciencia ha sido siempre una virtud cristiana en nuestro mundo. Vivimos en un mundo que está a años luz del mundo que Dios quiere y que Jesús inició. No nos desanimemos y trabajemos con esperanza cristiana para que el mundo que Dios quiere y que Jesús predicó pueda ser realidad cuanto antes. Al menos, que por nosotros, los cristianos, los discípulos de Cristo, no quede. Este será siempre un buen propósito para preparar la Navidad.

3.- LA ALEGRÍA DE LOS TIEMPOS MESIÁNICOS

Por Antonio García-Moreno

1.- NUESTRA TIERRA SE ALEGRARÁ. "Exultará el desierto y la tierra árida, se regocijará la estepa como narciso" (Is 35, 5). Canta el profeta Isaías las grandezas de los tiempos mesiánicos. En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven su época, brota su palabra luminosa, llenando los corazones de alegría, disipando miedos y colmando el alma de paz. Aquellos campos áridos, aquellos paisajes desnudos, aquella tierra seca, tierra mostrenca, estéril como la arena. Un día se obrará el prodigio. Florecerá, reverdecerá, dará copiosos frutos, ubérrimos frutos. Será un bosque de cedros altos como los del Líbano, brotarán flores, como en el valle del Sarón, como en el monte Carmelo.

Tierra nuestra, vida nuestra, tan seca a veces, tan estéril, tan árida. Esta sensación de inutilidad, esta impresión de estar sin nada que presentar ante Dios y ante los hombres, este miedo a no haber hecho nada por Él, nada que tenga realmente valor a la hora de la verdad. Tierra nuestra, seca y pobre, un día Dios realizará, también contigo y conmigo, el prodigio de una maravillosa primavera, un florecer prometedor de ricos frutos. Y ya no quedarás baldío, y no sentirás el temor de pasar toda la vida sin pena ni gloria.

"Fortaleced las manos desfallecidas y afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los apocados de corazón: ¡Valor! No temáis, he ahí a nuestro Dios" (Is 35, 3-4) Manos desfallecidas, rodillas vacilantes, corazón apocado. Miedo y timidez, aprietos del alma, angustia del corazón. Sentimientos indefinidos que a veces atenazan el espíritu, que ahogan hasta robar la tranquilidad. Siempre el hombre ha vivido entre peligros y apuros, entre riesgos y pesares, entre prisas e incertidumbres. Sin embargo, es un hecho irrefutable que el ritmo de la vida ha crecido notoriamente, es indudable que el bullicio del vivir, la vorágine de la existencia humana ha aumentado.

Y paralelamente aumentan las neurosis, los infartos de miocardio, los complejos, los miedos, las dudas, esa angustia vital que arrastra mecánicamente a los hombres, siempre con prisas... ¡Valor! No temáis, he ahí a nuestro Dios. Viene la venganza, viene la retribución, viene Dios mismo y nos salvará. No te intranquilices, no te apures, no te angusties. Ten confianza en el amor y en el poder de Dios. Que son tan grandes, tan grandes que se alargan hasta el infinito. Y siempre puedes estar seguro del Señor, sin que nada rompa el equilibrio de tu vida, sin que nada te preocupe seriamente, sin que nada te robe el sueño.

2.- LA VIOLENCIA DE LOS SIGNOS. "Juan que había oído en la cárcel las obras de Cristo..." (Mt 11, 2), Siempre ha sido arriesgado decir la verdad. Por esta razón los profetas solían ser perseguidos y encarcelados, incomprendidos y objeto de burla... La liturgia de Adviento nos vuelve a presentar la figura del Bautista. Hoy lo vemos metido en prisión por mandato del rey Herodes. Su vida disoluta y, sobre todo, sus amoríos con la mujer de su hermano habían provocado la denuncia abierta del Precursor. El rey al parecer le tenía cierto respeto, le escuchaba aunque luego no le hiciera caso alguno. Pero Herodías no podía soportar que aquel hombre, surgido del pueblo, la insultara impunemente. Día llegará en que pueda vengarse y eliminarlo de una vez... Sólo la muerte pudo apagar la voz de Juan que decía la verdad.

Hoy también hay hombres y mujeres que son perseguidos y encarcelados por defender y pregonar la verdad. Hoy también hay sonrisas y palabras de burla ante los voceros de Dios, insultos descarados o encubiertos al paso de un sacerdote, que no tiene reparo en aparecer como lo que es, un signo ostensible, incluso llamativo, que proclama con sólo su presencia un mensaje divino de perdón y de misericordia, que ofrece abiertamente el camino de la salvación eterna. En un mundo paganizado y desacralizado, viene a decir el Papa, es preciso dar relieve a cuanto significa un vestigio de lo sobrenatural.

No podemos avergonzarnos de ser cristianos, no podemos camuflar nuestras ideas, no podemos traicionar nuestra fe, ni nuestra esperanza, ni nuestra caridad. El Evangelio es un mensaje que exige ser proclamado, que no es compatible con el silencio o con una anuencia conformista. Es cierto que no hay que provocar situaciones límites de tensiones inútiles, es verdad que nunca podemos ser cerriles ni fanáticos, pero también lo es que no podemos conformarnos con lo que contradice a nuestro Credo, ni aceptar como bueno o como indiferente lo que desdice de la Ley de Dios. Y hay que obrar así aunque se nos señale con el dedo, aunque vengamos a ser un signo molesto o incluso chirriante que crispa a quienes opinan lo contrario.

Juan fue un testigo fiel, un signo claro de la verdad que proclamaba. Por eso Jesús elogia su fortaleza en el cumplimiento de su misión. Nada pudo doblegarlo, ante nadie se inclinó. Fue recto y consecuente, prefirió la persecución, la cárcel y la muerte, antes de claudicar. El Reino de los cielos, nos dice, sufre violencia y sólo los violentos podrán conseguirlo. A primera vista podría parecer que el Señor justifica y aconseja la violencia como tal. Pero no es ese el sentido de sus palabras. Por el contexto podemos decir que Juan es un ejemplo claro de lo que significan las palabras del Señor. La violencia del Precursor fue la de sus palabras, la que ejerció contra sí con una vida penitente y austera, la violencia de la persuasión y de la inmolación del propio egoísmo, la violencia de los signos que él no ocultaba.

4.- ¡ALEGRÍA, ALEGRÍA!

Por Javier Leoz

1.- “Alegría, alegría, alegría… alegría, alegría, y placer; esta noche nace el Niño en el portal de Belén”. Así comienza un villancico hispano y, en ese tono, estamos celebrando la liturgia de este domingo tercero de adviento. La alegría, porque un Niño nos va a nacer, será nuestro secreto, nuestra sonrisa, nuestra fortaleza en Navidad. Desde ahora, en este domingo, vislumbramos lo que acontece en Navidad. ¡Ojo! Que nadie sustituya ni nos robe la alegría cristiana derivándola hacia un puro sentimentalismo de luces, recuerdos y colores. ¿Ok?

Viene, Dios, a salvarnos. ¿Quién no se alegra cuando, en el incierto o negro horizonte, aparece una voz amiga o un rostro dispuesto a echar una mano?

Viene, Dios, y nuestras tristezas y llantos, tendrán un final. ¿Cómo no vamos alegrarnos cuando, ante nosotros, se levanta todo un muro de incertidumbres, problemas, impaciencia o dificultades?

--Viene el Señor, y como canta un Himno litúrgico “Mas entonces me miras…y se llena de estrellas, Señor, la oscura noche”.

--Domingo del regocijo. En el mundo, desgraciadamente, no abundan las buenas noticias. Para una que viene envuelta en alegría, surgen otras tantas que nos sobresaltan y nos hacen morder el polvo de nuestra realidad: queremos pero no podemos ser totalmente felices. Lo intentamos, pero con todo lo que tenemos ¡y mira que tenemos! nos cuesta labrar y conquistar un campo donde pueda convivir el hombre; vivir el pobre o superarse a mejor el ser humano.

Por ello mismo, la cercanía de Jesús, nos infunde optimismo e ilusión. Todo queda empapado, si no permitimos que otros aspectos se impongan al sentido navideño, por el gusto del aniversario que se avecina: la aparición de Jesús en la tierra.

2. ¿Deseamos de verdad esa visita del Señor? ¿En qué estamos pensando? ¿En quién estamos soñando? Porque, para celebrar con verdad las próximas navidades, hay que tener –no hambre de turrón ni sed de licor- cuanto apetito de Dios. Ganas de que, su llegada, inunde la relación y la reunión de nuestra familia; motive e inspire los villancicos; que, su inmenso amor, mueva espontáneamente y en abundancia nuestra caridad o que, el silencio en el que se acerca hasta nosotros, haga más profunda y sincera nuestra oración.

Este Domingo de la alegría nos hace recuperar el brillo de la fe. Las ganas de tenerle entre nosotros. El deseo de que venga el Señor. La firme convicción de que, Jesús, puede colmar con su nacimiento la felicidad y las aspiraciones de todo hombre.

Amigos: ¡sigamos preparando los caminos al Señor! Y, si podemos, lo hagamos con alegría. Sin desencanto ni desesperación. El Señor, no quiere sonrisas postizas pero tampoco caras largas. El Señor, porque va a nacer, necesita de adoradores con espíritu y joviales. ¿Seremos capaces de ofrecerle a un Dios humillado y humanado, el regalo de nuestra alegría por tenerle entre nosotros? ¿No canta un viejo adagio aquello de “a un amigo agasájale sobre todo con la alegría de tu corazón”? ¿No es Jesús un amigo dispuesto a compartirlo todo con nosotros?

Que nosotros, ya desde ahora, celebremos, gocemos, saboreemos y nos alegremos del gran banquete del amor que, en tosca madera y por el Padre Dios, va a ser servido en un humilde portal.

Desde ahora, amigos, disfrutemos y gocemos con nuestra salvación. Y, como Juan, ojala que a esa gran alegría, por ser los amigos de Jesús, respondamos –más que con palabras- con nuestras obras. Es decir, con nuestra vida.

¡ALEGRÍA! ¡OJO CON LOS “CARAS-VINAGRES” DE LOS CUALES NOS PREVENÍA EL PAPA FRANCISCO!

3.- ¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Decimos que  eres el esperado

pero  ¡esperamos a tantos y tantas cosas!

Decimos que  haces ver a los ciegos,

pero nos  cuesta tanto mirar por tus ojos

Decimos que  haces andar a los paralíticos,

pero se nos  hace tan difícil caminar por tus senderos!

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Vienes a  limpiar nuestras conciencias,

y nos preferimos  caminar en el fango

Sales a  nuestro encuentro para darnos vida,

y abrazamos  las cuerdas que nos llevan a la muerte

Te adelantas  para enseñarnos el camino de la paz,

y somos  pregoneros de malos augurios.

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Porque  tenemos miedo a cansarnos

Porque, a  nuestro paso, sale el desánimo

Porque, en  la soledad, otros dioses vencen y se imponen

Porque, las  falsas promesas, se hacen grandes cuando Tú no estás

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Como Juan,  queremos saberlo, Señor

Como Juan,  quisiéramos preparar tu llegada, Señor

Como Juan,  aún en la cárcel 

en la que a  veces se convierte el mundo

levantamos  nuestra cabeza porque queremos que Tú nos liberes

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Si eres la  alegría, infunde a nuestros corazones júbilo

Si eres  salud, inyéctanos tu fuerza y tu salvación

Si eres fe,  aumenta nuestro deseo de seguirte

Si eres  amor, derrámalo en nuestras manos

para, luego,  poder ofrecerlo a nuestros hermanos.

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Quien quiera  que seas…sólo sé que el mundo te necesita

Que el mundo  requiere de un Niño que le devuelva la alegría

Que la  tierra, con tu Nacimiento, recobrará la paz y la esperanza

Por eso,  Señor, porque sabemos quién eres Tú…

Ven y no  tardes en llegar…Señor¡¡

5.- PREGUNTEMOS A JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El Evangelio de este Tercer Domingo de Adviento plantea uno de los aspectos más difíciles de todo el relato de la Buena Nueva. Juan, el Bautista, hace preguntar a Jesús por la autenticidad de la misión como Mesías. El tema contrasta con las afirmaciones inequívocas que Juan ha hecho del mismo Cristo. El Bautista ya está en prisión y, probablemente, a pesar de su austeridad y de su escasa búsqueda de satisfacciones, siente la incertidumbre ante que no sea ese el camino de ambos: de Jesús y el suyo, el más adecuado. No es difícil imaginar la inquietud que sufre Juan cuando envía a sus discípulos con tal embajada. Quien había anunciado hasta el heroísmo la llegada del Salvador, duda en los últimos momentos. No es raro porque la psicología humana vive y lucha en un mundo de realidades inseguras y de creencias sometidas, siempre, a la duda. Ahí es donde hace falta el apoyo del Señor para no perder el camino.

2.- En la vida de los creyentes existen esos periodos de duda permanente, de vacilación. Parece como si Dios nos hubiese abandonado, aunque también ocurre que nosotros mismos somos capaces de crear unas expectativas que nada tienen que ver con el camino trazado por Dios. Sea como sea, con momentos terribles. Y dicha situación nos sirve para presentar aquí el frecuente camino de discrepancia que parece inundar todo el ambiente cristiano en muchas ocasiones. No es bastante con las separaciones, cismas o lejanías entre los seguidores de Cristo. En el mismo seno de la Iglesia Católica acontecen esas continuas acciones de discrepancia que, en la mayoría de los casos, no sirven para mucho. ¿Podría Dios librarnos de ellas y conseguir que el Espíritu Santo velase, siempre, por nuestra unidad de criterio? ¿Es eso lo deseable? No. Parece que no. En el trasfondo de cada discrepancia aflora la libertad de cada uno para pensar y opinar. Y Dios nos ha creado libres, aunque a veces reneguemos de esa libertad por lo costosa que es para nosotros ante, precisamente, esas posibilidades de cambios.

3.- Y ante la duda, ¿qué hacer? Pues lo mismo que hizo el Bautista: preguntar a Jesús. Y ante eso, sin duda, llegará la respuesta. Hay que aceptar la discrepancia, pero no hay que sacarla del ámbito de nuestra fe, ni tampoco intentar que nuestras posiciones sean las que ganen. Hay una necesidad permanente de conversar con el Señor --eso es la oración-- y ante lo que pedimos siempre nos llegará respuesta. Es necesario tener abiertos los ojos del corazón para recibir y discernir esa respuesta. En cualquiera de los casos, una nueva duda traerá otra petición de conocimiento a Dios y así sucesivamente. No hay más camino que el de la oración como posición final de nuestras dudas. Ciertamente, que será necesario estudiar y documentarse y, por supuesto, meditar en los caminos ya trazados por el Magisterio de la Iglesia.

4.- La experiencia demuestra que las convicciones humanas, sociales, históricas o ambientales influyen a veces más que las estrictamente religiosas. Hay una tendencia muy actual a valorar las posiciones en la Iglesia como progresistas o conservadoras. Y, en realidad, ambas definiciones suelen ser utilizadas como arma arrojadiza. Hay un ejemplo muy extendido en algunos medios de comunicación al referirse al actual Pontífice y tildarle de muy progresista. No es aceptable la idea de que Francisco sea un Papa revolucionario, pues es, a su vez, muy de los tiempos contemporáneos, muy de lo que la gente espera ahora de la Iglesia. Y unos temas pueden ser muy conservadores y otros muy progresistas.

5.- El Evangelio habla de vida, paz, pacíficos, amor a los enemigos, humildad, mansedumbre y todo eso es lo contrario a la justicia inapelable, al castigo ejemplar, a soluciones últimas. Se supone que si nosotros somos buenos, nuestros enemigos serán los malos, los asesinos, los desalmados, los que merecen la pena de muerte. Y si les amamos, tenemos que perdonarles. Además solo Dios es propietario de la vida y eso afecta a todos los casos de destrucción de la misma, no hay diferencias particulares. La guerra --que tampoco es justificable-- solo puede estar permitida por la defensa propia. La pena de muerte planteada en el interior de un conflicto bélico llega –si es correctamente administrada—tras un juicio y es ese un acto de reflexión –en el tiempo y en la valoración del delito—en el que los hombres buscan una decisión justa. La única decisión justa respecto a la destrucción de la vida solo está en las manos de Dios. El seguimiento del Evangelio tiende a producir un posicionamiento de la conciencia que repudia toda violencia, incluso que la pudiera justificarse por hechos lícitos. Y esa paz y mansedumbre ha de marcar también los comportamientos sociales y políticos.

6.- Es sabido que la Iglesia condenó a Galileo por sus teorías ciertas sobre la obvia –hoy-- redondez de la Tierra. Y Santa Teresa dijo que se sentía satisfecha por morir en el seno de la Iglesia. La frase contiene la idea de que, a pesar de su santidad, era fácil que la apartasen de la misma. Pero ahí está el límite. Antes de salir de la Comunión, de la opción a recibir “legalmente” los sacramentos, es mejor callarse. Aplicar un principio de humildad basado en que la verdad prevalecerá finalmente en el seno de la Iglesia por la presencia continuada del Espíritu. La dificultad aparece, no obstante, en la capacidad actual para difundir mensajes en medios masivos --como Internet--, los cuales pueden producir dudas o escandalizar. Eso es muy digno de tenerse en cuenta y, además, obrar en consecuencia.

7.- La Comunión de los Santos, la condición de la Iglesia como cuerpo del que Cristo es la cabeza nos va a ayudar. No estamos solos. Y una misteriosa relación superior entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo nos apoya. En estos tiempos, necesitamos, asimismo, presentar a nuestra Iglesia como un camino actual, fuerte y sincero que pone en lo más alto el amor a Dios sobre todas las cosas y desde ese mismo amor irradia la ternura --en forma de servicio-- dirigida a nuestros hermanos. Sabemos, además, que Jesús quiere que todos los hombres se conviertan, pero para conseguirlo hay que llegar a ellos. Juan, el Bautista, tuvo dudas. Nosotros, hombres de hoy, también. Pero la respuesta de Jesús llegará enseguida. Y, sobre todo, en estos días del Adviento.

8.- Pablo pide paciencia a los creyentes. Es una virtud difícil. El hombre tiene instinto de superviviente y siempre está intentado cambiar, para su provecho, el curso de las cosas. En muchos casos eso será una acción interesante y, en otras, un auténtico suplicio. La serenidad de esperar no parece que sea una virtud muy extendida. Pero, sin embargo, es necesaria. Los momentos de duda e inquietud --los modernos agobios, el estrés, el bombardeo de noticias, etc.-- producen mucha ansiedad. Y la ansiedad es mala consejera. Jesús nos pide serenidad cuando dice "que cada día tiene su afán" e Ignacio de Loyola habla de que "en tiempo de desolación no hacer mudanza. Seria, precisamente, el santo fundador de la Compañía de Jesús, quien mejor iba a definir --en sus "Ejercicios Espirituales"-- esas variaciones internas dentro de la vida espiritual. La "consolación" y la "desolación" definen momentos muy habituales del devenir religioso y condensan tantos cambios internos de carácter que, incluso, producen estupor. Pues, frente a esos cambios, hemos de ejercitar la paciencia, el comportamiento pacifico ante los avatares de la vida.

Qué la oración constante y humilde nos guíe. Ella nos ayudará a entender al camino para no estar diariamente preguntándole a Jesús si Él es el Mesías.

LA HOMILIA MÁS JOVEN

PREGÓN Y TESTIMONIO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El pregonero que elige la liturgia estos días, tanto para la misa, como para la Liturgia de las Horas, es el profeta Isaías, o mejor dicho los textos de Isaías, que no son solo de una persona, pero que todo el conjunto goza de coherencia y unidad y es lenguaje revelado. De paso añadiré que el conjunto profético es el más extenso, de aquí que ocupe siempre en ediciones el primer lugar, que este es el criterio que siguen las ediciones de la Biblia.

2.- Ayer vi que entre las sencillas plantas de narcisos de mi huerto, habían despuntado ya algunos capullos y esperaba deciros que el gozo de mi Adviento, el de mi próxima Navidad, ya se había hecho patente, como en estas flores su encantadora corola y su suave perfume. Pero sinceramente os digo, mis queridos jóvenes lectores que todavía no. que deberé silenciar, que no ocultar la felicidad con que me enriquece Dios.

3.- La imágenes de esta primera lectura pertenecen a una cultura agrícola y a vosotros os toca traducirlas a vuestro lenguaje. Son palabras de anuncio e invitación a esforzarse en la preparación de la fortuna que se nos ofrece con la llegada y aceptación del Señor. Más de una vez, en las oraciones litúrgicas, se le pide a Dios que nuestros pecados no frenen o impidan la llegada de su gran don. Como la mayor parte de los días celebro la misa solo, me permito detenerme, reflexionar sobre mí mismo, arrepentirme, proponer mejorar y continuar de nuevo, que la Eucaristía no puedo celebrarla según mis antojos, por buenos que sean.

4.- Si nuestro mundo no goza de paz suprema, si hay desequilibrios en las posibilidades de alimentación, si todavía hay gente analfabeta, si hay dominio injusto de unos sobre otros, no es por culpa de Dios. Que ya lo proclamaron los ángeles: paz en la tierra a los hombres que Dios ama. Para aquellos que se dejan amar, diría yo, viviendo en consecuencia. Adviento es tiempo de examen.

5.- El texto de Mateo, la tercera lectura de hoy, nos dice que Juan el Bautista estaba prisionero. No nos dice dónde. El historiador Flavio Josefo refiere que estuvo al fin de sus días, encerrado en Maqueronte. Allí fue donde, estúpidamente, por exigencias de la amante del rey Herodes, recibió el martirio. El tal lugar era una gran fortaleza, mitad cuartel militar, mitad palacio, que se encontraba cerca del Mar Muerto, en la actual Jordania. La observamos hoy en ruinas, cuando nos desplazamos por carretera de Amán a Petra.

6.- Estaba el vociferante agitador ya en la prisión. Se puede encerrar a un hombre, pero no se puede acallar su vocación. Era el precursor y todavía podía seguir ejerciendo de ello. El importante no era él. Convenía que disminuyese él, para que el Cristo creciese, había dicho ya (Jn 3,30). Ahora deseaba que los que se sentían suyos reconociesen al que les anunciaba. Y les envía a preguntarle.

7.- Más que palabras importan los hechos, y a eso se refiere el Maestro, a que interpreten lo que ven y lo expliquen a Juan y a los demás y también los cuenten a todos. Y el Señor tampoco quiere ignorarle y del bautizador dice: Juan no es un cualquiera, no es uno de aquellos que siempre está hacia el sol que más calienta. Es un hombre recio, que no se deja manipular, como la caña que permite que el viento la meza en danza improvisada. No mitinea y promete, lo que luego no cumplirá, como tantos otros, hoy en día. No es atractivo y simpático, siempre ofreciendo sonrisas y nunca sacrificios, vistiendo ropa de marca, indiferente al frío que otros puedan sufrir, como hacen muchos. Pero que su grandeza no os apoque. Es grande, pero en el Reino de los Cielos otros pueden serlo. No se trata de estadísticas de santidad, ni de gráficos de grandezas, ni campanas de Gauss de calificación.

8.- La felicidad que a cada uno se le ofrece responde a sus necesidades y capacidades. Es un mensajero, pero vosotros, mis queridos jóvenes lectores también debéis serlo. Que el anuncio no es cosa de clérigos, ya que se ha encomendado a todos los bautizados.