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06 noviembre 2016

Un Dios de vivos, no de muertos

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Los textos de hoy nos hablan del don de la vida, de la vida definitiva que se expresa en nuestra fe en la resurrección.
Un ser para la vida
Por primera vez en el evangelio de Lucas aparecen los saduceos, grupo reclutado entre las clases altas de sacerdotes y laicos. Más importante por su influencia, riqueza y vinculaciones con las autoridades romanas que por su número. Enemigos de los fariseos, terminarán uniéndose a ellos para oponerse a Jesús, cuya predicación del Reino socavaba sus privilegios. Apoyándose en Moisés relatan una historia insidiosa y ridícula para poner en apuros al Señor. «Maestro», le llaman, tal vez sin mucho convencimiento (Lc 20, 27).

Jesús responde, como siempre, en forma desconcertante. Dejando de lado una miope y literal interpretación de la ley, el Señor se refiere a un texto central de la fe judía, más importante ciertamente que aquel al que aluden los saduceos. En efecto, el capítulo tercero del Exodo nos trae la revelación del nombre de Dios, y el nombre, como sabemos, en la mentalidad judía expresa a la persona misma. Se trata del diálogo en el que Dios confiere a Moisés la tarea de liberar a su pueblo. Al hacerlo manifiesta su sensibilidad ante la opresión que sufren los judíos en Egipto; esta actitud está enmarcada por dos afirmaciones: «yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Ex 3, 6, citado en Lucas) y «yo soy el que soy» (Ex 3, 14). Jesús revela el sentido profundo de esta comunicación a Moisés: «No es Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20, 37).
Un Dios que libera
El Dios de los padres del pueblo judío es Yahvé, el Dios de la vida, aquel que es justo con otros. La fe en la resurrección es la fe en un Dios que da, y quiere, la vida para todos «porque para él todos están vivos» (Lc 20, 38). Por eso es un Dios liberador. Pablo habla del Dios «que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza» (2 Tes 2, 16). Consolación es el término que usa el segundo Isaías para hablar de liberación. Don gratuito que nos lleva a la oración y a la solidaridad.
La fe y la esperanza en la resurrección debe traducirse en un compromiso por defender la vida. Sabemos lo que eso implica en el mundo de hoy, en el que las fuerzas de la muerte (las diferentes violencias existentes entre nosotros) parecen atenazar a muchos pueblos, en particular a los más pobres y oprimidos. La fe en la resurrección no nos saca de la historia; por el contrario, hace que nos encarnemos profundamente en ella, llevando la convicción de que su sentido último está en la vida. Esa esperanza dio valor a los hermanos Macabeos para resistir a las amenazas de los poderosos de su tiempo (2 Mac 7). Creer en el Dios de los vivos nos hace rechazar la muerte temprana e injusta infligida a tantos de nuestros contemporáneos.
Gustavo Gutiérrez