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06 noviembre 2016

Domingo 6 de noviembre: Reflexión

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Seguiremos de la mano del Papa reflexionando sobre el amor, con el convencimiento de que el Dios revelado por Jesús es un Dios de vivos, (3ª lect) un Dios que nos impulsa a vivir con toda su riqueza la grandeza del matrimonio y la familia. No nos asusten los esfuerzos para conseguirlo. El convencimiento de San Pablo de que Dios nos da fuerzas (2ª lect) nos anima a ello. 
Con estos buenos augurios continuamos con el análisis que hace el Papa del famoso texto paulino. Dice el Apóstol que el amor es también:
Desprendido. Es decir, no busca su propio interés. Las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas. Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, sin esperar nada a cambio, hasta llegar al amor más grande que es dar la vida por los demás. (nº 101)

El amor no se irrita. No solamente no reacciona violentamente ante las debilidades o errores de los demás – es paciente- sino que evita la reacción interior de indignación provocada por algo externo. Alimentar esa agresividad nos enferma y termina aislándonos. Jesús insistió mucho en que evitáramos dejarnos dominar por la ira hasta invitarnos a que no dejemos que se ponga el sol sobre ellaNunca terminar el día sin hacer las paces en la familia. Un sonrisa, una palmada, un pequeño gesto puede evitar un progresivo envenenamiento de las relaciones familiares. Si hay que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre digamos no a la violencia interior. (nº 103-104)
Perdona. Otro de los ingredientes fundamentales. El perdón se manifiesta como una actitud positiva que, al contrario del rencor, intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona, como Jesús cuando dijo “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Por desgracia la tendencia suele ser la de buscar más y más culpas, imaginar más y más maldad, suponer todo tipo de perversas intenciones, en el otro. Así es como el rencor va creciendo y se arraiga. La justa reivindicación de los propios derechos, se convierte en una persistente y constante sed de venganza más que en una sana defensa de la propia dignidad.
Perdonar no es fácil pero es requisito imprescindible para que la comunión familiar pueda mantenerse en pie. Sin los perdones la vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo. (nº 105-108)
La fuerza para los perdones hemos de sacarla de la experiencia de ser perdonados por Dios. Así como nosotros perdonamos…
Propio del amor es alegrarse con los demás. Para ello es necesario reconocer la dignidad del otro, valorar sus capacidades y sus buenas obras. Esto es imposible para quien necesita estar siempre comparándose o compitiendo, incluso con el propio cónyuge, hasta el punto de alegrarse secretamente por sus fracasos. La familia debe ser siempre el lugar donde alguien que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él. (nº 109-110)
El amor lo disculpa todo. Guarda silencio sobre lo malo que pueda haber en otra persona. La difamación es un gran pecado. Los esposos que se aman hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. No se trata de tonta ingenuidad que no ve los defectos del otro sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto. Recuerda que esos defectos son una parte, no son la totalidad del ser del otro. Esto es fruto del propio convencimiento de que todos somos una compleja combinación de luces y de sombras. (nº 111-113)
El amor todo lo cree. El amor cree en el sentido de que confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Esa libertad permite que la relación se enriquezca y no se convierta en un círculo cerrado sin horizontes. Una familia donde reina una básica y cariñosa confianza, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar de todo, permite que brote la verdadera identidad de sus miembros, y hace que espontáneamente se rechacen el engaño, la falsedad, la mentira. (nº 114-115)
El amor todo lo espera. No desespera de que en el futuro el otro pueda cambiar, que se dé en él una maduración, un sorpresivo brote de belleza, que sus potencialidades más ocultas germinen algún día. Eso nos permite, en medio de las molestias de esta tierra, contemplar a esa persona con una mirada sobrenatural, a la luz de la esperanza. (nº 116-117)
Finalmente dice el Apóstol, el amor todo lo soporta. El amor lleva con espíritu positivo todas las contrariedades. Es mantenerse firme en medio de un ambiente hostil. No consiste solo en tolerar algunas cosas molestas, sino en algo más amplio: una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío. 
Amemos nosotros así y nuestras familias y el pequeño mundo en el que vivimos será otro mundo; otro mundo que al tener más amor será más humano, más feliz. AMÉN.
Pedro Sáez