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20 noviembre 2016

Servir, no dominar

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El tiempo ordinario termina con la fiesta de Jesucristo, rey del universo. Ella nos invita a reflexionar sobre el sentido del Reino.
El Reino del Hijo
Jesús es condenado a muerte por decirse rey. Así lo afirman sus acusadores; y así lo reconoce el propio Jesús ante Pilato, representante del rey (el emperador romano) cuyo ejército ocupaba Palestina y oprimía a sus habitantes (Lc 23, 1-3). Esa condición de rey está en una inscripción colocada en la parte superior de la cruz (Lc 23, 38). Dicha inscripción contrasta con la situación física del hombre clavado en ella: ¿es ése un rey? ¿de qué reino?

El pueblo, que había escuchado su predicación, miraba desconcertado, consternado quizá, al crucificado. Los magistrados (literalmente: los jefes) que habían sido cuestionados por esa misma predicación, se burlaban; disfrutaban su victoria. Aquel que se presentaba como Salvador no es capaz de salvarse él mismo, esto —pensaban— lo desprestigiará ante el pueblo (cf. v. 35-38). Habían entendido mal, una vez más. Pero nosotros corremos también el riesgo de no comprender. Afirmando —por ejemplo— que Jesús reconoce ser rey de un reino puramente espiritual, sin relación con este mundo. El Reino de Dios que proclama el Mesías es una realidad global, nada escapa a ella: «Todo fue creado por él y para él» (Col 1, 15), nos dice el hermoso himno cristológico que nos trae Pablo.
La oposición radical no está aquí entre lo espiritual y lo temporal, lo religioso y lo histórico; sino entre poder de dominación y poder de servicio. Jesús no es un rey como los de este mundo, que dominan y maltratan a quienes tienen bajo ellos; no utiliza su poder en beneficio propio, por eso no se salva a sí mismo. El Señor vino a enseñarnos que todo poder (político, religioso, intelectual) está al servicio de los oprimidos y desvalidos.
El hijo de David
Servir, no dominar; esa es la gran norma del Reino que proclama el Señor. Se le traiciona entonces cuando empleamos el poder recibido —cualquiera que él sea— para imponer nuestras ideas, y mantener privilegios. Cuando, por ejemplo, como personas de Iglesia aprovechamos nuestra situación en la sociedad para hacer oídos sordos a los derechos de aquellos que no participan de nuestra fe. Una actitud de servicio supone sensibilidad para escuchar al otro; sólo ese testimonio podrá abrir corazones y mentes al anuncio del Reino de Cristo. El comportamiento de Jesús, que no utilizó su poder en beneficio propio, quebró la dureza de uno de los malhechores con los que Jesús fue crucificado (Lc 23, 40-41). El testimonio del Señor le hizo entender de qué Reino Jesús era rey. De un Reino que desde hoy, en este mundo y en esta sociedad, debe cambiar nuestra manera de ver las cosas, de relacionarnos con otros; y que debe impulsarnos a encarnar en nuestra historia grandes valores del reinado de Dios.
No debemos olvidar, en efecto, que aquel en quien Dios ha hecho residir «toda la plenitud» (Col 1, 19), es el hijo de David (2 Sam 5, 1-5), un hombre de nuestra historia, un galileo nos recuerda Lucas (23, 6). Miembro, por consiguiente, de un pueblo despreciado; desde esa situación el Señor nos llama a un Reino de solidaridad, nos llama a estar con él (Lc 23, 43).
Gustavo Gutiérrez