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20 noviembre 2016

Domingo de Cristo Rey

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La fiesta que celebramos hoy es la consecuencia lógica de nuestro reconocimiento a la figura y obra de Jesús. La Iglesia, todos los cristianos, queremos proclamar Rey a quien, ofreciéndose como “un buen pastor”, fue capaz de dar la vida por sus ovejas. Su roja sangre derramada por nosotros hemos querido convertirla en manto de púrpura. Él es nuestro Rey.
Un reinado que, por otra parte, lo tiene por derecho propio. San Pablo (2ª lectura) nos recordaba que “hemos sido trasladados al Reino de Jesús”. Es Él quien nos ofrece formar parte de su Reino, del Reino de Dios.

Una idea que bullía en la cabeza de los Apóstoles puesto que San Lucas (3ª lectura) pone en boca del buen ladrón aquellas palabras: “acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. 
Dentro de este contexto, siguiendo el tema de la familia desarrollado por el Papa en su Exhortación “ La Alegría del Amor”, nos entretendremos en el Reinado de Jesús DENTRO DE LA PAREJA dejando para el próximo domingo, (D.M.) la introducción del Reino de Dios en el campo de las relaciones Padres-hijos. 
Un acertado camino para conseguir la presencia del Reino de Dios en la relación esposo-esposa es tener en cuenta las orientaciones que de tipo práctico nos ofrece el Papa en dicha Exhortación. Las orientaciones más espirituales aparecen amplísimamente tratados a lo largo de toda la Exhortación, como hemos visto y continuaremos viendo. 
Insistiendo en las de carácter práctico tenemos, como “consejo general”, el siguiente: “Cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias, y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir perdón, esa familia está dando pasos serios para que reine en ella Dios”.
Siguiendo en esta línea de consejos prácticos, que facilitan la presencia de Dios en el matrimonio, el Papa ofrece los siguientes: 
1.- Dialogar. Es una forma indispensable de vivir, expresar y madurar el amor en la vida matrimonial y familiar. Pero supone un largo y esforzado aprendizaje. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir. 
Muchas veces uno no precisa una solución a sus problemas, sino ser oído, atendido. Necesita sentir que se ha percibido su pena, su desilusión, su miedo, su ira, su esperanza, su sueño. 
Lo que se espera en esas situaciones es recibir gestos de preocupación del otro, demostraciones de afecto, de ser tenido en cuenta en sus preocupaciones. 
2.- Cultivarse intelectualmente. Es difícil dialogar cuando no se tiene nada que decir. Para evitar eso es necesaria la lectura, el trato con otras personas, la reflexión personal, la apertura a la sociedad. No podemos ser chirlas cerradas sobre sí mismas. Es preciso una meditada y madura amplitud mental. No encerrarse obsesivamente en unas pocas ideas sino saberlas compaginar con las del otro en lo que se podía llamar una diversidad reconciliada.
3.- Vivir el amor de una manera apasionada. El Vaticano II dice que el amor conyugal abarca el bien de TODA la persona, y, por tanto, enriquece con una dignidad peculiar las expresiones del cuerpo y del espíritu” Un amor sin placer ni pasión no es suficiente para simbolizar la unión del corazón humano” Deseos, sentimientos, emociones tienen un lugar importante en la vida matrimonial. 
Dios ama el gozo de sus hijos y no desea convertir en amargo lo más hermoso de la vida. El Creador no pone carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por Él, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino. 
San Juan Pablo II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a una negación del valor del sexo humano, o que simplemente lo tolere por la necesidad misma de la procreación. La necesidad sexual de los esposos no es objeto de menosprecio, y no se trata en modo alguno de poner en cuestión esa necesidad. 
Recordemos que un verdadero amor no renuncia a acoger con sincera y feliz gratitud las expresiones corpóreas del amor en la caricia, el abrazo, el beso y la unión sexual. La corporeidad sexuada es no solo fuente de fecundidad y procreación, sino que posee la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que la persona se convierte en don. 
Con el paso del tiempo quizás el cónyuge ya no esté apasionado por un deseo sexual intenso que le mueva hacia la otra persona, pero siente el placer de pertenecerle y que le pertenezca, de saber que no está solo, de tener un cómplice, que conoce todo de su vida y de su historia y que comparte todo. 
No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad. 
El papa, consciente de la grandeza pero también de la fragilidad humana, termina este cuarto capítulo con esta última recomendación ya de tipo espiritual: “Nada de esto es posible si no se invoca al Espíritu Santo, si no se clama cada día pidiendo su gracia, si no se busca su fuerza sobrenatural, si no se le reclama con deseo que derrame su fuego sobre nuestro amor para fortalecerlo, orientarlo y transformarlo en cada nueva situación” 
Tengamos presente estos sabios consejos del buen Papa Francisco. Ellos nos facilitarán los mimbres materiales que permitirán vivir el matrimonio de tal manera que se cumpla la primera lectura: “Dios ungirá nuestro hogar como parte de su Reino” Que así sea.
Pedro Sáez