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16 octubre 2016

Un Dios que escucha

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El evangelista Lucas es quien más insiste en el lugar que ocupa la oración en la práctica de Jesús. Y en la necesidad para los discípulos de orar constantemente (parecida insistencia se encuentra en las cartas de Pablo).
Dios, con mayor razón
La breve parábola de hoy escoge un caso llamativo para mostrar la eficacia de la oración y para explicar «cómo tenían que orar siempre sin desanimarse» (v. 1). No sólo en el tiempo de Jesús ha habido jueces inicuos o viudas que claman por justicia, sin conseguirla. Lo sabemos bien entre nosotros. Pero aquí la viuda logra su objetivo a fuerza de insistencia machacona; de la misma manera que el amigo inoportuno de otra parábola (cf. Lc 11, 5-8), anécdota que le permitía a Jesús afirmar: «Pedid, y se os dará… todo el que pide recibe» (v. 9-10). Afirmación de pura fe, convicción profunda de que alguien escucha y está atento a nuestra necesidad y a nuestro grito. En la primera lectura, Moisés es presentado, en una escena llena de colorido, como un modelo de perseverancia en la oración. Gesto en el que es sostenido por su pueblo (cf. Ex 17, 12).

Pero lo realmente paradójico es la conclusión de nuestra parábola. Del juez inicuo se pasa a Dios, quien con mucha mayor razón escuchará a sus elegidos cuando clamen a él «día y noche» (18, 7), aun cuando a veces parece demorar. Se trata de gritos insistentes, tal vez desesperados, de clamores por la justicia, hacia el Señor bueno y misericordioso como último recurso. Lo mismo sucede con la oración de Moisés: en un riesgo mortal para su pueblo, con los brazos extendidos, pedía a Dios por los suyos (cf. Ex 17, 11-12). Oración que es la de la necesidad extrema, la que viven (y muchas veces con esa fe profunda) tantas personas de nuestro pueblo pobre y maltratado.
¿Habrá fe?
El Dios que hace justicia, la rapidez de su respuesta, la oración sin desanimarse, son rasgos de un ambiente escatológico, tal como lo presenta el texto inmediatamente anterior (cf. 17, 22-37). Y más todavía la interrogante final de nuestro texto, trágica evocación de la venida del Hijo del hombre: «¿Encontrará esta fe en la tierra?» (v. 8). La fe no es automática ni dada para siempre, si no se alimenta; crece, madura, tanto por la oración como por la práctica de la misma justicia que se pide al Señor. La fe es don, pero es también tarea.
La carta a Timoteo nos trae un significativo texto: la Escritura señala el camino de nuestra vida de fe, ella nos educa «en la justicia» (3, 16). Estaremos así preparados para «toda obra buena» (v. 17). Si la fe es una tarea, ésta tiene como una exigencia fundamental proclamar la Palabra «a tiempo y a destiempo» (4, 2), sin temores, convencidos de que ella es capaz de iluminar la vida de toda persona.
Gustavo Gutiérrez