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22 octubre 2016

Domingo XXX de Tiempo Ordinario

Jesús en esta parábola contempla dos formas de actuar, mejor, de instalarse en la vida: la del fariseo, aquel que se tiene por perfecto en todo lo que dice y hace y que desde su perfección desprecia a los demás, y la del publicano, la del hombre o mujer sencillo que consciente de sus límites, de sus imperfecciones, no se atreve a levantar los ojos, es decir, no alardea de nada y menos se arroga el derecho a despreciar a los demás. 
Aunque Jesús en la parábola contempla estas actitudes respecto a las relaciones con Dios, al ser más bien posturas existenciales, formas básicas de enfrentar la vida, son aplicables a todas las manifestaciones del ser humano, y por consiguiente, también a las referidas a la vida en la familia.
Fijándonos en ella, en la familia, y en orden a reflexionar sobre el papel que pueden jugar ambas posturas en el desarrollo de nuestra vida familiar, de la mano de la Exhortación “La Alegría del Amor”vamos a considerar el capítulo III, titulado: “LA MIRADA PUESTA EN JESÚS. VOCACIÓN DE LA FAMILIA” 

El Papa pone como ejemplo de familia la de Nazaret. “La alianza de amor y fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia, ilumina el principio que da forma a cada familia” (nº 66). La familia es una alianza, un compromiso de amor que une a todos sus miembros formando una unidad de intereses, fines y recursos vividos en respeto y ayuda mutua. 
El Concilio Vaticano II, en la constitución “Gaudium et Spes”, definió el matrimonio como “comunidad de vida y de amor, poniendo el amor en el centro de la familia (…) El verdadero amor entre marido y mujer implica la entrega mutua, incluye e integra la dimensión sexual y la afectividad (…) En la Encarnación Jesús asume el amor humano y dona a los esposos, con su Espíritu, la capacidad de vivirlo, impregnando toda su vida de fe, esperanza y caridad. De este modo los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo Místico de Cristo y constituyen una Iglesia doméstica (Lumen Gentium)”
El valor de la unión de los cuerpos está expresado en las palabras del consentimiento, donde se aceptan y entregan el uno al otro para compartir toda la vida. Esas palabras otorgan un significado a la sexualidad y la libera de cualquier ambigüedad”. (nº74)
Ambos cónyuges son igualmente ministros del sacramento en virtud del mismo bautismo recibido al comienzo de su vida cristiana. En el amor mutuo compartido viven de alguna manera el amor que Cristo tiene a su Iglesia. (nº 75)
Insiste el Papa en que los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido humano y cristiano (nº80)
En conformidad con esta visión cristiana del matrimonio y la familia toda actitud que imite o recuerde la del fariseo, que se cree absolutamente perfecto y por encima de los demás, carece en absoluto de la más mínima legitimación humana y merece toda la reprobación de Dios. 
Las últimas palabras del Papa en este punto refuerzan la idea de la igualdad en la pareja: “En su unión de amor los esposos experimentan la belleza de la paternidad y la maternidad; comparten proyectos y fatigas, deseos y aficiones; aprenden a cuidarse el uno al otro y a perdonarse mutuamente” (nº88)
También sobre las relaciones con los hijos tiene una palabra el Papa. (Volveremos, (D.M.) sobre el tema de los hijos al hablar del Cap. VII de este mismo documento)
El domingo día 9 nos recordaba que los hijos no son propiedad de los padres, que ellos tienen vida propia que debe ser respetada en aquellos aspectos o dimensiones en los que ellos buscan su puesto en el mundo.
Será prudente recordar la exhortación paulina que aparece en su carta a los Efesios (6,1-4) y que señala claramente la doctrina evangélica: “Vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino educadlos en la disciplina y en la corrección como quiere el Señor.
En la carta a los colosenses (3, 21) completa esta idea añadiendo: no exasperéis a vuestros hijos para que no se desalienten. 
Las relaciones dentro de la familia deben ser las del mutuo amor entre los esposos, de estos con los hijos y de los hijos con los padres. 
También habla de ello San Pablo en las mismas citas anteriores: “Hijos, obedeced a vuestros padres por amor al Señor, porque esto es de justicia. Honra a tu padre y a tu madre para que seáis felices y tengáis larga vida sobre la tierra” 
El justo deseo de “volar” de los hijos debe ser acompañado siempre con el reconocimiento y respeto que deben a aquellos que no solo les han dado la vida sino que se la han cuidado con esmero y muchos desvelos hasta esa edad y siguen y seguirán haciéndolo durante toda su vida. 
Tomemos en serio estas sabias orientaciones sobre las relaciones de igualdad y amor que el Papa nos ha propuesto para una correcta comprensión de lo que es y debe ser una familia cristiana. Evitemos con todas nuestras fuerzas actitudes como las del publicano que produzcan enfrentamientos y desprecios en el seno de la familia.AMÉN
Pedro Sáez