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22 octubre 2016

Homilía Domingo XXX de Tiempo Ordinario

Palabra
La parábola de los dos hombres, el fariseo y el publicano, que subieron al templo a orar es clásica (Evangelio); pero con frecuencia se pierde su punta de lectura. En efecto, muchos contraponen al fariseo y al publicano contraponiendo el orgullo y la humildad. En cuyo caso, el mensaje de Jesús se centraría en hacer ver la virtud del publicano.
La punta de lectura es otra. Corresponde al mensaje de Jesús sobre la gratuidad misericordiosa de Dios que justifica a los pecadores. No es que el publicano sea humilde, sino que cree en la misericordia de Dios que enaltece a los humillados y se complace en perdonar a los pecadores.
Jesús ha insistido constantemente en la diferencia entre el juicio humano y el juicio de Dios sobre el bien y el mal, sobre nuestros sistemas morales y religiosos.

La primera lectura confirma nuestra punto de lectura, pues revela que Dios no es parcial, que, paradójicamente, es justo porque «escucha la súplica del oprimido». En este caso, el oprimido es el publicano bajo el peso de su culpa y la condena del entorno social y religioso. Y es que la justicia, en la Biblia, significa, en primer lugar, la voluntad salvadora de Dios.
Vida
Cuando vamos a misa o participamos en grupos de compromiso cristiano, ¿no tendemos a vernos por encima de los demás?
Sólo Dios tiene derecho a juzgar la conciencia. ¿Cómo nos atrevemos nosotros?
En sociedades cerradas, marcadas por el puritanismo o el clericalismo, es frecuente caer en la murmuración y la recriminación moral. 
En sociedades abiertas y plurales, la educación enseña la tolerancia. 
Pero se trata de mucho más que de tolerancia. Con frecuencia ésta enmascara la indiferencia respecto al prójimo y la incapacidad de discernimiento moral.
En la vida cristiana, la tolerancia es respeto de amor, conciencia agradecida de que el juicio de Dios es más grande que el nuestro.
Javier Garrido