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21 septiembre 2016

Domingo 25 septiembre: Homilías variadas


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1.- EL PEOR MAL ES LA INDIFERENCIA

Por José María Martín OSA

1.- La práctica de la justicia es lo primero. San Pablo en la Primera Carta a Timoteo anima a la práctica de varias virtudes: la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Es curioso, pero la primera de todas es la justicia. No hay caridad (amor) sin justicia, la piedad desligada de la justicia puede ser falsa, la fe que no se traduce en obras está muerta, la paciencia y la delicadeza no son enemigas de la denuncia y del compromiso solidario con los oprimidos. Hace falta una civilización del amor y de la solidaridad. Hoy a escala mundial hay naciones bien alimentadas y otros muchos pueblos hambrientos. El apego a los bienes de este mundo corrompe el corazón del hombre y destruye toda posibilidad de sentido fraternal. Por eso, no basta redescubrir el valor de la pobreza, sino que es preciso abrirse a la solidaridad con los demás


2.- Los Epulones actuales. La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro no es cosa del pasado, es de lo más actual, sólo que multiplicados los Lázaros por millones y en situación más hiriente y escandalosa. Este amor preferencial... no puede dejar de abarcar las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor, no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecemos al “rico Epulón”, que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta. El nombre Epulón significa "convidado", o "comensal". En latín "épulo" es aquél que da un convite, o también el invitado. En castellano lo asociamos con aquél que come y bebe mucho. Pero en realidad, el rico en la parábola no tiene nombre, el pobre sí: Lázaro. Quizá es una forma de manifestar que el más importante no es siempre el que se piensa, pues Dios hace una opción por aquél que lo está pasando mal. El rico no se daba cuenta del sufrimiento de Lázaro aquí abajo. Sin embargo, lo reconoce en la estancia de los muertos. ¿Es necesario que las cosas vayan mal para que nos demos cuenta de nuestra ceguera con respecto a nuestro prójimo sufriente?

4.- Conmovernos ante la miseria y la injusticia. En el banquete de la creación no se excluye a nadie y se respeta la dignidad de cada ser humano. El grito de los que están fuera apenas se escucha. Los que están fuera gritan cada vez menos, porque no tienen ya fuerzas, y mueren por miles cada día a causa del hambre y la miseria. Tendemos a poner, entre nosotros y los pobres, un doble cristal. El efecto del doble cristal, hoy tan aprovechado, es que impide el paso del frío y del ruido, diluye todo, hace llegar todo amortiguado, atenuado. Y de hecho vemos a los pobres moverse, agitarse, gritar tras la pantalla de la televisión, en las páginas de los periódicos y de las revistas misioneras, pero su grito nos llega como de muy lejos. No llega al corazón, o llega ahí sólo por un momento. Lo primero que hay que hacer, respecto a los pobres, es por lo tanto romper el «doble cristal», superar la indiferencia, la insensibilidad, echar abajo las barreras y dejarse invadir por su grito y auxilio. Los pobres no son un número, tienen nombre y apellido. Decía la santa Madre Teresa de Calcuta que el peor mal de nuestro mundo es la indiferencia. “Con-muévete” ante el sufrimiento de los débiles.

2.- HACIA UNA SOCIEDAD CRISTIANA SIN EPULONES NI LÁZAROS

Por Gabriel González del Estal

1.- Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Es algo comprobado y comprobable que en todas las sociedades que hemos conocido y nosotros conocemos siempre ha habido y hay ricos y pobres. Ricos y pobres en dinero, en poder, en salud y enfermedad, en su situación social y humana en general. Nosotros no decimos que esto, por desgracia, vaya a cambiar de la noche a la mañana. Lo que los discípulos de Jesús decimos es que nosotros debemos hacer lo posible para que esto deje de ser así, o que lo sea cada día un poco menos. Y lo decimos porque esto es lo que Jesús de Nazaret predicó desde el primer momento en que apareció en Galilea predicando el evangelio del reino de Dios. Jesús de Nazaret, al optar por los pobres, pecadores y marginados de la sociedad en la que él vivía, lo que hacía era mostrar el corazón misericordioso de Dios que se alegra más por la recuperación del hijo perdido, que por la bondad legal del hijo que nunca se había ido de la casa paterna. Eso es lo que tenemos que hacer los cristianos: optar por los pobres, para que estos puedan vivir cada día con un poco más de dignidad. Optar los por pobres es optar por una riqueza compartida, por una vida en sobriedad solidaria, por una sociedad en la que la justicia social sea una virtud primera e indiscutible. Que los Epulones vean a los Lázaros de la sociedad en la que viven no sólo para aprovecharse de ellos, cuando los necesitan, sino para ayudarlos cuando los ven necesitados. Parece evidente que muchos ricos se han hecho ricos a costa del esfuerzo, del trabajo y de la explotación de los pobres, lo cual es algo totalmente antievangélico, contrario al comportamiento de Jesús. Los cristianos de hoy debemos ser los primeros en defender una justicia social evangélica, optando por una sociedad cristiana en la que la distancia entre ricos y pobres sea cada día menor y en la que los Epulones y los Lázaros se vean y se ayuden mutuamente, más como hermanos que se necesitan, que como enemigos que se autodestruyen. Esto es, repito, lo que predicó Jesús de Nazaret en una sociedad en la que la desigualdad social entre ricos y pobres era grandísima y escandalosa. Y si esto es lo que hizo Jesús de Nazaret en su vida, esto es, necesariamente, lo que debemos hacer los cristianos de hoy.

2.- ¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria! Una vez más el profeta Amós critica con palabras durísimas la explotación que hacían los ricos y gobernantes de su tiempo con los más pobres e indefensos. Además, les dice ahora, lo hacen valiéndose de la religión establecida por ellos mismos, dando culto a Dios desde Sión, en Jerusalén, o en Samaría. Es evidente que la Iglesia de Jesús no puede actuar de esta manera, aunque más de una vez lo haya hecho. Porque una Iglesia que se alíe con el poder y explote a los pobres no podrá ser nunca auténtica Iglesia de Jesús. Debemos examinar también hoy cada uno de nosotros nuestra conducta religiosa y nuestra conducta social, porque la justicia social debe ser siempre justicia religiosa. No podemos los cristianos decir que estamos dando verdadero culto a Dios si no practicamos una verdadera justicia social cristiana. Los grandes santos fueron personas misericordiosas y defensoras de los más pobres y necesitados. Pensemos, entre otros muchos, en san Pablo, en san Agustín, en san Francisco de Asís, en la madre Teresa de Calcuta y en tantos y tantos otros. Un cristianismo que no practique la justicia social no es un verdadero cristianismo.

3.- Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Debemos observar que en estos consejos que san Pablo da a Timoteo la primera virtud que le recomienda practicar es la justicia. No una justicia simplemente legal, sino una justicia que vaya acompañada e impulsada por la fe, y la piedad, es decir, una justicia religiosa y cristiana. Pues bien, si los cristianos queremos ser hombres de Dios, discípulos de Jesucristo, practiquemos la justicia, la fe, la piedad y el amor, y así “conquistaremos la vida eterna a la que somos llamados”.

3.- EL TRIBUNAL DE DIOS NO ADMITE COMPONENDAS

Por Antonio García-Moreno

AUTODESTRUCCIÓN. "Esto dice el Señor Todopoderoso: ¡Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaría!" (Am 6, 1). La palabra de Amós sigue sonando con rabia. Son acentos duros, acentos que queman, que escuecen, que hieren en lo más vivo. Hoy su protesta es contra los que confiaban en Dios, pensando tenerlo propicio por el sólo hecho de que su templo estuviera sobre el monte Sión en Jerusalén, o sobre el monte Garizim, en Samaría. Se fiaban de sus prácticas religiosas, creyendo que dando culto a Dios ya se podía faltar, impunemente, a los más sagrados deberes de justicia y de caridad.

Son situaciones que no han pasado, situaciones que todavía se dan. Sí, hay quienes piensan que con asistir a Misa, con comulgar de cuando en cuando, con rezar determinadas oraciones o dar algunas limosnas, ya está todo arreglado. Y viven completamente al margen de lo que es el camino señalado por Dios, seguros de que al final todo se solucionará, de que habrá tiempo de arrepentirse. Y mientras llega ese momento, tan lejano al parecer, viven como paganos, sin pensar más que en sí mismos.

"Os acostáis en lechos de marfil, tumbados en camas; coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo…" (Am 6, 4). Amós es un hombre de campo, rudo y recio, acostumbrado a las inclemencias del tiempo, curtido por el viento y el sol del desierto. Por eso tiene una sensibilidad especial para reaccionar contra toda aquella molicie que contemplan sus ojos. Y se querella contra esa vida fácil y comodona de sus coetáneos, les echa en cara su culto al confort, su vida aburguesada y muelle.

Son hombres que no luchan, que no se esfuerzan, que no son capaces de enfrentarse con la dificultad, que la soslayan, escogiendo el camino más ancho... El confort excesivo destruye al hombre, le corrompe, le pudre. El que no está habituado al sacrificio acaba convirtiéndose en un hombre inútil, débil, un ser derrotado antes de la lucha. Si no hay esfuerzo, no hay fortaleza. Y sin fortaleza el hombre no puede realizarse, salvarse a sí mismo. El que no pone empeño en la vida, acabará prematuramente sumergido en la muerte.

EL MÁS IMPORTANTE AVISO. "Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal…" (Lc 16, 20). Jesús actuaba y hablaba con plena franqueza, decía con libertad lo que tenía que decir, tanto a los de arriba como a los de abajo, tanto a los ricos como a los pobres. Tocaba, además, todos los temas. En muchas ocasiones sus palabras aquietan el alma, en otras inquietan al hombre. Habla de premio pero también de castigo. Nos refiere cuán grande es el amor y la misericordia del Padre, pero nos advierte también cuán terrible es su ira y su eterno castigo. Él nos quiere transmitir la verdad, pero toda la verdad, esa que nos hace libres y nos redime si la aceptamos con el entendimiento y la acatamos con la voluntad, luchando para que toda nuestra vida se acople a las enseñanzas del Evangelio.

Hoy nos habla el Señor de aquel ricachón que se daba la gran vida, sin reparar siquiera en el pobre Lázaro que mendigaba a la puerta de su casa, ávido de recibir unas migajas de las muchas que se caían de la mesa del epulón. Sólo los perros se le acercaban para lamerle las llagas. El hombre rico estaba tan abismado en sus negocios y en sus francachelas que no veía, porque no quería ver, la miseria que rodeaba su grandeza. Pero la muerte iguala al poderoso y al débil. Ambos murieron y ambos fueron enterrados. El uno con gran pompa y festejos, el otro de modo sencillo. Uno fue a reposar en un gran nicho de mármol, el otro en la blanda tierra. Sin embargo, tanto uno como otro fueron pasto de los gusanos y la podredumbre. Sus cuerpos, que sin nada llegaron a la tierra, despojados volvieron a ella. Pero ahí terminaba su historia, pues, digan lo que digan, en el hombre hay un algo distinto de los animales, y ese algo se llama alma inmortal.

El tribunal de Dios no admite componendas, no hace distinciones entre el rico y el pobre. Sólo mira en el libro de la vida donde se hallan escritas las buenas y las malas acciones. Según sea el balance, así es la sentencia. Aquel que en su abundancia se olvidó de la necesidad ajena fue arrojado al infierno, el que nada tuvo y aceptó con humildad su pobreza fue llevado por los ángeles al descanso y la paz. Es verdad que no podemos hacernos una idea clara del infierno, ni tampoco del cielo. Pero lo cierto es que ambas realidades existen y que en una se sufre lo indecible y sin remedio, mientras que en la otra realidad se goza plenamente y sin fin. Casi siempre se habla del fuego, también del llanto y las tinieblas, de la desesperación que hace rechinar los dientes, de la sed insaciable, de la separación definitiva de la imposibilidad de amar y de ser amado. Es la más terrible amenaza, el último y tremendo recurso que el Amor, sí el Amor, tiene para atraernos y salvarnos. Es verdad que la lejanía de ese castigo, aunque quizá sea mañana, nos puede dejar indiferentes. Peor para nosotros. Luego no diremos que nadie nos avisó.

4.- DOS OPCIONES TENEMOS: DIOS O NADA

Por Javier Leoz

Al hilo del evangelio del domingo pasado, el de este día, nos pone frente a frente con una de las realidades que más palpamos: nos desenvolvemos con tal facilidad en el mundo postizo, en lo práctico, en lo que se ve, tan en la fácil sensualidad…que hemos perdido cierta visión de lo divino o de lo eterno.

Hoy, al meditar la Palabra del Señor, no podemos correr el riesgo de pensar (o reducir la liturgia de este día) en aquello de “siempre han existido pobres y también ricos”.

Vayamos más al fondo: lo material, el cariño por el capital nos impide llegar a Dios.

Cuando el hombre se empeña en vivir más allá de sus propias posibilidades y a todo tren, se deshumaniza. Nunca como hoy, el ser humano, ha tenido tanto y nunca, como hoy, -ahí están las estadísticas- las personas soportan desencanto, ansiedad, depresión o recurren a otras salidas porque, la vida, se les hace insípida, dura, inmisericorde, tremendamente pesada.

¿Qué hacer?

1.- Es bueno, como nuevos “epulones” mirar al cielo. ¡Mándanos un rayo de tu luz, Señor! Para que descubramos las sombras, los riesgos, las hipotecas y la oscuridad que brota de la simple materialidad.

Es bueno, como nuevos “epulones” exclamar a lo más alto del cielo: ¡Mójanos, Señor, el paladar! Para que podamos saborear de nuevo el gusto de la Eucaristía. Para que no olvidemos que, tu Palabra, es el mayor tesoro por descubrir en nuestro caminar por la tierra.

Dos opciones tenemos como cristianos: o acoplarnos a Dios o despegarnos de las cosas. Las cosas, a una con nuestro propio fin, dejan de servirnos. Dios, antes y después de nuestra partida, estuvo, está y estará esperándonos. ¿Con qué nos quedamos? ¿Con quién nos quedamos?

2. Hoy, ser creyentes, implica el optar. Los escaparates nos seducen, nos anuncian, nos engañan, nos venden. La fe, por otra parte, nos hace discernir, nos lleva a la verdad, nos enfrenta a nuestro propio yo. Hay que mirar al cielo aún a riesgo, desde la barrera, de dejar de lado dulces que embaucan pero que no nos dejan ir al fondo de las grandes verdades.

Hoy, ser creyentes, exige el vivir con las antenas levantadas. ¡Recibimos tantas ofertas! ¡Tenemos tantas tentaciones de abandonar!

Pero, ahí reside y empieza nuestra grandeza; no hemos visto al Señor pero creemos en El; no lo hemos tocado, pero lo sentimos cerca; no lo hemos escuchado, pero su Palabra suena con timbre y nítidamente en muchas circunstancias y en otros tantos momentos de nuestra existencia.

3.- Amigos; no vendamos a Jesús por lo que el mundo, en contrapartida engañosa, nos ofrece. Entre otras cosas porque, el fiarse hoy del Señor, como lo han hecho miles y miles de hombres y de mujeres en la historia cristiana, nos abre todo un horizonte en el futuro. Un mañana cierto, una patria definitiva donde veremos cara a cara lo que celebramos y vivimos hoy en esta Eucaristía.

Que el Señor, riqueza y motor de nuestro existir, nos haga levantar nuestros ojos al cielo aun teniendo los pies bien asentados en la tierra.

Que nuestra actitud, independiente de la situación económica en la que nos encontremos, sea la de unas personas abiertas a Dios; solidarias con los más necesitados y conscientes de que, lo efímero, jamás puede eclipsar el don de la fe.

4.- NO SEA YO, EPULÓN, SEÑOR

Que no me  ciegue la riqueza

Que mi  existencia no dependa de lo que aparentemente veo

Que no me  cierre a tu presencia

Que no viva  de espaldas a las necesidades de mis hermanos

Que guarde  la actitud del asombro que produce la fe

Que cuide mi  riqueza interior más que la exterior

Que no me  resista a vivir como quien sabe que es un peregrino

Que no  olvide de mirar al cielo todos los días

Que no  olvide de volver mis ojos a la tierra, todos los días



NO SEA YO, EPULÓN, SEÑOR

Si estoy  frío, calienta mi espíritu

Si vivo de  espaldas a tu Palabra, vuélveme en la dirección adecuada

Si soy  insensible a tu llamada, háblame de nuevo

Si estoy  sordo, ábreme mi oído

Si escucho  demasiado al mundo, llévame al oasis del silencio

SI estoy  pendiente de los mil tesoros, hazme descubrirte como el más valioso



NO SEA YO, EPULÓN, SEÑOR

Y cuando  llegue el día de partir, 

encuéntrame  dispuesto

Y cuando  llegue el momento de morir,

 hazme vivir en Ti

Y cuando  llegue el instante de dejarlo todo, 

que sienta  pena de aquello que, por falta de tiempo,

no me dio  lugar a poder ofrecer.

Amén.

5. - PACIENCIA Y DELICADEZA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - "Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza", dice Pablo de Tarso. Hay siempre unos matices de gran relieve en los escritos de Pablo. En la Segunda Carta a Timoteo, que se lee en este Vigésimo sexto Domingo del Tiempo Ordinario, nos ofrece todo un programa. Tiene, incluso, mucho sentido consignar de final al principio esas virtudes. Delicadeza, paciencia, amor, piedad, justicia. San Pablo que era un hombre de extraordinaria fortaleza y empuje estaba "tocado" por la acción del Espíritu que es quien da esos brillos importantes a nuestra alma. Necesitamos paciencia y delicadeza para tratar justamente al prójimo y será nuestro amor hacia él --y, por tanto, a Dios-- lo que nos incline a una auténtica piedad. No es esto un juego de colocación caprichosa de unas mismas palabras. Se trata de un contenido vital al que se accede tras buscar santidad en nuestras vidas. No solemos situar al principio de nuestros habituales comentarios las palabras de la Epístola, porque, obviamente, siempre será más profunda la "lección" del Evangelio, pero no es posible sustraerse a la belleza espiritual de los textos de Pablo con su concreción en el camino para una mejor conducta nuestra.

2. - Es San Lucas un relator del amor a los hermanos y, por tanto, de la necesidad de una mayor equidistancia en cuanto a poder y riquezas respecto a ellos. Pero en la parábola del pobre Lázaro hay mucho más que ese camino de justicia referido a las necesidades de los hermanos que nos pide el seguimiento de Cristo. Aparece el diálogo entre lo cotidiano y el más allá. El rico Epulón pide al padre Abraham que descienda un muerto para que convenza a sus hermanos de que tomen el camino adecuado. Abraham va a contestar que no creerán a un resucitado y, ciertamente, así va a ser. La Resurrección de Cristo sirvió para impulsar el camino de la Iglesia, la continuidad en la Redención de sus discípulos. Pero aquellos que le condenaron, le torturaron y le asesinaron iban a quedar donde estaban. No se convirtieron en su gran mayoría. Es cierto que el Señor no buscó aparecerse a todos y lograr sobre el Israel de entonces una generalizada y maravillosa manifestación del poder de Dios. Sin embargo, todo el que quiso creer, creyó. Es decir, las apariciones de Jesús se multiplicaron dé tal manera que era difícil sustraerse a ellas. Habla Pablo de que se apareció a más de quinientos, después de personalizar con nombres otro buen número de apariciones. Más de quinientos testigos en un ambiente tan interrelacionado como podía ser Jerusalén –incluso toda la Galilea-- armarían suficiente "ruido". Pero no sirvió para que muchos de sus coetáneos cambiaran. Y en cuanto a los signos prodigiosos que Jesús realiza durante su predicación tampoco sirvieron, aunque ellos produjeron un auténtico clamor popular.

3.- Es también San Lucas el único entre los autores sinópticos de los Evangelios que narra la parábola del Rico Epulón y el Pobre Lázaro. Su contenido no puede ser más claro. En la vida futura se premiará la adversidad de los pobres y se castigarán los excesos de los ricos. Todo ello nos puede parecer excesivo o, incluso, un tanto demagógico. Sin embargo, el amor de Jesús a los pobres es una clara consecuencia del amor del Padre por los más débiles. A su vez, se presenta siempre la riqueza como algo repartible. Y en la que es necesaria la acción de compartir. El pobre Lázaro no tiene más consuelo que el de la caricia de los perros que vienen a lamerle las heridas. Un poco –muy poco—de lo que sobraba en la rica mesa de Epulón –no conocemos el nombre del rico vestido de lino y púrpura ya que Epulón significa rico en griego—hubiera servido para cambiar la vida de Lázaro. No fue así.

4.- Nuestro comportamiento hacia los pobres solo puede estar impregnado en deseos de ayudar inmediatamente, sin más argumentos. Es frecuente ver en las calles de las ciudades españolas, en las encrucijadas, donde se detienen los automóviles ante las luces de los semáforos, muchas personas –diferentes y variopintas—que nos piden algo. Hay desde los jóvenes arruinados por la heroína hasta emigrantes de los países pobres que piden ayuda incluso con falsos argumentos políticos. Puede pensarse que el dinero que damos al adicto de la heroína irá a parar a los traficantes, pero tal vez sirva para comprar un bocadillo. Es igual que cuando rechazamos dar limosna al "clásico" pobre borrachín. No necesariamente las monedas que damos se han de convertir en vino. Además, la larga crisis económica que sufrimos y que está a punto de cumplir siete años –terribles—ha traído muchos deterioros y muchas ruinas. No se trata tanto de contemplar el buen fin de los donativos, como la urgencia perentoria de ayudar a mucha gente.

5.- Hay otras consideraciones respecto a la pobreza. La acumulación rápida y grande de riquezas siempre suele responder a prácticas de abuso. La crisis financiera que nos machaca ha sido obra de la avaricia y esto va mucho más lejos que el deseo de lucro. Puede tratarse siempre de la explotación del hombre por el hombre y eso es intrínsecamente malo. Se puede, entonces, ser más pobre porque, mediante el uso de la fuerza, otros han conseguido más riquezas. Y así el castigo del rico de la parábola no se debe solo al despilfarro y a la falta de ayuda para Lázaro, porque aun siendo muy importante la base más negativa está en que se ha impedido que Lázaro tuviese acceso a más bienes.

6.- Entre las gentes que viven en sintonía la Iglesia católica permanecen dos tendencias contrapuestas, que incluyen algunos excesos. Estaría, de un lado, una especie de adoración vindicativa de la pobreza que considera que solo se puede ser cristiano "completo" siendo pobre. Desde la otra orilla aparecerían los enemigos del "pauperismo" los cuales considerarían a los pobres como unos imbéciles o unos desalmados incapaces de ganarse la vida y alejados de la lucha por la "sana" competencia. No es eso. Ni por una parte, ni por otra. Hemos oído la misa dominical de la semana pasada el consejo –claro y directo—de Jesús sobre que no podemos amar al mismo tiempo a Dios y al dinero. La adoración por el dinero existe y mediatiza todo lo demás. Por ello, la única posibilidad es compartir y hacerlo activamente.

7.- Siguiendo con actitudes de los cristianos respecto a la pobreza o a la ayuda a los demás hay otras actitudes que también pueden ser imperfectas si se exageran. Es útil que se ponga a disposición de la Iglesia –a través de nuestra parroquia o diócesis—de dinero o recursos suficientes para que ésta cumpla su misión. En este sentido, es posible que la mejor ayuda destinada a los pobres vaya conducida a través de Cáritas dentro de sus amplios sectores de actuación.

Pero volviendo a lo anterior, tampoco nosotros podemos obviar la ayuda inmediata, perentoria o aquella que te impulsa a acometer el corazón... o el Espíritu. Y es que no sabremos nunca bien, si alguno de esos pobres que se nos acercan, aunque algunos tengan un aspecto feo y despreciable, no sea el mismo Cristo. El remedio "calculador" es dar a todos un poco -un poquito- de lo que ese día llevamos en el bolsillo.

8.- Como se verá la coincidencia argumental de los textos evangélicos de las últimas semanas nos llevan a ese camino social y solidario entre hermanos. La idea que se percibe es que un cristiano convencido debe ir soltando amarra respecto a posiciones egoístas o duras. El hermano no es el enemigo. Vivimos tiempos difíciles en los que se ha consagrado la idea de una lucha por auparse por encima de los demás. Y esto no es así. Un buen profesional intentará triunfar. Ser el mejor. Llegar al reconocimiento de su capacidad por todos. Pero eso no quiere decir que no vaya a compartir el resultado de su éxito. Y cuando decimos el resultado nos referimos a todo en general. No solo debe repartir parte de sus ganancias, también sus conocimientos. Hay una frase muy buena que resume la falta de solidaridad en el triunfo. Es: "morir de éxito". Significa el fracaso por no haber digerido bien el éxito. En general, esa "digestión pesada" se debe a no compartir, a elevarse sobre los demás sin razón alguna.

9. - Lo extraordinario –lo milagroso—puede estar cerca de nosotros, más para verlo hemos de tener los ojos preparados para ello. La fe, el amor, la piedad, la paciencia, la delicadeza abren los ojos a lo extraordinario. No es que hagamos aquí ningún planteamiento respecto a que nuestras vidas estén abiertas a los milagros. Nuestras vidas –las de los creyentes—son objetivamente idénticas a las de cualquiera, pero la cercanía del Señor y la presencia del Espíritu nos pueden hacer comprender muchas cosas que para otros pueden ser incomprensibles.

10.- ¿Existen los milagros, los prodigios, los hechos maravillosos? Pues, sí; porque cuando un hombre –o una mujer—joven lo deja todo para dedicarse a cuidar enfermos terminales o ancianos que ya no quiere nadie, ahí se está operando un milagro evidente. Y tal prodigio no sería nunca advertido por los hermanos de Epulón aunque volviese a la vida él mismo. Habrá muchos ejemplos de puros milagros, que lo son si aplicamos la lógica de nuestros días. Es un prodigio cuando también una mujer --o un hombre-- joven se recluye para siempre en un convento para rezar por quienes nadie reza. Tal vez, no es menos milagro el caso de muchos hombres y mujeres corrientes que no dejan amilanar o afectar por lo "corriente", por lo "habitual" de este mundo de hoy pero que conlleva la injusticia, la violencia, el desamor, la opresión de los hermanos. En fin, tampoco vamos a seguir relatando la especialidad de tales vidas entregadas al seguimiento de Jesús porque sus protagonistas creen --y tienen razón-- que solo están haciendo lo que deben hacer.

LA HOMILÍA MÁS JOVEN

VALORES Y MOTIVOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El Señor cuenta en el evangelio de la misa de hoy un relato de gran colorido. De tanto está ornado, que nos puede emborronar la posible tragedia que encierra. No está de moda hablar del infierno, se dice. No es políticamente correcto hacerlo, expresarán otros. Pero el Cielo y el infierno existen, aunque físicamente no estén en ningún sitio. No se trata de un relato imaginario, destinado a público infantil, que puede serlo también, sin duda. Su contenido es exigente y duro de aceptar, para aquellos que se sienten perfectos. Ahora bien, para que entre con facilidad, se expresa en forma de fábula.

2.- Antes de analizar el contenido, permitidme, mis queridos jóvenes lectores, que me detenga en algún pormenor. El Maestro se dirige a gente rica y distinguida. Selectos socialmente, es decir ricos, y reconocidos socialmente por el saber. Un fariseo no era un cualquiera, no lo olvidéis. Los dos protagonistas de la aventura, son personajes opuestos cultural y económicamente. Uno vive en un palacio y viste púrpura de lino. Este tejido se obtiene de los tallos de una planta que, previa inmersión en agua para que las fibras de celulosa pierdan gomosidad y se separen, se escurren y se peinan, para después hilarlas y proceder al tejido. Toda mujer tenía en su domicilio una rueca con su huso y un telar vertical. Con estos menesteres conseguía tejidos finos, con los que después confeccionaría prendas, previo teñido, si la finalidad lo requería y se podía pagar, que no era cosa barata.

3.- Los colorantes principales de aquel tiempo eran dos. La púrpura se extraía de un caracol marino del género murex. 12000 moluscos de estos se necesitaban para, una vez oxidada la substancia de una glándula interior, conseguir un solo gramo de tintura. Era tal su precio que tales prendas, así coloreadas, solo las podían vestir el emperador o el sumo sacerdote. Os advierto que, generalmente, dado el precio de la púrpura, el tinte se extraía de la cochinilla, un insecto más abundante y fácil de conseguir, por tanto más barato, ahora bien siempre el lienzo de lino era selecto y exclusivo de gente pudiente.

3.- Dicho lo anterior, ya sabemos que uno de los actores era un cabecilla en su pueblo, el otro un marginado. Del hombrón rico ni siquiera se menciona el nombre, al pordiosero se le llama Lázaro, señal de su dignidad ante Dios. La situación en la realidad eterna, se describe en imágenes geográficas, es la única manera de que la entienda todo el mundo. Lo advierto porque un condenado en el infierno, ni puede conversar, ni sentir lástima. El que ría el último reirá mejor, diría el refrán con sarcasmo. Quiero pruebas fehacientes y a mi medida, exigirían otros con orgullo.

4.- Los principios, si nos lo han dictado con garantías, son para serles fieles, aunque cueste cumplirlos, dice el Señor. Para los de aquel tiempo Moisés y los profetas, eran gente de confianza. Nosotros gozamos de mejores avales, es el mismo Señor, Hijo de Dios, quien nos lo asegura, no hay que olvidarlo. Una aparición, un aparatoso acontecimiento, sea temblor de tierra o calamidad fluvial, de la que incomprensiblemente se salvan algunos, conmueve por un momento, pero la fidelidad es fruto de la confianza puesta en el Maestro, la constancia y la fuerza de voluntad. Es ahora el momento de que nos examinemos de ello.

5.- La muerte nos puede parecer próxima o lejana, en realidad cada instante fallece en cuanto llega otro. De cada día, debemos dar cuenta. Si dura y difícil puede parecer la salvación, la misma parábola nos orienta. Junto a nosotros, por caminos, paseos y locales, siempre hay alguien que precisa nuestra atención, sea de ayuda, compañía o limosna. No lo olvidéis, mis queridos jóvenes lectores: los pobres, los marginados, los tullidos, los refugiados, los que navegan en pateras que naufragan, los desgraciados y hambrientos ,que sea cual sea el motivo por el que en precaria situación corporal o espiritual se encuentran, son nuestro Lázaro, el fiscal de cada momento.