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19 agosto 2016

Tres consejos para vivir con más sencillez


granjas abandonadas

Foto: © Steven Errico / Getty
Autora:   

No es que sea de verdad una corriente nueva, pero loshipsters y otros autoproclamados embajadores de nuestra generación parecen tender a la búsqueda del minimalismo, tanto en la ropa como en la decoración o en la música.
Simplicidad voluntaria y armoniosa
Pero el hecho es que el minimalismo puede convertirse en un paso hacia un estilo de vida más sano, incluso más cristiano.
Me explico: decirse minimalista es ir a lo esencial, despojarse de lo superfluo para conseguir una simplicidad voluntaria y más armoniosa.
Sin embargo, hay un abismo entre la regla franciscana, donde la consigna es una simplicidad en su estado más crudo, y la moda transmitida por diversos blogueros y blogueras convencidos de haber entendido todo el interés de esta feliz sobriedad. Aunque hay algo en común que les une:la búsqueda de la felicidad a través del desapego y el orden.

Hemos reunido para vosotros 3 consejos minimalistas para simplificar vuestro día a día al tiempo que cultiváis la noción cristiana del espíritu de pobreza y simplicidad:
1. Comencemos por lo básico y más generalizado: el plan 333. Se trata de desechar del exceso de ropa que satura vuestros armarios. Sólo se permiten 33 piezas (¡accesorios, bolsos y zapatos incluidos, señoras!) para 3 meses. Se renueva el vestuario cada tres meses para adaptarnos a las estaciones y así se aprende a elegir precisamente la ropa necesaria, y no los caprichos consumistas que se terminan usando sólo dos o tres veces. Ni que decir tiene que la ropa sobrante (y en buen estado) no va a la basura, sino que se aprovecha para caridad.
2. La gran limpieza: ordenar por desalojo ha siempre sido el método más eficaz. Es decir, hay que recorrer todas las habitaciones de la casa con dos bolsas: en una terminará todo aquello que estéis dispuestos a mandar a la basura, en la otra irán las cosas que no pertenezcan a esa habitación. Una vez finalizada esta primera criba, hay que abordar una segunda clasificación más específica. Todo objeto que no sea útil o que no hayáis utilizado durante el último año, a una caja de cartón. Conservad treinta días más esta caja en un rincón de la casa. Si en efecto no habéis vuelto a necesitar estos objetos, ¡donadlos a alguna ONG que los necesite!
3. Reparar los objetos rotos. Siempre parece más rápido, más simple y más cómodo tirar algo y sustituirlo comprando uno nuevo, sobre todo si el objeto en cuestión no es caro. La sociedad del consumismo nos empuja a ello. Sin embargo, la mayor parte de las veces no es necesario tener un título de ingeniero para hacer alguna chapuza… La generación de nuestros abuelos no tiraba nada, reparaban las cosas. Es la misma mentalidad que hace perdurar a los matrimonios que tal vez son más frágiles, porque se renuevan en vez de desecharlos con el divorcio.
Encontraréis otros miles de planes minimalistas buscando un poco, nuestros vecinos angloparlantes colman la web de blogs sobre el tema.
Hay uno que, aunque no sea especialmente cristiano, destaca por ofrecer buenas ideas a la hora de aplicar el minimalismo a la vida cotidiana; se llama Be more with less. Si no, ¡también os queda elegir la vida de san Francisco!