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19 agosto 2016

“Dios preparó mi corazón para responder así”, dice atleta que ayudó a su rival


Después de chocar contra una de sus compañeras corredoras durante la eliminatoria de 5.000 metros el martes, la corredora estadounidense Abbey D’Agostino podría haber seguido corriendo.
RIO DE JANEIRO, BRAZIL - AUGUST 16:  Abbey D'Agostino of the United States (R) is assisted by Nikki Hamblin of New Zealand after a collision during the Women's 5000m Round 1 - Heat 2 on Day 11 of the Rio 2016 Olympic Games at the Olympic Stadium on August 16, 2016 in Rio de Janeiro, Brazil.  (Photo by Ian Walton/Getty Images)De hecho, su entrenador incluso le había prevenido antes de la carrera: “Si te caes (…), te levantas, te sacudes el polvo, echas un vistazo a tu alrededor y de vuelta a la carrera inmediatamente”.
Pero en vez de eso, miró a su alrededor y ayudó a levantarse a la neozelandesa Nikki Hamblin y la alentó para que terminara la carrera, diciéndole: “Levanta. Tenemos que terminar”.Nunca antes se habían encontrado antes Hamblin y D’Agostino, así que la corredora de Nueva Zelanda quedó impactada con la generosa preocupación que su competidora demostró en medio de una carrera olímpica.



Hamblin comentaría después del encuentro que “esa chica es el mismísimo espíritu olímpico (…). Nunca nos habíamos visto antes. En serio, no nos conocíamos de nada. Así que es todo increíble. Ella es una mujer increíble”.
Hamblin y D’Agostino continuaron la carrera codo a codo, pues resultó que D’Agostino estaba lesionada de más gravedad que Hamblin y tenía problemas para terminar la carrera. Hamblin quiso devolverle el favor y fue infundiendo ánimos a la dolorida D’Agostino.
A pesar de correr con un dolor angustiante, D’Agostino terminó la carrera detrás de Hamblin y salió del lugar en silla de ruedas.
A ambas corredoras les permitieron el acceso a la final, pero después de una resonancia magnética el miércoles, D’Agostino descubrió que tenía el ligamento cruzado anterior completamente roto y que no podrá correr durante algún tiempo.
Este suceso digno de admiración está recibiendo por doquier la definición de “auténtico espíritu olímpico” y es un maravilloso ejemplo de “deportividad”, pero en realidad quedaría mejor descrito como una expresión de la fiel y profunda fe cristiana de D’Agostino.
Así lo afirmó en una declaración a los medios: “Aunque mis acciones fueron instintivas en aquel momento, la única forma que puedo explicarlo racionalmente es que Dios preparó mi corazón para responder así (…). Durante todo este tiempo aquí, Él me dejó claro que esta experiencia en Río iba a ser para mí algo más que mi rendimiento en la carrera; y en el momento que Nikki se puso de pie, supe que se trataba de eso”.
D’Agostino siempre ha hablado abiertamente de su fe en Dios y comparte comentarios sobre ello con frecuencia en las redes sociales. La deportista atribuye a su fe la fuerza motivadora durante su trayectoria atlética y explica el papel que la fe tiene en su vida en una entrevista con Julia Hanlon.
“Sentí la paz que surge de reconocer que no voy a correr esta carrera con mis propias fuerzas. Y creo que reconocer estos miedos ante Dios es lo que me permitió sentir esa paz y lo que me atrajo a ella, y quería conocer al Dios que obraría de esta forma en toda mi vida”.
Además de mantener una rutina rigurosa de entrenamiento, D’Agostino se levanta cada mañana escuchando música de adoración, lee su Biblia y lleva un diario de las múltiples gracias que ha recibido.
Descansar los domingos forma también parte de su vida espiritual y física, algo que permite a su cuerpo recuperarse y a su alma elevarse con la oración. A menudo siente la presencia de Dios cuando corre y eso la empuja a dar lo mejor de sí misma.
El simple gesto de bondad de D’Agostino no la hará merecedora de ninguna medalla olímpica y es posible que el acontecimiento no quede registrado oficialmente en los libros de récords.
El día de la final el viernes, el mero hecho de formar en la línea de salida le habría regalado una ovación con todo el público en pie, pero no podrá disfrutar de ese reconocimiento debido a su lesión.
Sin embargo, su acto de caridad y su autosacrificio seguirá inspirando al mundo en los años venideros; perdurará mucho más tiempo en los corazones de todos que las medallas de oro que se entregaron esa noche.
Al final, D’Agostino demostró al mundo que ganar no lo es todo. Como diría una vez la Madre Teresa, “Dios no nos llama a ser exitosos, sino a que seamos fieles”.