28 marzo 2016

Jesús ha resucitado

... CATÓLICA: ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!. Dibujos de Fano
Jesús ha resucitado, es el saludo de alegría que nos trasmite hoy la liturgia con palabras del evangelio que acabamos de escuchar: María Magdalena tiene el valor de ser la única que está allí, donde era peligroso estar. Cuando los amigos de Jesús se han dispersado con miedo, esta mujer pasa la noche buscando a Jesús en el duelo de su muerte. María Magdalena ama, tiene esperanza. 
Esta mujer amiga fiel de Jesús es hoy la mensajera, la enviada a anunciar que Jesús vive, ha resucitado. Jesús se manifiesta a ella, le comunica el gozo de su presencia, de su vida en Dios. Ella va asombrada, alegre, a trasmitir la gran noticia a los apóstoles, a los que conduce hasta el sepulcro para que ellos crean también.
Es la alegría que hoy celebramos nosotros. Creer en Jesús Resucitado es creer que Jesús está vivo, que vive hoy junto a nosotros, que su muerte en la cruz no fue el fin de su vivir, el Padre ha querido que siga vivo en la propia Vida de Dios. Es el primer hombre vivo en la gloria de Dios, que nos acompaña presente en la comunidad cristiana y en la historia humana, en nuestra vida, Jesús resucitado vive hoy junto a nosotros. 

Jesús había alcanzado la Vida antes de morir, y fue consciente de ello. Él era el agua viva, le dijo a la Samaritana: “El que beba de este agua nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna”. Y a Nicodemo ”Yo he nacido del Espíritu, el Padre vive en mi y yo vivo en el Padre… Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mi, aunque haya muerto vivirá”. 
La resurrección de Jesús es el momento en que con toda claridad se nos revela que Jesús hombre, el hijo de María ha sido asumido plenamente a la Vida de Dios y que en consecuencia, nosotros estamos también llamados a estar asumidos a la misma Vida de Dios, era el deseo de Dios al enviarnos a su Hijo, que cada uno de los seres humanos descubramos que estamos llamados a vivir la misma vida de Dios con Jesús nuestro hermano a amarnos todos como hermanos.
Por eso la resurrección de Jesús significa ante todo que el destino de Jesús ilumina nuestro propio destino. El Dios que resucitó a Jesús, nos resucita también a nosotros. Con su resurrección se abre el ámbito de nuestra vida más allá de nuestra muerte, la vida con Dios, que no puede ser rota ni por el dolor, ni por las desgracias de esta vida, ni por la muerte. La resurrección es la puerta que nos abre a la plenitud de nuestra vida.
Porque resurrección y vida expresan la misma realidad, no son cosas distintas. No hay Vida sin resurrección y tampoco resurrección sin Vida. En la medida que haga mía la Vida, estoy garantizando la resurrección. Por eso, dejemos que la Vida que ya está en nosotros, se haga realidad plena. Dejemos que todo nuestro ser quede empapado de ella. Dejemos que Dios Espíritu (fuerza) sea nuestro ser. Entonces podremos decir cada uno como Jesús: “Yo y el Padre somos uno”.
Es la fiesta de hoy, vivir la verdadera experiencia pascual, la fe en Jesús resucitado, que nos abre a la esperanza de participar con él de su nueva vida a la que le ha llamado su Padre, vivir con Él plenamente la Vida de Dios.
Por eso cada uno de nosotros podemos escuchar en la intimidad de nuestro ser las palabras luminosas que pone el Apocalipsis en boca de Cristo: “Yo he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar” (Ap.3,8). Hoy podemos sentir de alguna manera, que ningún poder de ese mundo, nadie ni nada podrá cerrar esa puerta abierta al encuentro con Dios en el que terminará nuestra vida terrena, dejando nuestra condición mortal, las miserias en las que vivimos, seguros de la entrada en el mundo de paz y amor de Dios.
¿Creemos esto? Entonces, ¿ nos ha de importar todo lo demás?
Ciertamente que lo demás también nos debe importar. A Jesús le importó y por presentarlo y vivirlo le mataron.
“Lo demás” es también presentar esta palabra, este mensaje de Jesús y además de presentarlo, vivirlo en nuestra vida, como Jesús lo vivió.
Este es un mensaje de amor y amor son también las obras que hemos de realizar para cumplir su palabra, de amarnos, de poner nuestra vida para que todos vivamos como hermanos.
Esta fue la experiencia fundamental de los discípulos de Jesús, encontrarse de nuevo con Jesús vivo en la vida que ellos vivían, en los mismos lugares en los que con él estaban. Experimentar que Jesús al que habían crucificado, el que ellos creían fracasado, no era algo acabado, sino que seguía vivo, que estaba otra vez con ellos, aunque su vida era diferente. No había lugar a la duda. Es Él, Jesús. El Jesús que les llamaba de nuevo a proseguir su vida, sigue vivo entre nosotros.
Es nuestra fe, que Jesús resucitado camina con nosotros, creer en Jesús lleno de fuerza y creatividad, que impulsa la vida de la humanidad hacia su último destino, hacia la configuración del Reino de Dios. Es creer que Jesús presente entre nosotros nos escucha: “cuando hay dos o tres reunidos en mi nombre”, y que nuestra oración no es un monólogo sin interlocutor, sino un diálogo con alguien, que junto a nosotros nos comprende y nos quiere en medio de las incomprensiones, de las tristezas, de las zozobras de esta vida, nos indica la ruta de llegar a los pobres, sus preferidos.
Creer en Jesús resucitado es irnos encontrando con Jesús cercano a nuestras vidas, que nos enseña a ver la vida como él la ve, con sus grandezas y calamidades, con sus heroísmos y miserias e injusticias. Él nos da su espíritu capaz de resucitar todo lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de todo lo que llegamos a matar y a arruinar con nuestra libertad.
Creer en Jesús resucitado es tener la experiencia personal de que hoy todavía, aunque sigan en nuestro mundo la violencia, la crueldad, la pobreza y la injusticia, la última palabra la tiene el Resucitado, Señor de la vida y de la muerte, que vela por todos y nos exige trabajar por la justicia, la paz, la hermandad. 
Llevamos dentro de nuestro corazón la alegría de la resurrección, el espíritu del resucitado, y por eso hemos de enfrentarnos a tanta insensatez que arranca a las personas la dignidad, la alegría y la vida. Hemos de sentir y compartir con más profundidad las desgracias y penas de los que sufren y disponernos para participar y vivir en el Reino que él nos ha preparado ya desde ahora, compartiendo lo nuestro, que es de todos.
Jesús resucitado es ante todo nuestra esperanza, la esperanza que nos abre a nuestro destino más maravilloso, y también es quien nos pide este compromiso, poner nuestra persona, nuestra vida por la realización de los ideales que Él vivió, como Él puso la suya.
Vivamos así el gozo de la Pascua, unidos conscientemente a Jesús que impulsa nuestra vida hacia su plenitud. El nos acompaña. El es el Camino que seguimos. El nos espera a todos. Es nuestro hermano. Vivamos así el gozo y la esperanza de la Pascua. 
Que tengamos todos una Pascua feliz.
José Larrea Gayarre

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