22 enero 2026

La Misa del Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

 Celebramos hoy el tercer domingo del tiempo ordinario. El papa Francisco escribía una carta apostólica el año 2019 en la que establece que el III domingo del tiempo ordinario se dedique a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios (n. 3). En esta carta, el Papa urge a familiarizarnos e intimar con la Sagrada Escritura y a verla no como un libro cualquiera o palabra humana sino cual es, como Palabra de Dios. Nos pide que la Biblia no se nos convierta en un libro para tenerlo en la estantería, sino que sea un instrumento que despierte nuestra fe, porque como decía S. Jerónimo: Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo.

En medio de la maraña informativa que diariamente nos llega: chismorreos, amoríos, descalificaciones, bulos, intereses, también llega alguna noticia positiva, el Evangelio nos presenta a Jesús de Nazaret como “la” Palabra de Dios, hecha carne y que habitó entre nosotros. Siempre que la leemos, Jesús se nos presenta como el camino liberador, como la luz en medio de tanta oscuridad, y esta Palabra requiere silencio para ser escuchada. Jesús ha querido hacerse Palabra encarnada en nuestra historia, y como la madre que enseña a hablar a su hijo, pretende enseñarnos a «hablar», a ser de otra manera, a buscar la verdad no conforme a nuestras ideas o caprichos sino conforme a la voluntad de Dios.

De acuerdo con este planteamiento, podemos ver cómo la Palabra de Dios corrige nuestros pensamientos. Nos podemos fijar en dos de las varias ideas que la Palabra de Dios nos ofrece hoy, una del Evangelio y la otra de la primera carta de S. Pablo a los corintios. Empezamos por el Evangelio. Jesús comienza su vida pública en los márgenes de Palestina, en la Galilea de los gentiles, en una zona medio pagana. El profeta Isaías había anunciado que esa tierra, asignada a las tribus de Zabulón y Neftalí, conocería un futuro glorioso: el pueblo que caminaba en tinieblas vería una gran luz (cf. Is 8, 23-9, 1), la luz de Cristo y de su Evangelio (cf. Mt 4, 12-16). ¿Por dónde hubiéramos comenzado nosotros? Jesús era el Mesías esperado y anunciado. ¿No hubiera sido más lógico que se manifestara en Jerusalén, en la capital o en el templo, donde se encontraban los poderes económicos, políticos y religiosos, y donde su mensaje tendría más repercusión? Resulta que, las tierras que en tiempo del profeta Isaías se encontraban devastadas y a las que los asirios habían llevado gentes extranjeras para colonizarlas, son las primeras en recibir la luz de la salvación del Mesías. ¿Dónde nos situamos nosotros para comunicar la buena nueva de Jesús al mundo de hoy? Y es en esta tierra periférica, despreciada por los judíos donde Jesús se encuentra con los hermanos Pedro y Andrés, que estaban pescando, los llama y dejándolo todo, le siguieron. Siguiendo un poco más adelante, se encuentra con otros dos hermanos que también eran pescadores y estaban reparando las redes y también le siguieron. Unos y otros recibieron el influjo de esta luz, se dejaron fascinar, y sin demora la siguieron.  

Otra idea, que conviene destacar y meditar nos la ofrece S. Pablo, quien se ha enterado que en la comunidad de Corinto se han dividido en “partidos” a causa del entusiasmo que algunos predicadores causan en los miembros de la comunidad. Pablo pretende que todos tengan un mismo sentir, se siente sumamente preocupado por la división. La comunidad se ha fracturado en “partidos”. Y los cita: Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo…. (1 Cor.1,12). Cuatro partidos. Están divididos porque se conducen con criterios mundanos: estima de la sabiduría humana, valoración del honor, etc., les anima a cambiar de mentalidad y a adoptar los criterios del Mesías. Pablo los remite a las causas de la unidad: la cruz y el bautismo invitándolos a tomar en serio estos elementos.

Estamos celebrando la Semana por la Unidad de los cristianos. El gran escándalo de la Iglesia es precisamente la división, división frente al gran deseo de Cristo manifestado en la última Cena: que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti (Jn 17,21), división por criterios, honores y sabiduría humana. Y no hay que mirar solo para atrás, basta fijarnos en la realidad eclesiástica de hoy, y que ha salido a relucir de manera especial con motivo de la muerte de Benedicto XVI. Partidarios de Benedicto XVI, partidarios del papa Francisco… ¿Quién es el Papa? ¿Está divido Cristo? ¿Quién es el crucificado, Cristo o nuestras ideas?

Si queremos que nuestra vida cristiana sea auténtica y responda no a lo que a nosotros se nos antoja sino a lo que Dios espera de cada uno de nosotros, aferrémonos a la Palabra de Dios como luz y guía de nuestro caminar hacia Dios.

Vicente Martín, OSA

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