1.- Cuando el evangelio que acabamos de oír se escribía, las situaciones violentas dentro de las familias serían el pan nuestro de cada día. Podéis imaginar la oposición de los padres o de los hermanos mayores de una familia patricia romana cuando llegase a saber que una de sus hijas o sus hijos se habían hecho seguidores de ese judío ajusticiado por un Procurador romano en el más vergonzoso de los patíbulos, el de la cruz.
Ese nuevo cristiano se vería ante la dura elección entre el Señor que lo llama a la Fe y su familia. Y hoy mismo, no sólo en países que de minoría católica, sino ya entre nosotros mismos, un chico o una chica que no admita el divorcio o el aborto, puede tener dificultades para encontrar pareja, o una chica decente que no admita relaciones prematrimoniales puede perder un buen número de oportunidades, desde luego bien perdidas.
El Señor viene a decirnos que ni familia, ni la amistad son los valores supremos, que sobre ellos hay aquello de “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres:
¿Es que no hay familias que educan poniendo el valor supremo en el triunfo en la vida, en el dinero a toda costa, en el clasismo, en el consumismo, en el tener siempre más y mejor, fomentando un profundo egoísmo entre los hijos?
¿No hay familias que transmiten de padres a hijos rencores familiares o políticos?
Cuando un hijo o hija sienta la necesidad de vivir en mayor sinceridad, en mayor sencillez, abiertos a los demás sean quien sea, va a encontrar grave dificultad en cortar ataduras familiares. También él va a tener que hacer una elección entre Jesús y su familia.
2.- El Reino pide exigencia y valor. “El que pierda su vida la encontrará”. Hay que saber perderse viviendo en una vida entregada a los demás: manirrota. No una vida encontrada para si mismo, egoísta, encerrada entre bolas de naftalina. Hay que saber perderse en una vida llena de sentido, plena, abierta, una vida como la de Jesús que pasó haciendo el bien.
Una vida de profeta, que llevan a los demás un mensaje de parte de Dios, una vida en frase publicitaria “marcando estilo” a los demás.
Hay entre nosotros personas que no van por las autopistas ordinarias de la vida, sino que un ansia de subir a las alturas abren nuevos caminos, siempre sendas de montaña, senderos hermosos, pero empinados. Caminos estrechos, pero que marcan el camino del Reino. A estos profetas los tenemos todos por imprudentes, faltos de sentido común como menos, que muchas veces les tenemos por locos.
Como la de esa familia de once hijos, y el último disminuido psíquico… Adoptan a un niño disminuido que una madre no tuvo el valor de aceptar y lo abandonó en una clínica. ¿Locos de remate, no?
Pues sabéis lo que nos dice Jesús: que si no tenemos valentía para seguir el camino de esos locos de la bondad, que al menos les demos nuestro apoyo, les demos un vaso de agua por eso, porque son profetas, verdaderos seguidores del Señor, porque son unos locos…
José Maria Maruri, SJ
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