30 noviembre 2021

DOMINGO 2º DE ADVIENTO /C de José R. Flecha

 



COLINAS Y BARRANCOS

“Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, y ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios; ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel” (Bar 5,7-8).
Esta profecía de Baruc anunciaba el retorno de las gentes de Israel, que habían sufrido la amarga deportación a Babilonia. Con palabras poéticas se anuncia la misericordia de Dios hacia sus hijos. Del Señor es la iniciativa de la salvación. Él hará llanos los caminos del retorno. Y ordenará a los árboles que les den sombra por la rutas del desierto.
Con razón, el salmo responsorial recoge y canta la alegría de aquel pueblo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres” (Sal 125,1).
Por su parte, san Pablo reconoce que el Dios que ha abierto a los fieles los caminos del Evangelio llevará adelante su obra hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1,6).

LA CONVERSIÓN Y LA ESPERANZA
También al desierto nos lleva el evangelio que hoy se proclama (Lc 3,1-6). En una situación que el evangelio de Lucas trata de situar en la historia, aparece Juan, el hijo de Zacarías. El mismo evangelista cuenta cómo había intervenido Dios en el nacimiento de aquel niño y anticipa el día de su manifestación a Israel (Lc 1-2).
Las gentes se sorprendieron ante aquel nacimiento tan inesperado y ante el nombre que había recibido al ser circuncidado. De hecho, se preguntaban qué habría de ser aquel niño. Seguramente se imaginaban que un día entraría a formar parte del grupo de los sacerdotes, como su padre Zacarías.
Pues bien, andando el tiempo, Juan no aparece en el templo de Jerusalén, sino en la comarca del Jordán. La recorre incansable y predica un bautismo de conversión. Su puesto no está en las estructuras del poder, del culto y de la ley. Juan espera y anuncia la salvación para su pueblo. Pero sabe que las mayores dificultades están en el interior de cada persona.
Su predicación es un eco de las profecías de Baruc y de Isaías (2,12-18). Si en otro tiempo Dios allanaba los caminos para su pueblo, ahora es cada persona quien ha de rebajar las colinas y rellenar los barrancos para facilitar el camino de la salvación. La esperanza es imposible sin la humildad y el compromiso.

EL CAMINO DE LA SALVACIÓN
“Lo torcido será enderezado y lo escabroso será camino llano”. El discurso de Juan no invitaba a la pasividad. Los caminos rectos habían de ser el fruto de la conversión de los que le escuchaban. Pero a la exhortación acompañaba la promesa de la presencia de Dios.
• “Todos verán la salvación de Dios”. Si Lucas comenzaba presentando a los poderosos, el Bautista nos recuerda que la salvación no es un privilegio exclusivo para ellos. La salvación tiene una dimensión universal. Todos los hombres somos llamados a acoger con sinceridad la intervención de Dios en nuestras vidas.
• “Todos verán la salvación de Dios”. Es bien sabido que para la fe de Israel era muy importante la disposición a “escuchar” la palabra de Dios, aunque los peregrinos que subían al templo de Jerusalén deseaban también “ver” el rostro de Dios. El bautista anuncia que la salvación se dejará “ver”. Pero los creyentes hemos de dar un testimonio de ella.
• “Todos verán la salvación de Dios”. En su exhortación Gaudete et exsultate, el papa Francisco nos advierte de la tentación de atribuir la santidad a las propias fuerzas. El Bautista pregona que la salvación viene de Dios. Si en otro tiempo Dios allanaba los caminos para su pueblo, nosotros hemos de allanar los senderos para que Dios pueda llegar a nuestra vida.
- Señor Jesús, sabemos y creemos que en ti podemos ver el camino por el que Dios viene a salvar a nuestra pobre humanidad. Tú conoces nuestra pereza y nuestras tentaciones. Danos tú la luz y la fuerza para allanar nuestras colinas y rellenar nuestros barrancos. Amén.

ORACION LA SALVACIÓN
“Todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6)
Señor Jesús, yo sé que esas palabras que el evangelio pone en boca de Juan el Bautista se encontraban ya en el libro de Isaías. En principio se referían al retorno de los hebreos que habían padecido el exilio en Babilonia. El oráculo anunciaba que todos podrían ver la salvación.
Juan repetía con ardor aquellas palabras. Él quería que sus oyentes allanasen los caminos y revisaran su conciencia para acoger la salvación. Evidentemente, aquel mensaje es también una interpelación y una promesa para nosotros.
Sin embargo, hoy suena extraño eso de la salvación. O sonaba extraño hasta hace poco tiempo. Confundíamos el tener más bienes con el ideal de haber vencido el mal a fuerza de abrazar y practicar el bien.
A veces nos preguntábamos de qué habríamos de ser salvados. El hambre y la sed, el frío y la desnudez quedaban lejos. La injusticia o la negación de los derechos humanos eran situaciones extrañas. En realidad, sonaban como palabras huecas.
En el peor de los casos, algunos pensaban que no necesitaban un salvador. Creían bastarse a sí mismos para salir del atasco. Y otros pensaban que cualquier religión, filosofía, ejercicio mental o deporte podría ejercer ese papel.
A veces me pregunto qué ocurre a las personas que necesitan ser salvadas, pero se niegan a recibir de otros una salvación que pretenden alcanzar por sus propias fuerzas y a medida de su capricho personal.
Y me pregunto si todos verán la salvación. Lamentablemente hay muchas personas que parecen haber sido excluidas del banquete del mundo, de los cuidados de la sanidad, incluso de esa frívola y fugaz alegría que se vende al precio de una satisfacción inmediata.
Señor, confieso que yo mismo me he preguntado alguna vez por qué había de recurrir precisamente a ti. Pero hoy reconozco que necesito la salvación. Es más, te necesito a ti como mi Salvador. Bendito seas por siempre. Amén.

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