XXI Domingo TO (ciclo B)
1L.-En Siquén, el Señor, que se manifestó en el Sinaí, es acogido como el Dios de todas las tribus. Todas aceptan su ley y hacen alianza con el: recuerdan sus beneficios; Dios pide fidelidad y el pueblo promete; es un rito que sella el mutuo compromiso. Dios mantiene su promesa: tierra y libertad. El pueblo se compromete a obedecer y a servir a Dios.
2L.-Pablo amonesta a los casados sobre el espíritu que debe animar todas sus relaciones mutuas. Le da un sentido profundo a la relación entre los cónyuges, al compararla con la relación existente entre Cristo y la Iglesia.
Ev.- Los judíos no podían aceptar era que aquel sencillo artesano de Nazaret se presentara como el alimento divino. Jesús responde que su enseñanza refiere a la superación de cuánto hay de precario en la existencia humana. Es un discurso de vida. Muchos discípulos se echan atrás. Juzgan el Evangelio inaceptable.
Jesús interpela, como hizo Josué, en el AT, la intención de los que le siguen. En un momento crítico: A partir de la multiplicación de los panes y después de rechazar Cristo la propuesta de hacerse líder de un mesianismo nacional y político, muchos empiezan a abandonar su discipulado.
Les parece que lo que Jesús dice es insoportable, ya no entienden nada.
Pero Jesús no rebaja su radicalidad: "¿Esto os hace vacilar? Las palabras que os he dicho son verdad, ¡pero hay quienes no creen!". A pesar de este fracaso, anuncia la victoria de su resurrección y la gloria de su Ascensión. Les habla de que los que permanezcan hasta el fin tendrán un día experiencia de este misterio y conocerán la existencia gloriosa. Entonces se acabarán todas las vacilaciones y serán confirmados en la fe. Comprenderán que Jesús, por su ascensión a los cielos libre de todas las limitaciones naturales, poseerá un cuerpo espiritualizado; esto es, un cuerpo bajo la acción del Espíritu Santo y capaz de dar vida a cuantos lo reciban con fe.
Ya ahora, las palabras de Jesús son espíritu y vida. El Espíritu de Dios da a las palabras de Jesús un sentido y una fuerza divina capaz de dar a cuantos las escuchan con fe.
Pero no todos quieren escucharle, no todos creen en él.
Cristo, en lugar de intentar retener a sus discípulos, les interpela: "¿también vosotros queréis marcharos?". Y Simón Pedro, en nombre de los Doce, le contesta: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos". Y un pequeño grupo sigue su camino aguardando a ver cumplidas todas las esperanzas de Israel.
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