Por Javier Leoz
Nos encontramos en tiempos difíciles para la Iglesia. Bueno; nunca lo ha tenido fácil. Desde los primeros albores del cristianismo resultó ingrata al poder establecido y, con el discurrir de los años, aun en etapas de comodidad para su apostolado vivió en propias carnes una gran realidad: su debilidad humana.
1.- ¿Que la Iglesia es Santa? ¡Por supuesto! Es una gran casa con sólidos cimientos y buen fundamento: Cristo. Otra cosa es que, en la habitación de arriba o en la de más abajo, se den situaciones que nos hacen pensar y llevarnos a un interrogante: ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? Sin olvidar, claro está, que no es la propia Iglesia quien mueve los hilos de todo lo que acontece en ella y que, en todo caso, es el Espíritu Santo quien la guía, la sostiene y la dirige. ¿Que yerra el Espíritu? ¡No más bien los miembros que se resisten a su fuerza!
¿Cómo pueden darse entonces tantas contradicciones? Ni más ni menos cuando, el elemento humano, se sobrepone a lo divino. Cuando lo personal es más fuerte que lo espiritual. Cuando la debilidad de la carne invade el corazón, los sentimientos o la conciencia y nos echa en manos del camino fácil que luego se convierte en espada contra nosotros.
2.- Hoy con San Pablo, en la segunda lectura, caemos en la cuenta de numerosos aguijones que son causa de muerte y de escándalo en nuestra Iglesia:
-Los abusos por parte de algunos sacerdotes y que, en los últimos dos pontificados de Benedicto XVI y Francisco, se han convertido en noticia privilegiada y preferida por muchos medios. Sin olvidar que, esa condenable realidad, se da en todas instituciones y ámbitos profesionales (sobre todo en familiares) y que la Iglesia está siendo sometida a una dura prueba de credibilidad e incluso linchamiento.
-El aguijón de “todo vale”. Si nuestra religión es una más y si, dentro o fuera de ella, todo vale: ¿Cómo guiar entonces a un mundo cuya fijación es la apariencia, el tener, las ideologías dominantes o una vida sin Dios? El “todo vale” es el diablo disfrazado de relativismo, comodidad y mínimos.
-El aguijón de la “poca cintura espiritual”. Los frutos, tal y como revela hoy la primera lectura, se pueden denotar en la forma de expresarnos, en la palabra y en el corazón. Se echa en falta, en diversas realidades eclesiales que nos preocupan, una mayor cintura de aquellos que nos decimos católicos o cristianos. La inacción es la consecuencia de una vida cristiana floja, sin reflexión, cómoda y a la carta. Es un aguijón que va matando las esperanzas o el dinamismo que debiera de imperar en nuestras parroquias o realidades eclesiales.
3.- Somos conscientes de nuestras debilidades y de nuestros pecados. No es necesario buscar un espejo para caer en la cuenta de las numerosas briznas que la Iglesia y todo evangelizador tenemos en nuestro ojo. Pero, teniendo tanto por hacer, no tenemos derecho al desaliento ni a la desesperanza. Cristo va por delante y no lo podemos perder de vista. Jamás una pequeña duna nos puede evitar contemplar la grandeza del desierto. Nunca un dique nos ha de contener en nuestro intento de alcanzar el mar. Menos aún, los pecados de la Iglesia que son causa de primeras páginas en los medios de comunicación, han de ser un obstáculo para sentir esa Gracia que Dios da en todas las personas que intentan proclamar su Palabra y crecer a la sombra de sus atrios.
¿Pecados y debilidades? ¡Por supuesto! Pero sabiendo que DIOS con la cruz es capaz de regenerar y redimir ese costado por el cual la Iglesia por momentos parece desangrarse. ¡Ánimo a todos!
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