01 noviembre 2018

DOS NOTAS DE UN COMPÁS: DIOS Y EL HOMBRE


Resultado de imagen de amarás a tu prójimo como a ti mismo

Por Javier Leoz

Amar a Dios es relativamente fácil: es una realidad tan invisible, nos exige tan poco que –conquistarle a nuestra manera- (como dirían los jóvenes) ¡está chupado! Pero ¿le amamos como Él quiere? ¿Le cortejamos como El merece? ¿Le festejamos totalmente? ¿Le buscamos desde abajo y con los de abajo?

1.- Sí, amigos; mirar hacia arriba, pensar en alto o en voz baja en Dios, no es muy comprometido a simple vista. Hacerlo, a través de la aduana de los hermanos; advirtiendo al que está en frente de mí como a un hermano (en el trabajo, en la vecindad, en la política, en la profesión, en el día a día) es todo un reto. Amar al prójimo, en muchísimos momentos, se convierte en todo una aventura; en una utopía. A veces, en algo insalvable y muy embarazoso que pone a prueba la autenticidad o falsedad de nuestra fe.

Pero, el Señor, nos advierte: el amor de Dios se filtra por el hombre y, el amor al hombre (el auténtico, que no conoce límites ni tregua, ni descansa –como diría San Pablo) tiene su origen y su fuente en Dios.


2.- Con el evangelio en la mano, la Palabra de Dios, nos invita a volcarnos con el de arriba y con el de abajo; a sonreír al guapo y al feo; a ayudar al que me cae bien y al que me cae mal; a perdonar al que está lejos y al que tengo cerca; a entregarme con el alegre y con el triste; con el pobre y con el rico…

¡Escucha, hermano mío! Nos dice Jesús en el Evangelio de este día. Ya sé que eres sabedor de los Mandamientos de mi Padre; que intentas amarle (aunque a veces lo olvides); que respetas su nombre (aunque algunos lo maldigan y blasfemen); que miras al cielo (aunque andas demasiado pendiente de lo que ganas en la tierra).

¡Escucha, hermano mío! Nos repite, Jesús: No arrincones ni el amor a Dios, ni tampoco el amor a los hombres. No te justifiques diciendo: ¡No puedo más! ¡Ya he cedido bastante! ¡Ya estoy canso de ser yo siempre quien perdone, quien se acerque, quien haga borrón y cuenta nueva, quien ponga la segunda mejilla!

¡Escucha, hermano mío! Nos responde Jesús: yo también ofrecí la segunda mejilla; compartí la mesa con el que me traicionó y hasta me fié de quien, en las horas más amargas de mi vida, tres veces me negó. Pero los amé con locura. ¿Sabéis por qué? Porque eran hermanos míos. Hijos de un mismo Padre. Y, por mi Padre y porque sé que le agrada a mi Padre, los amé con la misma fuerza que os amo a vosotros.

Que esta eucaristía, con la escucha atenta del Evangelio, nos ayude a descubrir esas dos vías que –juntas y en paralelo- van derechas a la gloria que Dios nos tiene prometida: verle y contemplarle cara a cara por el amor que le tributamos en la tierra y porque, en el hermano, supimos honrarle, cuidarle y respetarle.

¡Escucha, hermano mío! ¡No lo olvides!

Que en el Año de la Fe no olvidemos ninguno de los dos caminos esenciales a nuestra fe: el amor a Dios y el amor al hombre

HAZME VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES

Que haga, no aquello que el  mundo espera,

sino aquello que Tú deseas:

para construir tu Reino  siendo tu sal y tu luz

Con tu fuerza, Señor, y en  tu Palabra

que viva con el fervor de  tus discípulos

con la sencillez de María

o arropado con el testimonio  de los mártires

Pero, Señor, que no viva de  espaldas a tu Verdad:

que mi “sí” a tu voluntad,

se manifieste en un  compromiso sincero por un mundo mejor

que mi “si” a tu Palabra

sea luego imagen real de lo  que pienso y realizo

Que lejos de desafinar en mi  existencia cristiana

sepa armonizar mi idea, con  mi práctica

mis ilusiones, con mis  realidades

mis anhelos, con mis luchas  diarias

mi amistad contigo, con la  fraternidad del día a día

HAZME  VIVIR, SEÑOR, COMO TU DICES Y VIVES

Sin dividir mi estancia  contigo, del servicio a los demás

la oración que te contempla  y te necesita

del trabajo que me aguarda  en la tierra que me espera

Sin olvidar que, aun  mirándote con mis ojos,

o escuchándote con mis oídos

me faltará por recorrer el camino  del recio compromiso

de la vida que se ofrece sin  medida

de los gestos de perdón o de  confianza.

HAZME  VIVIR, SEÑOR, COMO TÚ DICES Y VIVES

Desviviéndote, en tu  intimidad con el Padre

y deshaciéndote por la  salvación de la humanidad

Guiándote por la mano del  Padre

y dirigiendo con la tuya el  camino del que te desea y busca

Proclamando la bondad de  Dios en un mundo egoísta

y mostrando, con tus heridas  y tu cruz,

que tu vida no es solo  palabra…no solo proyectos…

que, tu vida, es hacer  aquello que vives: ¡DIOS!