13 octubre 2018

En camino de Gustavo Gutierrez


Resultado de imagen de joven rico

La palabra del Señor nos pone al descubierto ante sus ojos y ante los nuestros.

En camino
La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf. Mc 10, 17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama «el joven rico» (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece, más bien, tratarse de una persona mayor que pregunta cómo heredar la vida (cf. Mc 10, 17). Jesús comienza por remitir a Dios, su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que sólo se encuentra en Marcos): «No estafarás» (v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf. v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Esa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.

Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto el Señor lo invita a ser uno de los suyos. No sólo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf. v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero dejar sus posesiones le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros, prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf. v. 22). Creer sí, pero no tanto. Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad.Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf. v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla pretendiendo —por ejemplo— que había en la ciudad una puerta pequeña llamada «el ojo de la aguja». Bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar...



Espada de doble filo
Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de la aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil ni personalmente ni como Iglesia aceptar este planteamiento; siguiendo a los discípulos nos preguntamos —con pretendido realismo—: «Entonces ¿quién puede salvarse?» (cf. v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf. v. 27).

Como comunidad de discípulos, como Iglesia debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el «espíritu de sabiduría» (Sab 7, 7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf. v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf. Heb 4, 12-13).

Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?