07 octubre 2018

Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

Palabra
Hay dos modos de escuchar las palabras de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio. Uno, en clave jurídica: se trata de la ley, exigencia constitutiva de la pareja cristiana, sellada por el sacramento. Otro: se trata de un imperativo que nace de la llamada al Reino (así aparece claramente en Mt 19,11-12).
El imperativo es incondicional; pero se apoya en la llamada y se realiza mediante la dinámica misma del amor. La ley es externa y se impone como exigencia formal, independiente de la realización del valor esencial, que es el dos-uno, el misterio de la Alianza entre el hombre y la mujer.
En la época de Jesús, El tuvo que superar la Ley de Moisés interpretada arbitrariamente por los rabinos, recuperando su espíritu expresado en Gén 2 (primera lectura).
En nuestra época, tenemos que superar el legalismo del derecho canónico y de la mentalidad de tantos creyentes, recuperando el espíritu de Jesús respecto al amor cristiano de pareja.

Vida
Cuando un texto religioso se entiende como ley formal, adquiere un contenido intemporal y sagrado. En consecuencia, cuando se juzga un caso problemático grave, el razonamiento es mecánico y se atribuye, automáticamente, a infidelidad moral.
Pero la problemática actual del matrimonio es infinitamente más compleja. Basta pensar en la diferencia entre la sociedad rural y nuestra sociedad postindustrial.
¿Se trata, entonces, de relativizar el imperativo de Jesús? Por el contrario, se trata de traducirlo aquí y ahora, de ayudar a las parejas cristianas a vivir realmente, no legalmente, el don de la indisolubilidad.
¿Hemos educado para el amor de pareja? Lo triste es que se reduce la cuestión a información sobre la sexualidad. Pero los desafíos de madurez afectiva, la necesidad de fundamentar el amor en la fe, son tales que llama la atención la superficialidad con que se abordan.
Javier Garrido