02 agosto 2018

Yo era el hombre…

Yo era el hombre más calmo del mundo.
Era la personificación de la tranquilidad.
Yo era un hombre común, espectador educado y forofo del equipo que ganara, aunque lleno de simpatía por los perdedores en el juego de la vida. Yo sabía ganar y perder, sin perder más de lo debido.
Si llovía, yo dejaba que el agua cayese.
Si hacía sol, le dejaba calentar.
Si hacía frío, le dejaba que helara.
Si era primavera, yo dejaba que las flores crecieran.
Yo era el hombre más tranquilo de mi parroquia.
Todo estaba bien para mí, aun cuando no lo estuviese.
Nadie tenía queja alguna contra mí, pues yo era un hombre de paz.
Ciudadano calmo, sin manías, sin extremismos, tranquilo y pacífico. Eso era yo. Si había miseria a mi alrededor, yo ayudaba un poquito y luego me tranquilizaba al saber que pocos hacían lo que yo.
Si veía sufrir, yo aportaba mi ayuda por algún tiempo y luego volvía a mi vidita particular, sin angustias ni inquietudes.
Si alguien me venía llorando, yo le consolaba con algunas palabras paternalistas, que son las que la gente dice siempre al que llora. Después seguía mi vereda…
Yo era un hombre bueno. No quiero decir que fuera el mejor sujeto del mundo, ¡pero tampoco de los peores! No mataba ni robaba y hasta, de vez en cuando, sentía un nudo en la garganta cuando iba a ver una película o una función de circo.
¡Vaya vida! Yo me merecía un premio. En una época de tanto egoísmo, yo era de veras un tipo leal y sincero. En una época de tanta neurosis, yo era un sujeto calmo que comunicaba la paz. En una época de tanto escapismo, yo era un tío metódico que nunca dejó de cumplir sus obligaciones. ¡Incluso rezaba todos los días, cosa que pocos hacen!
Todo eso era yo: calmo, tranquilo, corriente, sabía estar en mi lugar, incapaz de entrometerme en la vida ajena, lleno de compasión paternal, buen vecino, bue amigo, buen empleado, buen hijo, buen ciudadano… ¡Menuda vida! Yo me merecía el premio Nobel de la Tranquilidad…
Justo entonces Jesús pasó por mi vida… ¡Y ya nunca me pude quedar solo en la mía! Cuando él pasa, o uno entra en la suya o se queda sin ninguna…
P. Zezinho