10 agosto 2018

Narración para adolescentes:UN REGALO PARA DOS


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El hermoso día estaba como mandado a hacer para hacer el centro urbano de la ciudad de Portland.
Éramos un grupo de consejeros de un campo de verano  haciendo uso de nuestro día de asueto, alejados de los veraneantes y dispuestos a divertirnos un rato. A la hora del almuerzo le pusimos el ojo a un bello parque en el centro de la ciudad. Como todos teníamos un antojo diferente cada cual se fue a buscar lo que quería para comer, después de acordar que nos encontraríamos en el parque poco después.
Cuando mi amiga Robby se encaminó hacia un carrito de perros calientes, decidí hacerle compañía. Observamos cómo alrededor el vendedor elaboraba un perro caliente perfecto, tal y como ella lo deseaba. Sin embargo, el vendedor nos sorprendió cuando ella se dispuso a pagarle.
“Ese perro se ve un poco frío”, dijo el señor. “Guarde su dinero. A usted le tocó el perro caliente gratuito del día”.
Le dimos las gracias y nos fuimos a reunir con los demás amigos para saborear juntos nuestras viandas.
Pero mientras comíamos y charlábamos me llamó la atención un señor solitario sentado cerca de nosotros, que parecía observarnos. Se veía desaseado. Otra persona sin hogar y a la deriva, como tantos que se ven en las ciudades, me dije sin darle mayor importancia.
Al terminar de almorzar nos preparamos para seguir nuestro periplo turístico, pero cuando Robby y yo nos acercamos al canasto de basura para arrojar los restos del almuerzo, escuché una sonora voz queme decía: “¿Será que queda algo de comida en esa bolsa?”.
El dueño dela voz era el hombre que nos había estado observando. Me sentí incómodo y le dije: “Infortunadamente, ya no queda nada”.
“¡Qué pesar!”, fue todo lo que dijo, sin vergüenza alguna. Era evidente que tenía hambre que no le gustaba ver comida desperdiciada y que estaba acostumbrado a formular la pregunta anterior.
La situación me incomodó, pero no supe cómo reaccionar. En ese momento dijo: “Ya vuelvo. Esperame un momento”, salió corriendo. Quedé intrigado al verla dirigirse hacia el carrito de los perros calientes.
De repente, caí en cuenta de lo que se proponía. Compró un perro caliente, regresó y se lo dio al señor hambriento.
Simplemente se limitó a decir:
“Sólo estaba transmitiendo la bondad que alguien tuvo conmigo”.
Ese día aprendí que la generosidad puede ir más allá de la persona que la recibe. Al obsequiar, estamos enseñando a los otros a ser dadivosos.                 
Andrea Hensley