31 agosto 2018

LO QUE DIOS QUIERE

Por José María Martín OSA

1.- Ser fieles a la voluntad de Dios. Los tres primeros capítulos del libro del Deuteronomio ponen ante el lector las obras de Dios en favor de su pueblo, y, como consecuencia, tienden a inculcar la fidelidad hacia el Señor. La ley de Moisés, o "Torah" en hebreo, era entendida como un todo que señalaba al hombre cuál era la voluntad de Dios, el proyecto de vida que el Señor trazaba para su pueblo para que pueda vivir en comunión con él. Cumplir la Ley era para el pueblo hebreo la manera concreta de vivir en comunión con Dios, manifestar su fidelidad en la vida de cada día. La verdadera Sabiduría, que presentaba como ideal de vida todo el movimiento sapiencial, hallaba su concreción en las prescripciones de la Ley de Moisés. El ideal del sabio era vivir según los mandamientos y decretos de la Torah. Por todo ello el autor del Deuteronomio puede afirmar que Dios se hace presente en el pueblo de Israel por medio de su Torah. Cumplir la Ley de Moisés será, para la mentalidad judía, la manera de hacer presente y de acercar a Dios al mundo, a las naciones, y de aproximar más y más el Reino definitivo de Dios al mundo entero. El Salmo 14 remarca el núcleo central de la Ley: la vida honesta, la práctica de la justicia y el temor del Señor. Quien lo practica puede “hospedarse en su tienda”


2.- “Cumplir” y olvidarse de lo fundamental. Un grupo de fariseos del lugar y algunos letrados o rabinos de Jerusalén se escandalizan al ver que los discípulos comían sin lavarse las manos según ordenaba la tradición de los mayores. El evangelista Marcos, que escribe para los romanos, informa a sus lectores acerca de las costumbres judías. Los lavatorios de los judíos no respondían a una inexplicable necesidad de higiene, sino a exigencias religiosas. Eran purificaciones rituales. Los fariseos universalizan lo que no era otra cosa que un hecho anecdótico y acusan al Maestro de que permita a sus discípulos un comportamiento en contra de la "tradición de los mayores". Jesús acepta en principio el planteamiento de la cuestión y, citando al profeta Isaías, devuelve la pelota a los fariseos. Les dice que ellos practican un culto vacío, un culto de los labios y no del corazón. Además, que se atienen a preceptos humanos y quebrantan sin escrúpulos los mandamientos de Dios. Pero aún, con el pretexto de dar culto a Dios, le ofende dejando en la miseria a sus propios padres. Se olvidan de la justicia……

3.- Lo que importa es la pureza del corazón, la buena voluntad. Pues lo que mancha al hombre no viene de fuera, sino que sale del interior. Jesús muestra su autoridad lo mismo que en las famosas antítesis del Sermón de la Montaña. Éste puede ser también nuestro gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que sólo debe ocupar Dios. Las respetamos por encima incluso de su voluntad. En esta religión lo que importa no es Dios sino otro tipo de intereses. Con el tiempo, no echamos en falta a Jesús; olvidamos qué es mirar la vida con sus ojos. El peligro es agarrarnos como por instinto a una religión sin fuerza para transformar las vidas. Seguir honrando a Dios sólo con los labios, resistirnos a la conversión y vivir olvidando el proyecto de Jesús: la construcción de un mundo nuevo según el corazón de Dios. Esto es lo que Dios quiere.